Camila lo tenía todo y usó su crueldad para doblegar a Máximiliano, un becado que se negaba a rendirse ante su vanidad.
Años después, la vida los reencuentra en la empresa de su padre, donde él trabaja y ha ganado posición, mientras ella carga con la culpa y un secreto explosivo que él desconoce.
Atrapados entre el rencor del pasado, el dolor y una atracción ineludible, ambos descubrirán que el deseo puede ser tan peligroso como la venganza.
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Capítulo 11: El peso del calendario
^^^(Narrado por Máximiliano)^^^
El inicio del último semestre del año escolar en el Saint Mary’s Academy trajo consigo una atmósfera de inminente catástrofe. Para los estudiantes del último año, los pasillos ya no olían a rivalidades juveniles o bromas de casillero; olían a presión universitaria, a solicitudes de admisión con costos exorbitantes y a la urgencia desesperada por asegurar un lugar en el mapa de la alta sociedad antes de que las puertas de la infancia se cerraran para siempre. Para mí, el panorama era aún más crudo: cada día que pasaba significaba estar un paso más cerca de la libertad, pero también de soportar el desgaste físico y mental de un entorno que parecía diseñado para quebrarme.
Mi madre apenas y me veía por las mañanas. Las ojeras bajo sus ojos se habían vuelto permanentes, testimonio silencioso de las dobles jornadas que estaba haciendo en las casas de la zona residencial para juntar el dinero de los libros complementarios que exigía el programa de ciencias avanzadas. Yo intentaba compensarlo robándole horas al sueño: me levantaba a las cuatro de la mañana para repasar química orgánica, ayudaba en una ferretería local por las tardes y regresaba a casa con las manos encallecidas y la espalda adolorida.
Ese lunes, al cruzar las puertas de hierro de la academia, noté que algo había cambiado en el aire. Las risas estridentes de siempre estaban teñidas de un nerviosismo espeso. En el tablón principal de anuncios, los folletos de las universidades extranjeras competían por el espacio con las listas de los mejores promedios de la generación. Mi nombre seguía encabezando la lista de ciencias exactas, un recordatorio constante para los hijos de las familias pudientes de que un becado de la periferia les estaba ganando el terreno en su propio patio de juegos.
No tardé en verla. Camila estaba recargada contra una de las columnas de mármol del vestíbulo, rodeada por Vanessa y otros compañeros de su círculo habitual. Ya no llevaba puesta la arrogancia intocable del primer semestre; su rostro lucía pálido, con una delgadez sutil en las mejillas y una sombra de agotamiento que intentaba disimular con capas de maquillaje impecable. Desde el incidente en el callejón durante el festival de otoño, habíamos mantenido una tregua tácita de evitación mutua. Nos cruzábamos en los pasillos sin mirarnos, como dos trenes que corrían en vías paralelas sabiendo que un choque frontal los destruiría a ambos.
Pero esa mañana, cuando pasé a pocos metros de su grupo cargando mi maletín, sentí su mirada clavada en mi nuca con una intensidad abrasadora. Me detuve un segundo frente a mi casillero, giré la combinación y saqué el cuaderno de física, sintiendo el peso de su atención como una quemadura invisible en la piel.
—¿Te pasa algo, Camila? Estás distraída otra vez —le escuché decir a Vanessa en un susurro audible, mientras acomodaba sus libros con fastidio—. Desde hace semanas andas con ese aire fantasmal. Si es por Mateo, ya sabes cómo es de intenso con lo del equipo.
—No es Mateo, Vane —respondió Camila con voz seca, cortante, un tono que conocía demasiado bien porque era el mismo escudo con el que intentaba alejar al mundo entero—. Solo estoy cansada. Los exámenes de admisión nos están matando a todos.
No quise escuchar más. Cerré la puerta del casillero con un golpe seco que resonó en el pasillo metálico y caminé hacia el laboratorio de química. Sin embargo, mientras subía las escaleras, una extraña opresión se instaló en mi pecho. Había algo en la postura de Camila, en su forma de evitar las aglomeraciones y en la rigidez con la que cruzaba los brazos sobre el abdomen como si intentara contener un dolor invisible, que encendía en mi interior una alarma sorda y confusa, era la somatización pura de una chica acostumbrada a tener el control absoluto, ahora aplastada por el peso de sus propias contradicciones y por la tensión insostenible que existía entre nosotros.
Se gradúan de la secundaria como a los 17.
En el tercero año de la universidad van a la fiesta osea de 20 años y sale panzona la Camila, más los 9 meses de panza son 21 años. Retoma la universidad y sale de 23 años. Llega a la oficina. Osea el niño anda de 2 años para 3 y ellos sobre los 24 años.
Algo así 👀👀👀👀👀
Como le va a decir bastarfo al nieto