Después de descubrir a su prometido en la cama con su prima y su propia secretaria, Camila Reinhart decide hacer lo que mejor sabe: levantarse, romper las reglas y vengarse con inteligencia.
Huye a Alemania buscando libertad… y termina pasando una noche inesperada con un hombre tan frío como irresistible. Un desconocido con acento alemán, mirada de acero y un control que la hace perder el suyo.
Lo que Camila no imagina es que ese hombre no era un cualquiera.
Era Maximilian Brandt.
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Capitulo 19
Sebastián Arismendi
La información que Marina había conseguido era valiosa. Muy valiosa.
Como pago por sus servicios, la había recomendado a la competencia y, sorprendentemente, había logrado ingresar. No porque fuera brillante —que no lo era—, sino porque sabía moverse, coquetear, venderse. Aunque me fastidiaba profundamente, debía admitir que era útil. Las personas así siempre lo eran… hasta que dejaban de serlo.
Revisé el informe que me había enviado con detenimiento, sentado en mi despacho, con la mandíbula tensa.
Maximilian Brandt.
Candidato a doctorado en la Universidad de Mannheim, la mejor universidad de Alemania en finanzas, economía y estrategias comerciales. Formación impecable. Trayectoria limpia. Demasiado limpia.
Había servido en el ejército alemán. Entrenamiento táctico avanzado. Y, para rematar, dominaba Krav Maga, no “Kraft” como Marina había escrito inicialmente. El arte marcial israelí. Letal. Directo. Sin florituras.
Busqué algunos videos filtrados. Grave error.
El hombre se movía con una precisión inquietante. Frío. Calculador. Eficiente. No atacaba para lucirse, atacaba para neutralizar. Rápido. Definitivo.
Apreté los dientes.
Y entonces leí la línea que me hizo hervir la sangre.
Dirección residencial: mismo edificio que Camila Reinhart.
No decía el piso. No decía el apartamento. Pero vivían ahí. Bajo el mismo techo. Respirando el mismo aire.
El solo hecho de imaginarlo me crispaba los nervios.
—Maldita sea… —murmuré, golpeando el escritorio.
No sabía qué eran. No sabía qué compartían. Pero algo en mi pecho ardía con una mezcla de rabia y celos que no estaba dispuesto a admitir en voz alta.
No. Camila no podía estar ganando.
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Camila Reinhart
Convencer a Max de que me enseñara defensa personal no fue sencillo.
—No es buena idea —me dijo cruzándose de brazos—. Después de lo que pasó, lo mejor sería que evites exponerte.
—Precisamente por eso —respondí—. No quiero volver a sentirme indefensa.
—Aquí hay gimnasio —insistió—. Lo que quieres es aprovecharte de mí.
Solté una risa.
—Claro que no, Brandt. No todo gira en torno a ti… aunque te encantaría.
Me miró de arriba abajo, evaluándome.
—Eres una mujer terca.
—Y tú demasiado alemán.
Al final cedió. Como siempre.
Entrenamos en el gimnasio del edificio. Sin público. Sin curiosos. Solo él y yo.
Maximilian era paciente. Mucho más de lo que su apariencia intimidante sugería. Me corregía la postura con cuidado, explicaba cada movimiento con calma, sin alzar la voz. Era delicado para un hombre de su estatura.
Altura promedio alemana alta… demasiado alta para mí. Sus manos podían rodear fácilmente mis muñecas, pero nunca apretaban más de lo necesario.
—No es fuerza —decía—. Es técnica. Aprovechas el impulso del otro.
—Fácil decirlo cuando mides casi dos metros —repliqué, jadeando.
Sonrió apenas.
—Eso es trampa genética.
Terminamos sudados, cansados. Yo estaba roja… y no solo por el ejercicio.
Verlo sin camisa fue una tortura innecesaria. Su espalda marcada, los hombros anchos, la forma en que se apoyaba junto a la ventana mientras observaba la ciudad… demasiado varonil. Demasiado cercano.
Es tu jefe, me repetí mentalmente. Tu jefe.
—¿Quieres comer algo? —le pregunté, necesitaba distraerme.
—Claro.
Preparé algo sencillo mientras hablábamos de nuestras vidas. Datos sueltos. Infancia. Estudios. Fracasos pequeños que nunca aparecían en los currículums.
La conversación fluía con una naturalidad que me inquietaba.
Entonces vibró mi celular.
La prueba.
La prueba falsa que Max había filtrado como experimento.
—Mira —le dije, entregándole el teléfono—. Esto ya está circulando.
Dejó de leer a mitad del documento. Frunció el ceño. Tomó mi celular y comenzó a revisar con rapidez.
Yo, sin pensarlo, me senté en una de sus piernas. Se había vuelto costumbre. Una peligrosa.
—¿Quién te la pasó? —preguntó.
—Mi secretaria —respondí, encogiéndome de hombros.
Hizo una mueca.
—Sabía que no estabas equivocada.
—¿Tienes otra prueba, no?
Me miró de lado.
—Tengo siete pruebas diferentes.
Abrí los ojos.
—¿Estás loco?
Sonrió con autosuficiencia.
Me levanté despacio.
—Me voy a dormir. Mañana tengo una prueba que presentar y no quiero que mi jefe me eche.
Él soltó una risa baja.
—Buenas noches, Reinhart.