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El Caballero Correcto Y La Dama Inconveniente

El Caballero Correcto Y La Dama Inconveniente

Status: Terminada
Genre:Romance / Época / Completas
Popularitas:678
Nilai: 5
nombre de autor: Selene Asteria

Un vals, un rumor y un compromiso que nadie supo desmentir.

NovelToon tiene autorización de Selene Asteria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12: Flores, confesiones y una interrupción indiscreta

Beatrice Montclair decidió que las flores eran peligrosas.

No todas, desde luego. Algunas solo adornaban jarrones, provocaban estornudos y morían con dignidad. Pero las flores enviadas por Lord Nathaniel Ashford eran otra categoría.

Eran flores con intención.

Peor aún: con memoria.

El ramo llegó a media mañana, llevado por un criado de la casa Ashford y recibido por Clara con una expresión tan neutral que Beatrice supo de inmediato que la situación era grave.

—No me mire así —dijo Beatrice.

—No la estoy mirando de ningún modo, señorita.

—Exactamente. Esa es su forma más acusadora.

Clara dejó el ramo sobre la mesa. No eran rosas. Beatrice lo notó antes de querer notarlo. Había violetas, flores blancas y hojas verdes, todo atado con una cinta color crema. Entre las flores venía una tarjeta.

Una tarjeta.

Beatrice la tomó con la cautela de quien manipula pólvora.

La letra de Nathaniel era limpia, firme y ofensivamente legible.

“Señorita Montclair:

He investigado el significado de estas flores. Luego recordé que usted probablemente desconfiaría de cualquier flor que intentara significar demasiado.

Por tanto, le ruego acepte este ramo no como declaración, compromiso o ataque botánico, sino como prueba moderada de que he escuchado sus advertencias sobre las rosas.

Nathaniel Ashford.

Posdata: La investigación fue más extensa de lo necesario.”

Beatrice leyó la tarjeta una vez.

Luego otra.

Luego una tercera, por culpa de la posdata.

Lady Agatha apareció en la entrada.

—Ah.

Beatrice cerró la tarjeta.

—No diga “ah”.

—No dije nada más.

—Ese “ah” parecía saber leer.

Lady Agatha miró el ramo.

—Son bonitas.

—Todo el mundo insiste en eso como si fuera una defensa válida.

—¿Y la tarjeta?

—Ridícula.

—¿Muy ridícula?

—Extremadamente.

Lady Agatha sonrió apenas.

—Entonces es buena.

Beatrice dejó la tarjeta boca abajo sobre la mesa.

—Voy a ponerlas en la biblioteca.

—Naturalmente.

—Porque allí estaban las anteriores.

—Naturalmente.

—Y no porque me guste verlas.

—Por supuesto.

Beatrice tomó el ramo con una dignidad que no merecía ser cuestionada. Lady Agatha no la cuestionó, lo cual fue ofensivo.

Por la tarde, Lord Ashford llegó de visita.

Beatrice lo supo antes de que Clara lo anunciara, porque Lady Agatha dejó su bordado y adoptó esa calma estratégica que siempre precedía a una reorganización de vidas ajenas.

—No necesito supervisión —dijo Beatrice.

—No he dicho que la necesitaras.

—Lo pensó.

—Pienso muchas cosas.

Clara entró.

—Lord Ashford, milady.

Nathaniel apareció con su habitual corrección. Saludó a Lady Agatha, luego a Beatrice, y después vio las flores sobre la mesa junto a la ventana.

Algo en sus ojos se suavizó.

Beatrice lo atrapó de inmediato.

—Se nota.

Nathaniel parpadeó.

—¿Qué cosa?

—Su satisfacción floral.

Lady Agatha bajó la mirada hacia el bordado.

Nathaniel inclinó la cabeza.

—Intentaba no mostrarla.

—Fracasó de forma moderada.

—Entonces tendré que mejorar.

—No demasiado. Me gusta poder acusarlo.

La frase salió antes de que Beatrice pudiera examinarla.

El silencio que siguió fue pequeño.

Pero no inocente.

Lady Agatha se levantó.

—Clara necesita ayuda con el té.

Beatrice giró hacia ella.

—Tía, Clara podría administrar una guerra con una bandeja.

—Precisamente por eso debo consultarle algo.

Lady Agatha salió con una falta de sutileza admirable.

Nathaniel permaneció de pie.

—¿Desea que me retire también?

—Lord Ashford, si cada vez que mi tía nos deja solos usted intenta escapar por decencia, este cortejo será agotador.

—No intentaba escapar.

—Bien. Habría sido muy poco halagador.

Él se sentó frente a ella.

Beatrice tomó la tarjeta del ramo.

—Investigó las flores.

—Sí.

—Extensamente.

—Más de lo necesario.

—¿Por qué?

Nathaniel no respondió de inmediato. Eso, en él, ya era una confesión.

—Porque quería enviar algo que no pareciera una exigencia.

Beatrice bajó la tarjeta.

—Son flores, Lord Ashford.

—En Valdoria, la diferencia entre flores y declaración pública no siempre es clara.

Ella casi sonrió.

—Eso fue sorprendentemente cierto.

Nathaniel la miró con seriedad.

—No quiero esconderme siempre detrás de la cortesía.

La frase cambió el aire.

Beatrice dejó la tarjeta sobre la mesa.

—¿Perdón?

—La cortesía me ayuda a no imponerme. A no avanzar cuando debo esperar. Pero también puede convertirse en una forma muy cómoda de no decir nada.

—Eso suena como algo que alguien dice justo antes de decir demasiado.

—Probablemente.

—Qué alarmante.

Nathaniel bajó la vista hacia sus manos, luego volvió a mirarla.

—Quiero verla. Quiero escribirle. Quiero hacerla reír sin que usted tenga que fingir que no lo he conseguido. Y quiero acercarme sin que eso signifique que he olvidado esperar.

Beatrice abrió la boca.

Nada útil salió.

Imperdonable.

—Eso fue demasiado claro para una evasión —dijo al fin.

—Lo sé.

—¿Ha estado practicando?

—No con éxito.

Beatrice se levantó y caminó hacia la ventana. Necesitaba moverse antes de decir algo imposible de recuperar.

—Usted se contiene mucho.

—Sí.

—A veces demasiado.

Nathaniel se quedó quieto.

—Pensé que eso la hacía sentir segura.

—Lo hace.

—Entonces…

—Precisamente.

Beatrice cerró los dedos en el borde de la cortina.

—Me irrita que me dé seguridad. Me irrita que pregunte. Me irrita que espere. Me irrita que sea tan correcto que me obliga a confiar en usted antes de poder culparlo.

Nathaniel se puso de pie lentamente.

—Beatrice.

Ella se giró.

—Y me irrita más todavía que a veces quiera saber qué haría si no se contuviera tanto.

El silencio fue enorme.

Beatrice sintió tarde el peso de sus propias palabras.

Nathaniel la miraba como si aquella frase hubiera tocado algo que llevaba días manteniendo bajo llave.

—¿Quiere que responda a eso? —preguntó él.

Beatrice tragó saliva.

—No.

Una pausa.

—Sí.

Otra pausa.

—No lo sé.

Nathaniel asintió.

—Entonces no responderé todavía.

—Eso también me irrita.

—Lo imaginé.

Él dio un paso.

Luego se detuvo.

—¿Puedo acercarme?

La pregunta le dio una salida.

Y por eso mismo la dejó sin defensa.

—Sí —dijo ella.

Nathaniel se acercó hasta quedar frente a ella. No demasiado cerca. Lo suficiente.

Una hebra de cabello de Beatrice se había soltado junto a su mejilla. Nathaniel la vio, porque Nathaniel siempre veía las cosas pequeñas.

Levantó la mano.

Se detuvo antes de tocarla.

—¿Puedo?

—Es solo cabello.

—Lo sé.

—No debería requerir tanta ceremonia.

—Con usted, prefiero equivocarme por exceso de cuidado.

Estúpido hombre.

Estúpida frase.

—Puede —dijo ella.

Nathaniel acomodó la hebra junto a su mejilla. El roce de sus dedos fue mínimo.

Apenas.

Pero el mundo, en su infinita falta de consideración, pareció detenerse.

—Beatrice —dijo él.

Su nombre sonó distinto.

No público.

No formal.

Ella levantó la vista.

—Nathaniel.

Él miró su boca.

Solo un instante.

Lo suficiente.

Entonces la puerta se abrió.

—He traído una manzana —dijo Sebastián Ashford.

Beatrice dio un paso atrás tan rápido que casi golpeó la cortina.

Nathaniel cerró los ojos.

—Sebastián.

Sebastián estaba en la entrada, sosteniendo una manzana roja con la solemnidad de un mensajero real. Detrás de él, Clara tenía la expresión de quien había intentado detener una tormenta con una bandeja.

—En mi defensa —dijo Sebastián—, la manzana no fue idea mía.

Beatrice lo miró.

—¿Por qué está usted en mi casa?

Sebastián observó la manzana.

—Madre envió una nota para Lady Agatha. Yo estaba cerca. La manzana también. Todo ocurrió muy rápido.

—Eso no explica la biblioteca.

—Oí silencio.

—¿Silencio?

—Un silencio sospechoso. De esos que preceden a compromisos, besos o asesinatos. Me pareció prudente intervenir antes de tener que declarar ante alguien.

Nathaniel habló con peligrosa calma.

—Sebastián.

—Ya me voy. Pero debo decir que ambos estaban de pie con una intensidad admirable.

—No había nada que interrumpir —dijo Beatrice.

Sebastián miró a Nathaniel.

Nathaniel no dijo nada.

Sebastián sonrió.

—Interesante. La negación vino solo de un lado.

—Sebastián —dijo Nathaniel, más bajo.

—Me retiro. Con la manzana. No abandonaría a un testigo.

Sebastián hizo una reverencia exagerada y salió. Clara cerró la puerta tras él, no sin antes mirar a Beatrice con disculpa y curiosidad doméstica.

El silencio regresó.

Pero ya no era el mismo.

Beatrice respiró hondo.

—Su hermano es una plaga con fruta.

Nathaniel se pasó una mano por la frente.

—Lo siento.

—¿Por la plaga o por la fruta?

—Por ambas.

Beatrice soltó una risa.

Al principio fue pequeña, pero luego creció porque la escena era demasiado absurda: las flores, la confesión, el casi momento y Sebastián apareciendo como una interrupción mitológica con una manzana.

Nathaniel también rio.

Y Beatrice descubrió que Nathaniel Ashford riendo era mucho menos manejable que Nathaniel Ashford correcto.

—No haga eso —dijo ella.

—¿Reír?

—Sí. Dificulta enormemente que lo considere insoportable.

—No era mi intención.

—Todo lo peor de usted parece no serlo.

La sonrisa de Nathaniel se suavizó.

—No tiene que decir nada sobre lo de antes.

—Lo sé.

—Ni decidir nada.

—También lo sé.

—Pero no fingiré que no ocurrió.

Beatrice bajó la mirada hacia la tarjeta.

—No le pedí que fingiera.

—Bien.

—Aunque quizá podríamos fingir que la manzana no ocurrió.

—Eso será más difícil.

—Sebastián probablemente ya la está contando.

—Sin duda.

La puerta volvió a abrirse apenas.

Lady Agatha apareció.

—¿Todo bien?

Beatrice se giró.

—Sebastián trajo una manzana.

Lady Agatha parpadeó.

—Ya veo.

—No, tía. Le aseguro que no ve.

Lady Agatha miró a Nathaniel, luego a Beatrice, luego a la cortina torcida.

—Quizá veo más de lo que crees.

—No diga “ah”.

—No lo hice.

—Lo estaba preparando.

Nathaniel inclinó la cabeza.

—Señorita Montclair.

—Lord Ashford.

Él dio un paso hacia la puerta, pero se detuvo.

—Beatrice.

Ella sintió que el nombre le cambiaba el pulso.

—Sí.

—Gracias por no fingir.

No dijo qué.

No necesitaba hacerlo.

Beatrice sostuvo su mirada.

—Gracias por preguntar antes de acercarse.

Nathaniel recibió la frase con una seriedad que la hizo sentirse completamente vista.

Luego salió.

Más tarde, cuando Clara subió para ayudarla a cambiarse, encontró la tarjeta de Nathaniel dentro del mismo libro que contenía el documento de cortejo.

—¿También ahí, señorita?

Beatrice cerró el libro.

—Es un lugar práctico.

—Por supuesto.

—No diga nada.

—No iba a hacerlo.

—Lo pensó.

—Sí, señorita.

Beatrice miró hacia la ventana.

En la biblioteca, las flores seguían abiertas. En algún lugar, probablemente, Sebastián estaba explicando la importancia histórica de una manzana inocente.

Y Nathaniel Ashford había dejado tras de sí mucho más que un ramo.

Había dejado una pregunta.

No dicha.

No exigida.

Solo aguardando.

Beatrice apoyó los dedos sobre el libro.

Ya no intentaba negar que Nathaniel le importaba.

Eso habría sido ridículo.

Pero importarle era una cosa.

Admitir cuánto, otra muy distinta.

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