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Tu Mozart, Yo Ronaldhino

Tu Mozart, Yo Ronaldhino

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Hijo/a genio / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Una noche de lluvia en Manchester unió a Emmet, una estrella del fútbol, y a Clara, una joven violinista griega. De aquella noche nacieron dos gemelos.

Incapaces de imaginar una vida juntos, decidieron criarlos por separado. Emmet se quedó con uno en Inglaterra; Clara regresó a Grecia con el otro.

Los años pasaron. Cada hijo heredó un talento inesperado: uno se convirtió en un prodigio del fútbol y el otro en un virtuoso del violín.

Hasta que el destino los hizo encontrarse.

Dos rostros idénticos. Dos vidas completamente diferentes. Dos hermanos que jamás supieron que existían.

Y cuando descubran la verdad, tomarán una decisión que cambiará sus vidas para siempre.

Porque a veces el talento no pertenece al mundo en el que naciste...

sino al mundo que tu corazón elige.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La noche que lo cambió todo

La lluvia golpeaba los ventanales del bar como si quisiera entrar a celebrar también. Afuera, Manchester era un solo grito: banderas, bengalas, cánticos perdidos entre truenos. Hacía unas horas el equipo había conquistado Europa, y la ciudad parecía haber abolido el concepto de mañana.

Dentro, el estruendo era aún peor.

Emmet Green alzó el vaso por encima de las cabezas de sus compañeros. A sus veintiséis años era la estrella del club, el capitán que tres horas antes había levantado la copa con los brazos temblando. Ahora solo quedaban la cerveza tibia, el rugido de los suyos y la certeza, todavía increíble, de que lo habían conseguido.

—¡Por Manchester!

Los vasos chocaron. Emmet bebió y soltó una carcajada ronca, agotada. Toda una vida de entrenamientos, lesiones y derrotas para llegar a esto.

—¿Sabes qué es lo único que podría arruinar esta noche? —preguntó Danny, señalando la ventana.

Emmet miró hacia fuera. La lluvia caía con tanta fuerza que la calle era un borrón de luces.

—Esto. En un día así, tenía que llover.

—¡Estamos celebrando bajo techo!

—Pero la gente de afuera no. Una noche así merece un cielo despejado.

Danny se encogió de hombros.

—Manchester no hace cielos despejados. Es su marca registrada.

Emmet sonrió. Iba a responder, pero la puerta del bar se abrió de golpe y una ráfaga de viento helado barrió las mesas cercanas.

Y entonces la vio.

Una muchacha completamente empapada permanecía junto a la puerta, encorvada, recuperando el aliento. Llevaba un abrigo oscuro calado hasta el dobladillo y un estuche rígido colgado a la espalda como un caparazón. El agua le goteaba desde las puntas del cabello hasta el suelo.

—Perdón… —Miró alrededor—. ¿Puedo entrar?

El dueño soltó una carcajada.

—¡Claro! Pero primero sécate.

Le lanzó un paño. Ella lo atrapó por reflejo, con una coordinación que sorprendió a Emmet. Se apartó hacia una mesa vacía del fondo y comenzó a secarse el pelo con gestos torpes, sin importarle que le gotease el abrigo.

Emmet iba a apartar la mirada, pero no lo hizo. Algo en la manera en que ella se frotaba el cabello —con una determinación absurda, como si peleara con la lluvia y ganara por puntos— lo dejó con el vaso a medio camino de los labios. Cuando apartó las mechones húmedos de la cara, él pudo verla mejor. Tenía el cabello del color exacto de la madera clara de un violín y unos ojos de un verde pálido, casi gris, con un anillo más oscuro alrededor del iris. No eran unos ojos llamativos. Eran unos ojos que miraban. Y eso, en un bar donde todo el mundo gritaba, era raro.

—¿Quién es ella? —preguntó sin darse cuenta de que hablaba en voz alta.

Danny siguió su mirada.

—Ni idea. No es de la celebración.

Emmet se puso de pie.

—Voy a averiguarlo.

Caminó hasta la mesa del fondo.

—Hola.

Ella levantó la mirada. De cerca parecía más joven. Veintiuno, veintidós como mucho.

Emmet señaló la silla frente a ella.

—¿Puedo sentarme?

La muchacha lo observó unos segundos. No con reconocimiento. Con una cautela educada, como si evaluara si aquel desconocido era inofensivo.

—Si lo deseas.

Emmet sonrió.

—Me gusta esa respuesta. Ni "sí" ni "no". Un término medio.

Se sentó. Tomó un vaso de la bandeja de una camarera y se lo ofreció.

—Lo mejor para entrar en calor es una buena cerveza. Toma.

Ella lo miró como si fuera un espécimen de laboratorio.

—¿Será prudente? Tengo veintiún años.

—Entonces ya eres mayor de edad en medio continente.

Ella dudó. Tomó el vaso, lo olió con desconfianza y se lo bebió de golpe. Un segundo después comenzó a toser con los ojos muy abiertos.

—¡¿Estás bien?!

—¡Es horrible! —Dejó el vaso sobre la mesa con un golpe—. Sabe a pan mojado con algo muerto.

Emmet se echó a reír. Una carcajada real, de las que duelen en el estómago.

—¿Nunca habías bebido cerveza?

—No.

—Eso explica que la hayas bebido de golpe como si fuera agua.

Ella lo miró con indignación. Pero le duró tres segundos antes de que se le escapara una risa pequeña, sorprendida.

—¿Y tú? ¿A qué te dedicas?

Emmet tomó un sorbo. Podía haber dicho la verdad completa. *Soy futbolista. Juego en el Manchester. Hoy ganamos la Champions.* Pero algo en la manera en que ella lo miraba —sin reconocimiento, sin expectativa, sin querer nada de él— lo hizo elegir otra respuesta.

—Me gusta el deporte.

Ella entrecerró los ojos.

—¿Juegas al fútbol?

—¿Se me nota?

—Un poco. Te mueves como alguien acostumbrado a entrenar. —Ladeó la cabeza—. Y tienes esa mirada.

—¿Qué mirada?

—La de los futbolistas. Confianza y arrogancia al mismo tiempo. Como si el mundo te debiera algo y estuvieras esperando a que te lo pague.

Emmet se rio.

—Me atrapaste.

—Lo siento.

—No. Intentaba esconderlo.

—No lo hiciste muy bien.

Fue entonces cuando reparó en el estuche. Grande, rígido, con cierres metálicos.

—¿Qué llevas ahí?

Algo en su expresión se suavizó.

—Mi violín.

—¿Tocas profesionalmente?

Ella negó con un gesto que tenía algo de disculpa.

—Estudio en el Conservatorio de París. Tengo una beca.

Emmet soltó un silbido bajo.

—Entonces estoy sentado frente a una genio de la música.

Ella se sonrojó de inmediato. No un sonrojo coqueto, sino uno genuino, incómodo.

—No es para tanto.

—Créeme, sí lo es. Yo apenas sé distinguir una guitarra de un ukelele.

—Eso no es cierto. Tienen formas completamente distintas.

—¿Ves? Ya estoy aprendiendo.

Ella rio. Una risa limpia, sin esfuerzo. Y la conversación continuó. No como un interrogatorio, sino como una de esas charlas que se enredan solas. Clara le contó que había llegado a Inglaterra con un grupo de estudiantes del conservatorio para una serie de conciertos. Que solo estaría unos días. Que la lluvia la había pillado volviendo al hotel y había entrado en el primer bar que encontró porque el estuche pesaba demasiado para seguir caminando.

Emmet escuchaba. Y mientras escuchaba, se daba cuenta de algo que no le pasaba desde hacía mucho: no estaba actuando. No medía sus palabras ni calculaba el efecto. Solo estaba sentado frente a una muchacha que lo miraba como si fuera una persona. No un capitán. No una portada. Una persona.

—Llevamos hablando casi una hora —dijo— y todavía no sabemos nuestros nombres.

—Tienes razón.

—¿Cómo te llamas?

—Clara.

Él extendió la mano.

—Mucho gusto, Clara. Soy Emmet.

Ella la estrechó. Su mano estaba fría y áspera en las yemas de los dedos, como la de alguien que pasa horas presionando cuerdas.

—Mucho gusto, Emmet.

Él no soltó la mano inmediatamente. Ella tampoco la retiró.

Cuando salieron del bar, la lluvia seguía cayendo. No con la furia de antes, sino con una persistencia suave, casi cómplice. Clara levantó el rostro hacia el cielo.

—Creo que Manchester realmente quería arruinar mi noche.

Emmet se acercó. Podía oler la lluvia en su abrigo y algo a madera y resina, como el interior del estuche del violín.

—Yo creo que hizo exactamente lo contrario.

Ella lo miró. La calle estaba vacía. Los cánticos llegaban amortiguados desde alguna esquina lejana.

Emmet se inclinó.

Clara no se apartó.

Sus labios se encontraron. Sabían a cerveza y a lluvia. Un beso. Luego otro. Con la torpeza de dos personas que no han planeado nada y no quieren planearlo.

El taxi olía a cuero viejo. Clara apoyó la cabeza en el hombro de Emmet y él pensó, con una claridad absurda, que el estuche del violín le estaba clavando una esquina en la rodilla. Ninguno dijo nada. No hizo falta.

Aquella noche terminó llevándolos al departamento de Emmet. Ninguno pensó en el mañana.

---

A la mañana siguiente, Emmet despertó con la cabeza pesada. Miró a su lado.

Clara ya no estaba.

La almohada conservaba la forma de su cabeza. El aire olía ligeramente a resina.

Frunció el ceño. Se incorporó. Y vio un papel doblado sobre la mesa de noche, sujeto bajo el vaso vacío de la noche anterior.

Lo tomó.

*"Gracias por la cerveza horrible y por no preguntarme por el fútbol. Me voy antes de que Manchester despierte. Cuídate, capitán. —C."*

Emmet leyó la nota dos veces. *Capitán.* Entonces sí sabía quién era. Lo había sabido desde el principio, o lo había descubierto en algún momento de la noche, y no había dicho nada. No había pedido una foto. No había pedido un número. No había pedido nada.

Guardó la nota entre las páginas del libro de la mesilla.

No sabía dónde volvería a verla. Probablemente Clara estaba ya en un tren, con el violín en la espalda, camino de una vida que no lo incluía.

Pero una certeza extraña se instaló en su pecho. Pequeña, irracional, imposible de justificar.

Aquella muchacha era especial.

Lo que Emmet no sabía era que aquella noche no había terminado.

Apenas había comenzado.

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mariadr esquivelp
escritora no diga q no es su hijo porq si lo es solo q no es el q ella crío ya lo he leído en varios capitulos
EspirituCreativo: Claro que es su hijo lectora, pero no el que crío personalmente jeje
total 1 replies
EspirituCreativo
Ooo
minjoon
amooo lo leo
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