Sara murió luchando contra el hombre más temido del mundo: Augustus Reinold, el tirano que destruyó naciones y esclavizó a la humanidad.
En sus últimos segundos, hizo un deseo desesperado: si pudiera regresar al pasado, daría la mitad de su vida para detenerlo.
Su deseo fue escuchado.
Sara despierta quince años atrás, cuando tiene diecisiete años y Augustus aún no es el monstruo que ella conoce. Pero el sistema le revela una regla imposible: no puede matarlo.
Si quiere salvar el mundo, deberá cambiar su destino antes de que sea demasiado tarde.
¿El método?
Enamorar al futuro villano.
Sara se niega a enamorarse del hombre que la asesinó.
Pero cuanto más conoce al joven que algún día será Augustus, descubre que detrás del monstruo existió un muchacho que todavía podía ser salvado.
Y solo tiene dos años para lograrlo.
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La raíz del odio
Los días siguientes fueron un torbellino de misiones absurdas.
Misión: Sostenerle la mirada al hijo del destino por cinco segundos. +100 puntos.
Misión: Aceptar el sándwich que te ofrece sin protestar. +150 puntos.
Misión: Dejar que te tome de la mano frente a la directora. +500 puntos.
Sara las cumplía todas. Con pucheros. Con miradas tímidas. Con una actuación de chica enamorada que le valía los suspiros de las chicas del instituto y el desprecio silencioso de Albert Torrealba.
Pero Albert no era solo desprecio.
Cada vez que Sara lo veía en los pasillos, el chico la miraba. Y luego miraba a Julian. Y en esos ojos no había celos. No había la envidia común de un compañero pobre frente al heredero millonario.
Había odio.
Un odio visceral. Espeso. Como si Julian le hubiera arrancado algo con las manos. Como si le hubiera robado la vida entera.
Sara, en la soledad de su cuarto rosa, miró el techo.
—Sistema.
Aquí estoy, heroína. Has sido muy productiva esta semana. Actualmente cuentas con 4500 puntos.
—¿Puedo comprar información?
Por supuesto. ¿Qué deseas saber?
—Quiero saber por qué Albert Torrealba odia tanto a Julian. No son celos. Es algo más profundo. Es como si Julian le hubiera destruido la vida.
—Sistema, espera. —Sara frunció el ceño, mirando la pantalla apagada—. ¿Eso es todo? ¿Albert lo odia porque su padre biológico lo rescató de un abusador? Eso no justifica esa mirada de asesinato que tiene en los pasillos. Eso genera trauma, sí, pero no ese odio viscoso. Hay algo más.
La pantalla del sistema parpadeó. Un sonido de error, como un timbre desafinado, resonó en el cuarto rosa.
> *Error de cálculo, heroína. Te dejaste llevar por el melodrama. La realidad no es una telenovela de venganzas complejas. La realidad es mucho más sucia. Y más simple. ¿Lista para la verdadera historia?*
—Muéstramela.
> *Rebobinando. Hace once años. Julian tiene siete años. Albert, su hermanastro, tiene seis. Un año menor. Misma madre. Distinta sangre. Y distinta suerte.*
La imagen volvió a materializarse.
No había gritos esta vez. Solo un frío que calaba los huesos y el olor a humedad de un apartamento en los suburbios más miserables de la ciudad. La madre, Leonor, estaba sentada en una silla desvencijada, contando monedas sobre la mesa. No le alcanzaba. Nunca le alcanzaba.
En el suelo, dos niños. Julian, de siete años, abrazando sus rodillas. Albert, de seis, mirando la puerta con hambre en los ojos.
Entonces, la puerta se abrió.
Adrián Bradenford entró. El traje italiano costaba más que el edificio entero. Detrás de él, dos asistentes. Adrián miró el apartamento con un asco que ni siquiera intentó disimular. Se tapó la nariz con un pañuelo de seda.
—Qué pocilga —murmuró. Luego, sus ojos esmeralda se posaron en Julian—. Así que tú eres el desliz.
Leonor se levantó, temblando.
—Señor Bradenford... por favor. Le dije que no podía mantenerlo. Si se lo lleva, me da el dinero que prometió para pagar las deudas de mi esposo.
Adrián asintió, aburrido. Hizo un gesto y uno de los asistentes dejó un maletín sobre la mesa. Lo abrió. Fajos de billetes. Más dinero del que Leonor había visto en su vida.
—Mi sangre no va a criarse entre ratas —dijo Adrián, mirando a Julian—. Ven, muchacho. Te voy a dar un apellido de verdad. Vas a comer carne todos los días y vas a dormir en sábanas de hilo.
Julian no se movió. Miró a su madre. Luego miró a Albert.
Albert, de seis años, se aferró a la pierna de su hermanastro.
—¿Y yo? —preguntó el pequeño Albert, con la voz chillona—. ¿Yo también voy, mamá?
Leonor bajó la mirada. Las lágrimas le corrían por las mejillas, pero no dijo nada.
Adrián rió. Una risa seca.
—¿Tú? Tú eres del borracho que la montó después. Tú no eres mi sangre. Tú te quedas en el barro, que es donde perteneces.
—¡Llévese a los dos! —suplicó Leonor, cayendo de rodillas—. ¡Por favor, señor! ¡Albert es solo un niño! ¡Se van a morir de hambre si mi esposo pierde el trabajo! ¡Llévese a los dos!
—Solo pago por lo que es mío —respondió Adrián, ajustándose los gemelos—. Y tu bastardillo no lo es.
Adrián agarró a Julian del brazo. El niño forcejeó, llorando, extendiendo la mano hacia Albert.
—¡Albert! ¡Mamá!
—¡Julián! —gritó el pequeño de seis años, intentando correr tras él.
Pero el padrastro, un hombre corpulento y amargado que había estado bebiendo en la esquina, agarró a Albert por el cuello de la camisa y lo levantó en el aire.
—Déjalo ir, mocoso —escupió el hombre—. Tu hermanito se fue a jugar a los príncipes. Nosotros nos quedamos a comer tierra.
La puerta se cerró.
La imagen hizo un salto temporal. Un montaje rápido, cruel, acompañado por el tintineo frío del sistema.
*Diez años.* Albert, de diez años, lavando platos en un restaurante grasiento mientras veía por la ventana del televisor de la cocina una revista de sociales. La portada: **"El joven heredero Julian Bradenford asiste a la gala benéfica"**. Julian sonreía, con un esmoquin a medida.
*Doce años.* Albert, de doce, con la cara hinchada por un golpe de su padrastro, durmiendo en el sofá roto del salón, escuchando a su madre llorar porque no había para la luz. En la mesa, un recorte de periódico: **"Julian Bradenford gana el torneo nacional de esgrima"**.
*Catorce años.* Albert, cargando cajas en un mercado, con las manos llenas de ampollas. Un auto de lujo pasa por la calle. Adentro, Julian, riendo, con una chica hermosa al lado y el aire acondicionado a tope. Albert escupe al suelo mientras el auto lo salpica de lodo.
> *¿Lo ves ahora, heroína?* —la voz del sistema perdió su tono burlón, volviéndose casi solemne—. *No es que Julian le haya robado nada. Es que Julian tuvo la suerte de nacer con el ADN correcto. Julian escapó del infierno en una limusina, y dejó a Albert ardiendo en las llamas.*
La imagen se congeló en el rostro de Albert a los diecisiete años. En los pasillos de la Preparatoria San Luis. Mirando a Julian.
Esa mirada no era solo odio. Era la encarnación de la injusticia del mundo. Albert odiaba a Julian porque Julian era la prueba viviente de que el universo no es justo. De que algunos nacen para ser pisoteados, y otros nacen para pisotear, simplemente por la lotería de la sangre.
Y Julian... Julian había aprendido la lección de su padre. *El que tiene el dinero, dicta las reglas. El que no, se aguanta.*
La pantalla se apagó.
Sara se quedó en silencio. Sintió un nudo en la garganta.
Había juzgado a Albert como a un villano menor. Como a un chico celoso. Pero Albert era una víctima colateral del mismo sistema que había creado a Augustus Reinold. El mundo de los Bradenford no solo destruía a sus enemigos; destruía a los que dejaba atrás.
—Sistema... —susurró Sara, abrazándose las rodillas en su cama rosa—. Si Adrián Bradenford es capaz de dejar a un niño de seis años en la miseria solo porque no comparte su ADN... ¿en qué clase de monstruo se va a convertir Julian si su padre lo sigue moldeando?
> *Esa es la pregunta del millón, heroína. Y la respuesta la vas a tener que descubrir tú.*
El sistema parpadeó, proyectando un calendario en el aire. El día sábado estaba marcado con un círculo rojo brillante.
> *Faltan dos días para la cena en la Mansión Bradenford. Vas a sentarte a la mesa con el arquitecto de todo este desastre. Con el hombre que le enseñó a Julian que la empatía es una enfermedad de los pobres.*
Sara tragó saliva.
Hacerle un puchero a Julian era fácil. Julian era un chico de dieciocho años, roto por dentro, desesperado por un poco de afecto genuino.
Pero ¿Adrián? Adrián era un tiburón. Un hombre que olía la debilidad y la devoraba. Si Adrián descubría que Sara no era una chica sumisa y enamorada, sino una guerrera de treinta y dos años atrapada en el cuerpo de una adolescente, intentando "salvar" a su hijo...
—Sistema —dijo Sara, y su voz ya no tenía nada de princesa asustada. Sonaba a la comandante que había liderado ejércitos—. Necesito un vestido. Y necesito saber todo, absolutamente todo, sobre Adrián Bradenford.
> *Esa información cuesta 3000 puntos, heroína. Y solo te quedan 500.*
Sara sonrió. Una sonrisa fría. Una sonrisa que Augustus Reinold habría reconocido.
—Entonces será mejor que me des misiones para ganarlos rápido. Porque el sábado, no voy a entrar a esa mansión como la novia tonta del heredero.
> *¿Cómo vas a entrar, entonces?*
—Como su igual.
El sistema tintineó, y por primera vez, Sara juraría que la inteligencia artificial había sonado impresionada.
> *Misión de alto riesgo desbloqueada: Sobrevivir a la cena de los Bradenford. Recompensa: 5000 puntos. ¿Aceptas?*
—Acepto.
Sara apagó la luz de su cuarto. Pero no durmió.
El sábado, el verdadero villano de esta historia la estaba esperando. Y Sara Thornwright iba a necesitar algo más que un puchero para no salir de ahí en una bolsa para cadáveres.