Él ahora será mi espada.
En su primera vida, Cassandra amó al hombre equivocado.
El príncipe heredero, su madrastra y su propia familia conspiraron contra ella hasta llevarla a una muerte cruel. Pero el destino le concedió una segunda oportunidad.
Al despertar diez años atrás, Cassandra recuerda perfectamente el día en que comenzó su desgracia.
Esta vez no elegirá al príncipe que la traicionará.
Cuando el emperador le ofrece escoger a su futuro esposo como recompensa por su salvar a un miembro de la familia real, Rosalind señala al hombre que todos temen: Balkan Trudeau, el Demonio de Moldavia, heredero de un reino de guerreros que cabalgan dragones.
Él es cruel. Ella es vengativa.
Él descubre que su nueva prometida esconde un corazón tan oscuro como el suyo.
Y Cassandra solo necesita una cosa de su futuro esposo:
Que sea su espada mientras ella cobra cada deuda pendiente.
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El carruaje hacia el bosque
El conde entró al estudio del rey con el paso de un hombre que camina hacia el cadalso.
Sobre la mesa de roble, tres páginas. Una firma firme. El sello del notario real.
El rey Aldric no alzó la voz. No la necesitaba.
—Lee —dijo.
El conde leyó. Y con cada línea sintió que se le caía un año de vida. *Adelfa y sangre de víbora. Pagos mensuales a través del apotecario de la calle de los Curtidores. La orden: lady Elara.* Y al final, la línea que lo heló: *La señora me pidió guardar una segunda dosis, por si la primera fallaba.*
Cuando terminó, cayó de rodillas.
—Majestad, lo juro por mi nombre, yo no sabía nada de esto…
—Soy un rey piadoso, pero no estúpido —dijo el rey, sin apartar los ojos de la ventana—. Esa mujer que tienes en tu casa osó herir a mi hermanita. A la que estimé como si fuera de mi propia sangre. Y la mató.
El silencio que siguió pesó como una losa.
—Sabes lo que tienes que hacer —dijo el rey al fin, con la calma de quien ya firmó una sentencia—. Si no lo haces, tu cabeza acompañará a mi pobre hermanita.
***
Antes de subir a su carruaje, el conde cruzó el jardín y encontró a Cassandra tomando el té de la tarde, con un libro abierto sobre las rodillas.
—Padre —dijo ella, sin alzar la vista—, una cosa antes de que decidas qué harás.
El conde se detuvo.
—La madrastra sabe dónde están enterrados todos tus secretos —Cassandra pasó una página, serena—. El cuadro. Las cuentas. Las deudas. Los títulos que vendiste. —Levantó los ojos, dulces y terribles—. Una mujer que va a perder la cabeza… no la pierde sola.
El conde sintió que el suelo de su propia vida se convertía en arena movediza.
***
En la cripta, lady Elara llevaba veinte días arrodillada, comiendo miedo y pan duro. Cuando la puerta de hierro se abrió y vio la cara de su esposo, supo, con el instinto de un animal, que algo había salido mal.
—El rey ha pedido tu cabeza —dijo el conde, sin preámbulos.
Elara no gritó. Se quedó muy quieta, como si el aire se le hubiera vuelto de piedra.
—Pero yo te amo —continuó el conde, acercándose, con la voz temblando de una ternura que olía a mentira—. No permitiré que la madre de mis hijos muera. He arreglado un carruaje. He conseguido a una mujer idéntica a ti. Ella será muerta a palos, y mañana llevaré ese cadáver al palacio como si fuera el tuyo. Pero tú… tú escapa. Vive.
Elara lloró. Se aferró a las manos de su esposo como una náufraga.
Lo que ella no sabía —lo que el conde guardó detrás de los dientes mientras la abrazaba— era que no había ninguna doble. No la había habido nunca. Solo había un carruaje, un bosque, y unos hombres a los que él mismo había pagado.
Porque el conde no la salvaba por amor. La salvaba de la horca del rey para que no hablara. Y la entregaba al bosque para que no hablara jamás.
***
El carruaje partió al anochecer, con las cortinas echadas y lady Elara abrazada a un cofre de joyas que el conde le había dado «para empezar su nueva vida».
Durante dos horas, ella creyó que estaba a salvo.
Entonces, en medio del bosque de Vellmar, el carruaje se detuvo.
Elara contuvo el aliento. No escuchó nada. Ni el viento. Ni los caballos. Ni el cochero.
La puerta se abrió.
Un bandido con el rostro lleno de cicatrices la miró desde la oscuridad, con la calma de quien cobra una deuda.
—Así que tú eres a la que debo eliminar.
El grito de lady Elara se perdió entre los árboles. En el bosque solo se escucharon, durante unos minutos, los gritos de socorro, el silbido de unas espadas gruesas, y luego, nada.
***
A la mañana siguiente, llevaron el cuerpo a la mansión.
Lady Elara había sido cortada, mutilada y violada por bandidos del bosque «en su intento de escapar de la mansión». Así lo juraron los hombres que trajeron el cadáver, con las cabezas gachas y las manos manchadas de una sangre que ya no olía a nobleza.
El conde se lamentó, con la voz quebrada de un viudo digno.
—Bien —dijo al fin, cubriendo el rostro destrozado con un lienzo—. Pagó por lo que hizo. Envuelvan el cuerpo. Lo presentaré ante su majestad.
Livia y Dorian, de pie junto al féretro improvisado, estaban horrorizados. Su madre había tenido una muerte que no era horrible: era espantosa. Y seguramente su alma, mutilada y sin nombre, nunca encontraría paz.
Cassandra los miraba desde el ventanal, con una taza de té entre las manos.
Dorian giró la cabeza y la vio. Y algo, en su pecho roto, se encendió como una brasa.
—Tú —dijo, con la voz ronca—. Tú lo hiciste.
Cassandra lo observó. Bebió un sorbo.
—¿Yo? —preguntó, con una curiosidad genuina—. ¿Y yo qué ganaría matándola? Yo preferiría haberla matado con mis propias manos, no con manos ajenas.
Señaló con la taza de té hacia el patio, donde el conde caminaba delante del cuerpo de su esposa, acompañado de su escolta, con la espalda rígida de un hombre que cuenta los pasos hacia el palacio.
—Pero no soy la única que se beneficia de su muerte —dijo Cassandra, bajando la taza—. ¿Qué gano yo? A mí no me van a quitar el título. No me van a quitar el matrimonio. En cambio… otro iba a perder su título y su cargo si ella hablaba.
Livia y Dorian miraron a su padre.
Y se miraron.
Y comprendieron.
Fue su padre. Él era el único que sabía la trayectoria del carruaje. La hora. El bosque. Todo.
Un frío escalofrío les recorrió el cuerpo, más helado que la muerte de su madre.
Cassandra empezó a reír. Se levantó, dejó la taza sobre el alféizar, y pasó junto a sus hermanastros sin mirarlos.
—Pobres y estúpidos —dijo, ya desde la puerta—. Creen que a su padre se le va a tocar el corazón cuando alguien intente quitarle su título.
Y se fue.
—*Tontos.*
***
Esa noche, con las llaves de la mansión en el cinturón, Cassandra bajó al almacén. Contó las piedras del muro este. Tercera piedra. Presionó. Cedió.
Dentro, envuelto en un paño encerado, había un frasco de cristal con un líquido oscuro. La segunda dosis.
Cassandra lo sostuvo contra la luz de su lámpara. Ahora tenía la cuerda, el veneno, y el amor del rey.
Solo le faltaba elegir el día.
—Una cabeza ha caído —dijo Balkan, desde la puerta, con las vetas carmesí latiendo en la penumbra.
—La primera —corrigió Cassandra, guardando el frasco en su bolsa.
Alzó los ojos hacia el prometido del demonio, y sonrió con toda la honestidad de un monstruo.
—Aún quedan las que me sonreían.