«Mi sangre no pide compasión; exige ser devorada.»
El chasquido del cerrojo blindado nos dejó a oscuras en el laboratorio subterráneo. En el suelo, los vidrios de mi última ampolleta de supresor. En mis venas, el desastre.
Mi cuerpo es una trampa: libero un aroma a miel y jazmín tan violento que me dobla las rodillas, me asfixia la garganta y me humilla. La ventilación esparce la plaga de mi olor por el aire sellado, y la biología no perdona.
Tres aromas depredadores acorralan mi agonía en la penumbra. Sin medicina que me salve, sin aire para gritar y con la fiebre del celo quemándome la piel desde adentro.
La cacería empezó. Y la única duda es cuál de los tres clavará primero sus garras en mi nuca.
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CAPÍTULO 16: EL VENENO DEL DESEO
EL VENENO DEL DESEO
El silencio en el último piso de la Torre Central no trajo paz; trajo el peso aplastante de la resaca de la batalla.
Habíamos derribado la nave insignia de Elysium y salvado a Arcadia del bombardeo, pero el costo biológico quemaba en mi interior. Haber forzado mi glándula en la cabina del acorazado para saturar los radares enemigos había llevado mi cuerpo al límite. Sentía la garganta viva, el pecho latiendo a un ritmo errático y un mareo punzante que me hizo tambalear nada más cruzar el umbral de la suite.
Involuntariamente, la barrera mental que contenía mi esencia se rompió por el agotamiento.
Mi aroma no brotó como un ataque; emergió como una ola tibia, espesa y sofocante de miel silvestre y azahar caliente que impregnó el mármol y el cristal de la habitación en cuestión de segundos. No era la sustancia amarga del laboratorio, era la pulsación pura de un Omega al borde del colapso físico, reclamando aire, calor y refugio.
El impacto en los tres Alfas fue instantáneo y devastador.
Eren, que estaba tirando su chaleco táctico al suelo, se congeló. Las pupilas carmesí se le dilataron hasta borrar el iris y soltó un gruñido rasposo, casi animal, que brotó desde lo más profundo de su esternón. Dio tres zancadas ciegas hacia mí, guiado únicamente por el rastro dulce que flotaba en el aire, y me atrapó por la cintura antes de que mis rodillas tocaran el suelo.
—Te dije que no forzaras la glándula... —siseó Eren contra mi oído, y su respiración era un horno.
El agarre de sus manos en mis caderas no fue el de un soldado; era la presión bruta de un hombre desesperado por aferrarse a su ancla. Me estampó con firmeza contra la puerta blindada, acorralándome con la mole de su cuerpo. Podía sentir la rigidez de sus músculos, el latido salvaje de su corazón chocando contra mi pecho y cómo el aroma a cuero y tabaco de su piel buscaba aplastar el mío para reclamarlo.
Su boca descendió a la curva de mi cuello, justo sobre la piel desnuda y caliente donde mi pulso latía desbocado. Sus labios rozaron el punto exacto de mi glándula y un escalofrío eléctrico, denso y doloroso recorrió cada nervio de mi columna, haciéndome archivar la espalda con un jadeo involuntario.
Por un segundo, la mente se me nubló. El contacto de su piel ardiente era un alivio tóxico para mi cuerpo agotado; cada poro de mi ser pedía que se apretara más, que me enterrara en su pecho para apagar el temblor de mis manos.
Pero entonces sentí la frustración de Eren. Apretaba la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su rostro temblaban. Él no quería ser vulnerable. Le daba rabia sentir que este aroma dulce tenía el poder de arrodillarlo y convertir su orgullo Alfa en una necesidad abrumadora.
—Odio esto... —gruñó Eren, hundiendo el rostro en la línea de mi hombro mientras sus dedos se clavaban en mi tela—. Odio cómo hueles... odio que me hagas querer destrozar a cualquiera que te mire...
Se separó de mí de golpe, respirando con dificultad, con los ojos inyectados en sangre. Apoyó ambos puños contra la pared a un lado de mi cabeza, negándose a volver a tocarme por miedo a perder el control por completo y tomarme allí mismo.
Kaelen dio varios pasos al frente desde la mesa de mapas. El general, el hombre de piedra que había coordinado las baterías antiaéreas sin pestañear, tenía la respiración alterada. El parche de su nuca parpadeaba en un rojo crítico, incapaz de filtrar la densidad de mi esencia.
—Eren, apártate —ordenó Kaelen, pero su voz, usualmente inflexible, sonó rasposa y rota.
Se acercó a nosotros con la mirada fija en mi rostro pálido. Vi cómo sus ojos ámbar pasaban de la estrategia militar a un deseo desbordado que intentaba reprimir con todas sus fuerzas. Extendió una mano para sostenerme del codo y evitar que cayera, pero en cuanto las yemas de sus dedos rozaron mi piel desnuda, un chispazo de calor abrasador nos atravesó a ambos.
Kaelen ahogó un suspiro. Sus dedos temblaron visiblemente sobre mi brazo. Para él, sentir que mi presencia anulaba años de disciplina táctica era una tortura aterradora. Quería ser mi escudo, pero su instinto Pura Sangre le exigía doblegarse ante el aroma que llenaba el salón.
—Estás ardiendo en fiebre, Lian —murmuró Kaelen, y la frialdad de su tono se desmoronó por completo, dejando al descubierto una devoción posesiva y asustada—. No puedes seguir así... Tu cuerpo no va a resistir el viaje a Neópolis si sigues liberando esto.
Su cercanía era un fuego lento. Sentir su aliento en mi frente me producía un deseo doloroso de apoyar la cabeza en su hombro y dejar que él tomara el control de la guerra, pero la barrera invisible entre nosotros seguía ahí.
Valen se aproximó desde el fondo con un inyector de pulso en la mano. El médico no llevaba guantes; su rostro reflejaba una mezcla sofocante de culpa histórica y fascinación biológica. Al tomar mi muñeca para medir las pulsaciones, sus dedos ardían.
—La tasa de feromonas está saturando la suite —dijo Valen en un murmullo tembloroso, alzando la vista para conectar con mis ojos—. Te estás quemando por dentro, Lian... Y nosotros solo estamos empeorando tu estado con nuestra presencia.
Valen acercó el inyector a mi cuello, pero antes de presionar el botón, se detuvo. Su rostro quedó a escasos centímetros del mío. El aire entre los dos era tan dulce que resultaba casi masticable. Vi sus labios entreabrirse, vi el temblor en sus hombros mientras luchaba contra el impulso irracional de inclinarse y besarme para probar la miel de mi piel.
Estábamos al borde del abismo. Los tres Alfas rodeándome, sofocados por la mezcla de sus propios aromas y el mío, atrapados en una tormenta de posesividad, arrepentimiento y atracción física al límite. Mi cuerpo entero gritaba por rendirse a esa calidez, por dejar que me sostuvieran y borraran el dolor de las batallas.
Sin embargo, el eco de los laboratorios y el recuerdo del Comandante de Elysium resonaron en mi mente.
Apoyé las palmas de las manos en el pecho rígido de Eren y lo empujé hacia atrás con la poca fuerza que me quedaba. Me zafé del agarre tembloroso de Kaelen y di un paso al frente, obligando a Valen a bajar el inyector.
Los miré a los tres, sintiendo la pulsadura de mi glándula y el deseo latiendo en el ambiente como un hilo de alta tensión a punto de romperse.
—Mírense... —dije, y mi voz, aunque débil, resonó firme en la penumbra del salón—. Acabamos de salvar la ciudad de un bombardeo... pero dentro de esta habitación, no pueden ni mirarme sin que se les nuble la razón.
Eren apretó los puños contra el marco de la pared. Kaelen sostuvo mi mirada con los ojos encendidos en un celo reprimido, y Valen dio un paso atrás, tragando saliva con dificultad.
—Ustedes no saben qué sienten por mí —continué, sintiendo un nudo de amargura en la garganta al ver cómo la biología nos manipulaba—. No saben si me protegen porque me respetan... o porque este maldito aroma les infectó la sangre y los convirtió en prisioneros de mi cuerpo.
Nadie se atrevió a desmentirlo. La verdad era un corte limpio en medio de la intimidad sofocante.
—Hasta que no lo descubran por ustedes mismos —sentencié, dando la espalda al salón y caminando hacia la puerta de la habitación privada—, mantengan la distancia. No voy a ser el refugio de su confusión.
Cerré la puerta blindada a mis espaldas.
Me dejé caer de espaldas contra el metal frío, abrazándome las rodillas mientras mi propio aroma seguía filtrándose por debajo de la puerta hacia el salón, dejando a los tres Alfas Pura Sangre afuera, en la penumbra, sufriendo el tormento de desearme con la vida y la incertidumbre de no saber si lo que sentían era amor o el veneno de la anomalía.
— Nota de Lian —
"Si el Mando Central y esos tres Alfas creen que pueden acorralarme o dictar mis reglas, no entienden absolutamente nada de lo que soy. Yo no soy la presa de nadie. Si estás de este lado y quieres ver cómo rompo su control capítulo a capítulo, guarda esto en tu Biblioteca y deja tu Like. No te distraigas... porque esto apenas está comenzando."