Ella es la guardaespaldas asignada para proteger al hombre que más desprecia: un magnate arrogante que compró la empresa de su padre. Él la provoca y la pone a prueba cada día, sin saber que ella guarda un arma bajo la chaqueta... y un deseo prohibido bajo la piel.
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Capítulo 14: El nombre prohibido
Los días siguientes fueron de una calma inusual. Valentina y Mateo habían caído en una rutina que, aunque sencilla, les proporcionaba una paz que ninguno de los dos había experimentado en mucho tiempo. Las mañanas comenzaban con café en la terraza, viendo cómo el sol se elevaba sobre la ciudad y pintaba los rascacielos de tonos dorados. Las tardes las pasaban juntos, a veces trabajando, a veces simplemente existiendo en el mismo espacio. Y las noches... las noches eran un viaje de descubrimientos, de caricias y susurros y promesas.
Pero Valentina sabía que aquella paz era frágil. Había algo que la atormentaba, una pregunta que no había logrado responder. Durante las semanas posteriores a la confesión de Sebastián Rojas, una inquietud crecía en su interior como una mala hierba. Había demasiados cabos sueltos, demasiadas piezas del rompecabezas que no encajaban del todo.
Una noche, mientras Mateo dormía a su lado, Valentina se despertó sobresaltada por un sueño recurrente. En el sueño, veía a su madre, joven y hermosa, corriendo por una carretera oscura bajo la lluvia. Alguien la perseguía, y ella no podía ver quién era. Solo sentía el miedo, el pánico, y luego el impacto. El cristal rompiéndose. El silencio.
Se sentó en la cama, con el corazón latiendo con fuerza y el cuerpo cubierto de sudor. A su lado, Mateo seguía durmiendo, ajeno a su tormento. Valentina se levantó con cuidado y caminó hacia la terraza, donde la ciudad brillaba bajo un manto de luces artificiales.
El sueño la había dejado inquieta. No era solo el recuerdo de su madre. Era la sensación de que había algo más, algo que no había visto, algo que se escondía en las sombras. Tomó su teléfono y marcó el número de Daniel Salazar.
"Daniel, soy Valentina", dijo, con la voz baja. "Necesito que investigues algo más."
"¿Qué?", preguntó él, con la voz adormilada pero atenta.
"Necesito que busques información sobre mi madre antes del accidente. Quiero saber con quién se reunía, qué hacía, qué sabía. Quiero saber todo."
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego, la voz de Daniel se oyó de nuevo, seria. "¿Estás segura de que quieres hacer esto? Puede que lo que encuentres no sea agradable."
"Lo sé", dijo Valentina, con firmeza. "Pero necesito saberlo. Necesito cerrar este capítulo de una vez por todas."
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Pasaron varios días antes de que Daniel volviera a contactarla. Cuando lo hizo, su voz sonaba tensa, como si hubiera descubierto algo que no sabía cómo decir.
"Valentina, necesito verte. En persona. Esto no es algo que pueda discutirse por teléfono."
Valentina sintió que el corazón se le aceleraba. "¿Qué has encontrado?"
"Mejor no lo digo por teléfono. Ven a mi oficina mañana por la mañana. Y ven sola."
Valentina colgó y se quedó mirando el teléfono con una mezcla de miedo y expectación. Algo estaba pasando. Algo importante. Y no sabía si estaba preparada para enfrentarlo.
A la mañana siguiente, sin decirle nada a Mateo, Valentina condujo hasta la oficina de Daniel. El investigador la esperaba con una carpeta en la mano y una expresión grave en el rostro.
"Siéntate", dijo, señalando una silla frente a su escritorio. "Lo que voy a decirte no va a ser fácil de escuchar."
Valentina se sentó, con las manos temblorosas. "Dime."
Daniel abrió la carpeta y deslizó varios documentos sobre la mesa. Eran fotografías, cartas y registros que databan de más de veinte años atrás. Valentina los examinó con atención, y lo que vio la dejó sin aliento.
Las fotografías mostraban a su madre con un hombre que no reconocía. En algunas, aparecían juntos en restaurantes, en otras, caminando por la calle, y en una, estaban abrazados en lo que parecía una despedida. Las cartas eran más explícitas, escritas con una letra que Valentina no identificaba, pero cuyo contenido era inconfundible.
"¿Quién es este hombre?", preguntó Valentina, con la voz tensa.
Daniel la miró con seriedad. "Su nombre es Ricardo Fuentes. Fue el socio de tu padre antes de que la empresa creciera. Y también fue el amante de tu madre."
Valentina sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor. "¿Mi madre tuvo un amante?"
"Sí", dijo Daniel. "Y no fue un asunto pasajero. La relación duró varios años. De hecho, hay pruebas de que tu madre planeaba dejar a tu padre para irse con él."
"¿Pero qué tiene que ver eso con su muerte?", preguntó Valentina, con la voz apenas audible.
Daniel respiró hondo y continuó. "Cuando tu padre descubrió la relación, se sintió traicionado. No solo como esposo, sino también como socio. Ricardo Fuentes había estado utilizando información de la empresa para beneficiarse a sí mismo. Tu padre lo descubrió, y lo confrontó. Pero había algo más. Tu madre sabía cosas que podían destruir a tu padre. Sabía de sus tratos oscuros, de sus conexiones con personas peligrosas. Y amenazó con contarlo todo si él no la dejaba ir. Esa fue la gota que colmó el vaso. Tu padre no podía permitir que ella hablara."
Valentina sintió que el aire se escapaba de sus pulmones. "¿Y él...?"
"Él ordenó su muerte", dijo Daniel, con la voz baja pero firme. "Pero no lo hizo solo. Álvarez, Delgado, Herrera y Fuentes... todos estuvieron implicados. Fuentes, en particular, tenía un motivo adicional. Tu madre iba a dejarlo a él también. Iba a desaparecer, a empezar una nueva vida lejos de todos. Y él no podía soportar la idea. Prefirió verla muerta antes que verla con otro hombre."
Valentina se quedó en silencio durante un largo momento, procesando la información. No solo su padre había sido el responsable. También su madre había tenido secretos. Había tenido un amante. Había planeado huir. Todo lo que había creído saber sobre su familia se desmoronaba como un castillo de naipes.
"¿Sabes dónde está Fuentes?", preguntó finalmente, con la voz fría.
Daniel negó con la cabeza. "Desapareció hace años, igual que Rojas. Pero a diferencia de Rojas, Fuentes no se fue por voluntad propia. Creo que lo mataron."
Valentina sintió que el mundo se tambaleaba a su alrededor. "¿Quién?"
"Probablemente los mismos que mataron a tu madre", dijo Daniel. "Los que querían asegurarse de que nadie hablara."
Valentina se levantó de la silla, con las manos temblorosas. La verdad era más retorcida de lo que había imaginado. Su padre, su madre, los socios, los amantes, los asesinatos. Todo estaba conectado, todo era parte de un mismo engranaje de mentiras y traiciones.
"Gracias, Daniel", dijo, con la voz tensa. "Necesito tiempo para procesar esto."
El investigador asintió, y Valentina salió de la oficina con el corazón pesado y la mente en llamas.
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De vuelta en el penthouse, Valentina se sentó en la terraza, contemplando la ciudad que se extendía bajo ella. El sol se ponía en el horizonte, pintando el cielo de tonos naranjas y rojos, pero ella no veía el paisaje. Solo veía las caras de las personas que habían formado parte de su vida: su padre, su madre, los socios, los amantes, los asesinos.
Mateo llegó poco después y la encontró allí, sumida en sus pensamientos. Se sentó a su lado y tomó su mano.
"¿Qué pasó?", preguntó, con voz suave.
Valentina se volvió hacia él, y en sus ojos había una mezcla de dolor y determinación. "He descubierto más cosas sobre mi madre", dijo. "Cosas que no quería saber."
"¿Cómo qué?", preguntó Mateo.
Valentina le contó todo lo que Daniel le había dicho. Las fotografías, las cartas, el amante, la conspiración. Cuando terminó, Mateo la abrazó con fuerza.
"Lo siento", dijo, con la voz ronca. "Sé que esto no es fácil."
"No", dijo Valentina, apartándose ligeramente para mirarlo. "Pero necesito hacer algo. Necesito encontrar a los que todavía están vivos. Los que participaron en esto. Necesito que paguen por lo que hicieron."
Mateo la miró con seriedad. "¿Y si no puedes? ¿Y si los que participaron ya están muertos o desaparecidos?"
"Entonces necesito saberlo", dijo ella, con firmeza. "Necesito cerrar este capítulo de una vez por todas."
Mateo asintió lentamente. "Entonces haremos lo que sea necesario. Juntos."
Valentina sintió que una ola de gratitud la envolvía. No estaba sola. Tenía a Mateo a su lado, y juntos podían enfrentar cualquier cosa.
Pero mientras el sol se ponía sobre la ciudad, Valentina no podía sacudirse la sensación de que la verdad era solo el comienzo. El pasado estaba lleno de sombras, y algunas de ellas aún no se habían revelado.