Alessia Castelli nació para obedecer. Hija de una de las familias mafiosas más poderosas de Italia, jamás ha podido decidir sobre su propia vida. Ni a quién amar. Ni con quién casarse. Ni siquiera qué sueños perseguir.
El día de su boda arreglada, todo cambia cuando es secuestrada por Fabiano Conti, el temido líder de la organización rival. Para él, Alessia no es más que la única pieza capaz de devolverle a la persona que más ama.
Mientras una guerra entre familias amenaza con desatarse, ambos descubren que existen prisiones mucho peores que una habitación cerrada. Ella jamás ha conocido la libertad. Él hace mucho tiempo que olvidó cómo se siente vivir sin culpa.
Entre amaneceres frente al Mediterráneo, pequeños actos de rebeldía y decisiones que nunca antes les permitieron tomar, Alessia y Fabiano comenzarán a cuestionar todo aquello para lo que fueron criados.
Porque, a veces, el enemigo no es quien te roba la libertad... Sino quien te enseña, por primera vez, cómo se siente tenerla.
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Irrisoriamente sexy
Alessia
—No esperaba que una ensalada fuera tan sabrosa —digo cuando dejo el tenedor sobre el plato vacío.
—Cuando tienes hambre cualquier cosa lo es.
—Supongo que debería ordenar.
—No es necesario. Las empleadas pueden limpiar mañana.
—Dije que lo haría y lo haré —digo antes de levantarme.
Miro todo a mi alrededor buscando una escoba, pero no encuentro nada.
—¿La escoba?
Se encoge de hombros.
—Si supiera dónde está la dichosa escoba ya hubiese limpiado —responde poniéndose de pie—. Mañana limpiarán.
—Pero es mi desastre.
—Sí que lo es.
—Al menos deberíamos cargar el lavavajillas, ¿no crees?
—¿Sabes hacerlo?
—¿Qué tan difícil puede ser? —pregunto mientras me posiciono frente a él.
—Creo que esa es la máquina de hielo, Alessia —dice con una sonrisa tirando de sus labios.
—Esta no es la máquina de hielo —digo tirando con fuerza.
Varios cubos de hielo saltan a mis pies.
—Te lo dije.
—No escuché una palabra —digo mientras sigo buscando—. ¿Esta? —pregunto esperanzada.
—Es el compactador de basura.
—Mierda.
—Olvídalo.
—¿Esta? —pregunto frente a lo que probablemente sea cualquier cosa menos un lavavajillas.
—Vamos. Nadaste toda la tarde. Debes estar cansada.
Suspiro. Tiene razón. Lo único que quiero hacer es dormir.
—Ceder no es perder —digo mientras lo sigo.
—Lo que te permita continuar con tu vida —dice mientras caminamos en dirección a mi habitación.
—Tus empleadas me odiarán.
—Sobrevivirán —devuelve antes de detenerse frente a la puerta—. Buenas noches, Alessia.
Mi estómago se hunde.
—¿No dormirás conmigo? —pregunto. Sus ojos se clavan en los míos—. Por favor, no me dejes sola, no podré cerrar un ojo en toda la noche.
—Apenas puedes mantenerte en pie.
—Por favor —le pido.
—Mis hombres no te tocarán un pelo, Alessia.
—No confío en ellos.
—¿Confías en mí?
Muerdo mi labio.
—Estoy mal de la cabeza, ¿verdad? —le pregunto—. Definitivamente es el síndrome de Estocolmo.
—Quizá —responde.
—No me importa si estoy loca. No me dejes sola —le pido y le hago mi mohín más lastimero.
Pone sus ojos en blanco, pero sé el momento exacto en el que cede.
—Solo una noche más.
—Solo una —miento cuando abre la puerta.
—Y esta vez no dormiré sobre las mantas —dice y sé que debería sonar amenazante, pero no lo hace—. La noche está fría.
—Es justo —digo cuando me subo a la cama—. Tengo tu enorme sweater.
—Sí, lo quiero de vuelta.
—Acabas de perderlo. No hay fuerza en la tierra que me haga entregarte este sweater.
—Te queda gigante.
—Me queda perfecto —replico mientras me quito mis zapatos y pantalones cortos.
Sé que probablemente debería cepillar mis dientes y lavar mi rostro, pero mis ojos se cierran antes de que mi cabeza toque la almohada.
*****
Cuando despierto estoy sola.
No debería sentirme decepcionada, pero lo hago.
Estúpido síndrome de Estocolmo.
Me deslizo de la cama y sollozo cuando los músculos de mis brazos y piernas gritan por un alivio.
La tarde nadando está cobrando su factura.
Prácticamente me arrastro hasta el baño para obligarme a iniciar el día.
Mientras me seco el cabello me descubro sonriendo y eso me da miedo, porque sé que esto no durará para siempre.
Fabiano me entregará a mi familia. Lucio me obligará a casarme con mi prometido y la jaula de la que escapé volverá a caer sobre mis hombros.
—Que tonta —mascullo mirándome al espejo.
Solo la peor víctima de la historia temería volver a casa.
Sinceramente un psicólogo se lo pasaría bomba conmigo.
Me coloco un jeans y un top amarillo, y por supuesto sobre eso me coloco el enorme sweater de Fabiano.
Me encantaría vivir usando su ropa.
Como no tengo hambre, y definitivamente quiero mantenerme alejada de la cocina cuando las empleadas descubran el desastre, me propongo explorar la enorme casa.
Salgo de mi habitación y camino hasta la sala, solo interrumpida por las inclinaciones, a modo de saludo, de algunos de los guardias.
Me siento en el banco del piano y paso mis dedos sobre las teclas.
Que ganas de tener mi guitarra conmigo… la guitarra que me regaló mi nono cuando cumplí doce años, justo antes de que tuviera el ataque cardíaco que lo mató.
El mismo mal que mató a papá.
Presiono las teclas mientras miro las pequeñas fotos sobre el piano.
Sonrío cuando veo una de dos niños. Uno de ellos es, sin duda alguna, Fabiano.
Una enorme sonrisa parte su cara en dos mientras mira a la muchacha a su lado, quien está con el cabello mojado y haciendo un hermoso mohín.
Son parecidos.
¿Fabiano tiene una hermana?
Tomo otra foto en dónde aparece esa misma muchacha, pero ahora entrando a la adolescencia. Tiene ese gesto rebelde en su rostro mientras mira a la cámara altivamente.
Que chica más linda.
Sonrío cuando tomo otra imagen de Fabiano y esa misma mujer. Deben tener quince años o más. Fabiano la observa sin ocultar cuánto la ama.
¿Será su hermana o su novia?
Oh, mierda.
Quizá es Cloe.
—Una bella mujer, ¿no lo crees?
Jadeo cuando escucho una voz a mi espalda que no pertenece a Fabiano.
Me giro y veo a uno de los hombres más atractivos que he visto en mi vida. Sin contar a Fabiano, porque el síndrome de Estocolmo me tiene prisionera de su encanto.
Es alto, quizá tanto como Fabiano, aunque de una forma distinta. Donde Fabiano impone, este hombre parece dominar el mundo con una tranquilidad desconcertante.
Su cabello castaño oscuro cae desordenado sobre la frente en suaves ondas y unos ojos verde oliva me observan con una calma casi irritante.
Tiene una mandíbula marcada, labios perfectamente delineados y una barba de apenas un par de días que acentúa unos rasgos demasiado armoniosos para pertenecer a un mafioso.
Viste una camisa negra con los primeros botones abiertos. Transmite esa elegancia despreocupada de los hombres que jamás necesitan demostrar quiénes son.
—Supongo que ahora entiendo por qué Fabiano habla tan bien de ti —dice con una media sonrisa.
—¿Ah? —pregunto mientras trato de recordar mi nombre.
Algo tiene este hombre que vuelve mi cerebro papilla.
—Señorita Castelli, ¿no?
—¿Lo soy? —pregunto todavía confundida mientras mis ojos recorren la perfección de su rostro.
Sonríe.
Una sonrisa sexy y caliente.
Comienzo a hiperventilarme mientras el calor corre a mi rostro.
—¿Lo eres? —pregunta con esa sonrisa que vuelve mis piernas de hule.
¿Qué clase de poder tiene este hombre?
—Creo… creo que necesito sentarme —digo mientras camino al enorme sofá.
Se arrodilla frente a mí y toma mi mano.
—Un gusto, Alessia —dice y besa mis nudillos.
Mi respiración queda atorada en mi garganta mientras comienzo a boquear por aire.
—¿Qué clase de magia tiene este lugar? —pregunto mirando el suelo—. ¿Es que acaso esta tierra produce hombres irrisoriamente sexys?
—¿Irrisoriamente?
—Pues sí —respondo—. ¿Te has mirado en un espejo?
El hombre a mis pies ríe y esa risa me hace olvidarme hasta de respirar.
—¿Interrumpo? —pregunta Fabiano, quien está con un buzo gris oscuro, zapatillas oscuras y el torso desnudo… y sudado.
Sí, definitivamente hay algo en esta tierra.
No puede ser posible que estos hombres existan y caminen entre la población.
Miro cada músculo brillando con sudor bajo la luz que entra con fuerza por los ventanales.
Estoy en tantos, tantos problemas ahora mismo, que espero que el mismo ataque cardíaco que se llevó a mi nono y a mi padre, acabe conmigo en este momento antes de seguir poniéndome en ridículo.
El recién llegado todavía sostiene mi mano.
Por una fracción de segundo los ojos de Fabiano bajan hasta nuestros dedos. Después vuelven a mí.
—Veo que conociste a Mattheo —dice Fabiano mientras levanta los brazos y se estira.
Sigo cada movimiento como una acosadora.
¡Y se supone que la secuestrada soy yo!
Estoy empezando a preocuparme… Quizá el síndrome de Estocolmo tiene fases.
Mattheo ríe cuando sigue mi mirada.
—¿Quieren que me vaya? —pregunta el hombre atractivo a mis pies antes de incorporarse.
—¿Ah? —pregunto mientras lucho por ordenar mis pensamientos.
Toma mi mano y vuelve a besar mis nudillos. Uno a uno. Con una suavidad que vuelve mis piernas de gelatina.
—Soy Mattheo Farina, por cierto.
Quedo congelada en mi puesto.
Mattheo Farina. Hijo de Mauro Farina… Capo de la Cosa Nostra.
Vuelvo a mirar a Mattheo.
Después a Fabiano.
Y otras vez a Mattheo.
¿Todos los mafiosos italianos parecen haber salido de una campaña de ropa interior?
Porque eso explicaría muchas cosas.
Maldita sea. Estoy en tantos… tantos problemas.
Mattheo Farina
los niños iguales a Fabiano 🥰
construyeron una familia antes de casarse
Yesenia te felicito por otra historia excelente
Gracias 🌷