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¡Me Case Con Él Ceo Despiadado! Contrato Con El Heredero Equivocado.

¡Me Case Con Él Ceo Despiadado! Contrato Con El Heredero Equivocado.

Status: En proceso
Genre:CEO / Romance / Matrimonio arreglado
Popularitas:6.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Celeste A. Godoy

Para salvar a su madre del desalojo, Harper acepta un matrimonio por contrato de dos años con Jeremy, el heredero del imperio multimillonario Salvatore. Pero en la noche de bodas, el novio huye con el dinero, activando una cláusula oculta que la vincula legalmente al temido CEO de la corporación: Mason Eliot Salvatore, el hermano mayor.
Convencido de que ella es una cazafortunas, Mason la recluye en su penthouse bajo reglas implacables. Sin embargo, la dignidad de Harper desafía su frialdad, transformando el cautiverio en una atracción adictiva. Cuando los enemigos de la familia arman una red de mentiras para acusarla falsamente, Harper firma el divorcio, renuncia a millones y desaparece.
Al descubrir la verdad, el oscuro magnate de Wall Street enfrenta la peor de sus condenas: la ausencia de la única mujer que rompió su armadura. Dispuesto a perder su orgullo y caer de rodillas, Mason emprenderá una cacería desesperada para recuperar a la esposa que nunca debió dejar ir.

NovelToon tiene autorización de Celeste A. Godoy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 23: VULNERABLES

Harper Jones

La primera luz del amanecer se filtró por los ventanales del dormitorio principal, cortando la penumbra en franjas doradas y frías.

El silencio de la mañana era distinto. Ya no tenía el peso opresivo de las discusiones ni la tensión sofocante de las amenazas; era un silencio espeso, cargado de una incomodidad extraña y frágil que flotaba en el aire como polvo en suspensión.

Sentí el calor del cuerpo de Mason pegado al mío antes de abrir los ojos.

Nuestras manos seguían entrelazadas sobre las sábanas de hilo blanco, un contacto sencillo pero monumental si se consideraba todo lo que nos había llevado hasta ese punto. Durante las horas previas a la salida del sol, ninguno de los dos había vuelto a pronunciar una sola palabra. Mason había dormido a mi lado, respirando con una cadencia profunda y tranquila por primera vez desde que lo conocía, sin las sacudidas ni los ahogos de la pesadilla.

Deslicé mis dedos fuera de los suyos con una lentitud milimétrica para no despertarlo.

El movimiento me exigió una cautela absoluta. Me incorporé despacio sobre el colchón, apoyando los codos contra la cabecera de piel oscura, y dejé que la mirada se me fuera hacia el hombre que yacía acostado a mi lado.

Sin la armadura de sus trajes, sin las gafas de lectura ni la máscara de frialdad ejecutiva con la que aplastaba al mundo, Mason Salvatore parecía una persona completamente distinta.

Su rostro, habitualmente tenso por la mandíbula apretada y la desconfianza constante, estaba relajado. Las pestañas oscuras le caían sobre las pómulos marcados, proyectando sombras suaves sobre su piel pálida. Tenía los labios entreabiertos, libres de la línea dura con la que solía dictar órdenes o soltar sarcasmos venenosos. Su torso desnudo, amplio y esculpido por el ejercicio disciplinado, subía y bajaba con un ritmo pausado. Una cicatriz tenue, casi imperceptible si no se miraba de cerca, le cruzaba el hombro izquierdo hasta la clavícula.

Me quedé contemplándolo durante varios minutos en absoluto silencio.

—Qué hermoso eres... —musité para mí misma en un susurro tan bajo que murió antes de rozar el aire de la habitación.

La verdad me golpeó con una fuerza involuntaria. Era un hombre devastadoramente atractivo, de una belleza aristocrática y peligrosa que resultaba tan fascinante como aterradora. Pero ver las facciones desarmadas de la persona que horas antes había gritado en sueños, suplicándole piedad a un padre maltratador, le quitaba el velo de invulnerabilidad. Era hermoso, sí, pero era una belleza rota, forjada a golpes y moldeada por la supervivencia en una jaula de oro.

En mi mente, las piezas de la noche anterior se mezclaban en un torbellino confuso.

Había leído su expediente secreto en el despacho, descubriendo la traición de su madre y el colapso de su infancia; luego lo había visto colapsar en la penumbra de esta misma cama, temblando como un niño acorralado. Y en lugar de usar todo eso para destruirlo, me había quedado a su lado. Lo había sostenido.

Un escalofrío me atravesó la espalda. La vulnerabilidad era una divisa peligrosa entre nosotros. Ninguno de los dos sabía cómo manejar lo que acababa de pasar. Durante días nos habíamos atacado con todas las armas a nuestro alcance —contratos, gritos, encierros y un sexo salvaje que rozaba la venganza—, pero no teníamos la menor idea de cómo mirarnos a los ojos tras habernos mostrado las cicatrices.

Mason se removió en la cama.

Su respiración cambió de ritmo. Un leve ceño fruncido volvió a instalarse en su frente antes de que abriera los ojos lentamente. Sus pupilas azules, aún nubladas por el sueño, buscaron la luz de la mañana y, casi de inmediato, se fijaron en mí.

Se produjo un silencio helado, prolongado, que estiró los segundos hasta hacerlos insoportables.

Mason se incorporó de golpe, apoyando la espalda contra la cabecera con un movimiento rápido que delató su incomodidad instintiva. La soltura del sueño se evaporó en un microsegundo, sustituida por esa rigidez habitual que volvía a tensarle cada músculo del cuello y los hombros.

Puso su distancia. Se pasó una mano por el rostro, secándose el vestigio de sudor de la noche, y luego me miró con una fijación enigmática, buscando en mi rostro cualquier rasgo de desprecio, de triunfo o de lástima.

Yo tampoco supe qué decir.

Me acomodé el tirante del camisón, sintiendo que un rubor repentino me subía por el cuello. La intimidad física de las noches anteriores, por ruda o desesperada que hubiera sido, resultaba mil veces más fácil de sobrellevar que esta cercanía limpia, sobria y desprovista de rabia.

—¿Cómo estás? —pregunté finalmente. La voz me salió un poco baja, cautelosa.

Mason entornó los ojos. Un músculo en su mandíbula volvió a contraerse.

—Estoy bien —respondió. Su voz era rasposa, profunda, recuperando el tono seco que usaba para marcar fronteras—. No fue nada. Solo fue un mal sueño.

La mentira flotó entre los dos como un bloque de hielo. Ambos sabíamos que no había sido un «mal sueño», que el pánico que lo había ahogado horas atrás no era algo que pudiera despacharse con dos palabras secas. Pero entendí que presionarlo en ese momento, exigirle que admitiera su debilidad frente a mí, solo provocaría que volviera a sacar las garras.

—Está bien —dije simplemente, sin desafiar la versión oficial de su orgullo.

Aparté las sábanas y me puse de pie a un lado de la cama. El contacto del suelo frío contra mis pies descalzos me ayudó a recuperar el equilibrio. Me pasé las manos por el cabello pelirrojo, intentando peinarlo un poco con los dedos, consciente de la mirada de Mason clavada en mi espalda.

Él no se movió de la cama, pero su atención me seguía a cada paso, cargada de una evaluación clínica.

—Harper —llamó cuando llegué a la puerta del vestidor.

Me detuve y me giré hacia él.

Mason estaba sentado en la penumbra de la estancia, con la sábana cubriéndole las piernas y el torso desnudo expuesto a la luz dorada. Parecía estar debatiéndose en una lucha interna feroz, un combate entre el hombre de negocios que exigía control absoluto y el hombre rotoso que había entrelazado sus dedos con los míos en la oscuridad.

—No... no comentes lo de anoche con nadie —dijo. Las palabras salieron con una dificultad casi física, como si pronunciarlas le costara un esfuerzo descomunal—. Ni con el personal del penthouse, ni con Thomas.

Una sonrisa amarga y tenue se me dibujó en los labios. Ahí estaba de nuevo. La necesidad de proteger su fachada, el miedo a que el mundo entero descubriera que bajo el traje de acero había un ser humano que también sangraba.

—No soy una chismosa, Mason —respondí, mirándolo a los ojos con una serenidad que lo desarmó un poco—. Tus secretos están a salvo conmigo. No necesito usar tu dolor para defenderme de ti.

Mason parpadeó, descolocado por la respuesta. Esperaba una réplica ácida, un ataque o una condición; no esperaba una promesa directa, limpia de chantajes.

Se quedó en silencio, mirándome como si intentara descifrar un idioma extranjero.

—Voy a preparar un café —agregué, rompiendo la tensión del momento—. Supongo que tienes un día largo en la corporación.

No esperé a que me respondiera ni me diera permiso. Salí del dormitorio principal y caminé con pasos tranquilos por el pasillo hacia la cocina del penthouse.

Al llegar al salón, la luz del sol cubría por completo la ciudad. Me apoyé en la barra de granito de la cocina, escuchando el sonido de la cafetera automatizada mientras empezaba a colar los granos aromáticos.

Tenía las manos temblorosas. El cansancio acumulado y la resaca emocional de las últimas veinticuatro horas me pesaban en los huesos, pero por primera vez desde que llegué a este piso de lujo, no sentía que el aire me faltara por completo.

Habíamos establecido una tregua. Fragil, inestable, sostenida por hilos invisibles de trauma compartido y secretos no dichos, pero tregua al fin y al cabo.

Escuché los pasos de Mason acercarse por el pasillo minutos después.

Se había duchado y cambiado de ropa. Llevaba pantalones de vestir oscuros y una camisa blanca de manga larga con los dos primeros botones abiertos, sin la corbata ni la chaqueta. Tenía el cabello aún húmedo y las cejas ligeramente fruncidas.

Se detuvo en la entrada de la cocina, observándome en silencio mientras servía el café en dos tazas de porcelana.

Le extendí una de las tazas.

Mason la tomó. Sus dedos rozaron los míos al recibir la tasa de porcelana, y esta vez, ninguno de los dos retiró la mano con brusquedad. Mantuvimos el contacto durante un segundo entero, sintiendo el calor de la taza entre nuestras palmas.

—Gracias —dijo en un murmullo bajo.

Era la primera vez que escuchaba esa palabra salir de su boca sin sarcasmo.

Lo miré fijamente, dándole un sorbo a mi café, sabiendo que el camino que nos quedaba por delante seguía estando lleno de minas. La gala, la pastilla, el contrato y la investigación sobre mi vida seguían estando allí, esperando en la sombra. Pero mientras lo veía beber su café frente al ventanal de Manhattan, supe que la muralla entre los dos se había roto de forma irreversible. Y que en esta guerra de voluntades, ninguno de los dos volvería a salir ileso.

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Yudith flores
Así se habla 😌
Eli Cardona💘💘
Así se habla niña 👋😞
⊱☆𝓛𝓲𝓮𝓼𝓼𝓪 ☆⊰
Me encanta que Harper mantenga su temple de acero frente a la crueldad con que la tratan. Quiero ver a Masón sufrir por el amor de esta diosa 🤭
⊱☆𝓛𝓲𝓮𝓼𝓼𝓪 ☆⊰: ¡Eso!, alocate bebé 😌
total 2 replies
⊱☆𝓛𝓲𝓮𝓼𝓼𝓪 ☆⊰
Joder. Lo odio, pero me gusta /Scream/
Celeste Godoy: LO DISEÑÉ TAN BIEN AL DESGRACIADO😅❤️👌
total 1 replies
⊱☆𝓛𝓲𝓮𝓼𝓼𝓪 ☆⊰
Odio al tipo, más me alegraría inmensamente que el caiga primero y sepa lo que rogar /CoolGuy/
⊱☆𝓛𝓲𝓮𝓼𝓼𝓪 ☆⊰
"Fenomenal" no estoy segura de que sea la palabra adecuada para describir tú historia, pero hasta entonces seguiré buscando más adjetivos /Smile/
⊱☆𝓛𝓲𝓮𝓼𝓼𝓪 ☆⊰
Él es cruel
⊱☆𝓛𝓲𝓮𝓼𝓼𝓪 ☆⊰
Eso es mi vida /Ok/
Joana Rosas
perfecta 💯🙏🏻🙏🏻🙏🏻🙏🏻🙏🏻🙏🏻🙏🏻🙏🏻🙏🏻🙏🏻🙏🏻🙏🏻
Joana Rosas
perfecta 💯🙏🏻🙏🏻🙏🏻🙏🏻🙏🏻🙏🏻🙏🏻🙏🏻🙏🏻🙏🏻🙏🏻🙏🏻
⊱☆𝓛𝓲𝓮𝓼𝓼𝓪 ☆⊰
No puedo, lo odio tanto. Son unos desgraciados
⊱☆𝓛𝓲𝓮𝓼𝓼𝓪 ☆⊰
Noo!! estoy llorando /Whimper/
⊱☆𝓛𝓲𝓮𝓼𝓼𝓪 ☆⊰
😦
⊱☆𝓛𝓲𝓮𝓼𝓼𝓪 ☆⊰
¿Quién es este tipo? 👀
⊱☆𝓛𝓲𝓮𝓼𝓼𝓪 ☆⊰
¡Eso mi vida!, ¡no te dejes pisotear!
⊱☆𝓛𝓲𝓮𝓼𝓼𝓪 ☆⊰
Joder, me encanta /Smile/
Liney Atencia
bravo mujer 👏😭🤭
jerinson
madre ella no
jerinson
claro es una temblarera 🥰
jerinson
debo decir que es una historia que he leído en mi vida más increíble
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