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Yo No Te Amo Y Nunca Lo Haré?

Yo No Te Amo Y Nunca Lo Haré?

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Reencuentro / Amor eterno
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: vicki hernandez

Una mujer que dice no ama a su esposo. Pero se queda cada día odia menos a su esposo y ve que pueden ser un matrimonio con amor

Un hombre enamorado de su esposa feliz de que su sueño se volvió realidad aunque sabe que su esposa lo odia fingiendo cuando hay invitados o salen como la pareja perfecta, pero luego se da cuenta que su esposa se empieza enamorar de él.

NovelToon tiene autorización de vicki hernandez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El desayuno entre las dos familias

Luna Bianchi

No quería bajar.

Llevaba casi una hora encerrada en mi habitación, sentada frente al espejo, mirando mi reflejo sin encontrar ninguna razón para levantarme.

Aquel día se suponía que sería un simple desayuno familiar.

Pero yo sabía que no tenía nada de simple.

Las dos familias estarían reunidas.

Los Bianchi.

Los Del Monte.

Y, por supuesto, Thiago.

Mis padres habían organizado aquel encuentro para hablar de la boda.

Mi boda.

La boda que yo no quería.

Desde abajo podía escuchar el movimiento de los empleados, las voces de mis hermanos y las risas de algunos familiares.

Todos parecían estar felices.

Todos menos yo.

Los padres de Thiago habían llegado hacía una hora y, según había escuchado, llevaban todo ese tiempo esperando.

Me daba igual.

Podían esperar otra hora.

O dos.

No pensaba bajar.

Me encontraba todavía en pijama cuando escuché que alguien tocaba la puerta.

—Luna.

Reconocí inmediatamente la voz de mi madre.

—Mamá, no quiero bajar.

La puerta se abrió lentamente.

Allegra Bianchi entró y se acercó a mi cama.

—Es hora de bajar, princesa.

—No.

—Corazón...

—No quiero verlos.

Mi madre se sentó a mi lado.

—Sé que estás molesta.

—No estoy molesta.

—Entonces estás triste.

No respondí.

Ella me acarició el cabello.

—Tienes quince minutos para bajar.

La miré.

—No quiero ir a ese desayuno.

—Vas a bajar.

—Mamá...

—Tu prometido viene por ti en quince minutos.

Abrí los ojos.

—¿Thiago?

—Sí.

—No.

—Sí.

Mi madre se levantó.

—Y me pidió que te dijera que te pongas un vestido amarillo.

—¿Él decidió hasta lo que tengo que ponerme?

—No exactamente.

—Claro.

Suspiré.

—Está bien.

Mi madre sonrió.

—Esa es mi princesa.

Se dirigió hacia la puerta.

Antes de salir, se volvió.

—Y, Luna...

—¿Sí?

—No tienes que fingir conmigo.

Aquellas palabras me hicieron sentir un nudo en la garganta.

Pero no respondí.

Mi madre salió.

Me quedé mirando la puerta.

Después miré el vestido amarillo que habían dejado preparado.

Era uno de mis favoritos.

Lo había usado varias veces.

Pero aquella mañana no me gustaba cómo se veía.

No me gustaba nada.

Porque ahora cualquier vestido bonito me recordaba que debía fingir.

Fingir que era feliz.

Fingir que amaba a Thiago.

Fingir que aquella boda era un sueño.

Me cambié lentamente.

Me arreglé el cabello.

Me maquillé un poco.

Y, cuando terminé, me miré nuevamente en el espejo.

—Perfecto —murmuré con ironía—. Lista para otra mentira.

Cuando salí de mi habitación, Thiago ya estaba esperando afuera.

Vestía un traje oscuro perfectamente arreglado.

Me miró de arriba abajo.

—Te ves hermosa.

No respondí.

—¿Nada?

—¿Y?

Él sonrió ligeramente.

—¿Sigues enojada, Cerecita?

—Sí.

Crucé los brazos.

—Y siempre lo voy a estar contigo.

La sonrisa de Thiago desapareció por un instante.

—Ya veremos.

—No hay nada que ver.

—Vamos.

Extendió su brazo.

Lo miré.

—No.

—Luna.

—Puedo bajar sola.

—Lo sé.

Se acercó y me ofreció nuevamente el brazo.

—Pero tenemos que hacerlo juntos.

Lo tomé únicamente porque sabía que nuestras familias estaban abajo.

—No creas que esto significa algo.

—Nunca pienso eso.

Bajamos juntos.

El desayuno

La mesa estaba preparada en el enorme comedor de la mansión Bianchi.

Todos habían tomado sus lugares.

En la cabecera estaba mi padre, Gabriel Bianchi.

A su lado izquierdo estaba mi madre, Allegra.

Después estaba Mateo, mi hermano mayor, de veintinueve años.

A continuación estaban los gemelos, Leo y Santiago, ambos de veintisiete.

Después Benjamin, de veinticinco.

Y finalmente Gael, el menor de mis cinco hermanos, con veinticuatro años.

Del lado derecho de mi padre estaba la familia Del Monte.

El señor Adriano Del Monte.

Su esposa, Valentina.

Y el lugar reservado para Thiago.

A su lado había una silla vacía.

La mía.

Todos estaban esperando.

Cuando entramos, varias miradas se dirigieron hacia nosotros.

Mateo sonrió.

—Por fin apareció la dormilona.

—No estaba dormida.

—Llevamos una hora esperándote.

—Nadie te pidió que esperaras.

Los gemelos comenzaron a reír.

—Sigue teniendo el mismo carácter —dijo Santiago.

—Nuestra pequeña hermana está creciendo —añadió Leo.

—Y se va a casar —dijo Benjamin.

Gael sonrió.

—Eso todavía me cuesta creerlo.

Me senté junto a Thiago.

Él acercó discretamente su silla a la mía.

Yo la moví unos centímetros.

Él volvió a acercarse.

Lo miré.

—¿Qué haces?

—Nada.

—Entonces deja de acercarte.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque eres mi prometida.

—Por desgracia.

Mateo escuchó.

—¿Ya empezaron?

—No estamos haciendo nada —respondí.

—Claro.

Mi padre golpeó suavemente la mesa para llamar la atención.

—Bien.

Todos guardaron silencio.

Gabriel miró a las dos familias.

—Ya que finalmente estamos todos reunidos, podemos hablar sobre la boda.

Sentí que mi estómago se revolvía.

Adriano asintió.

—Por supuesto.

—Ayer los chicos fueron a ver el salón que habían elegido —explicó Adriano—. Según me dijeron, les gustó.

Thiago tomó la palabra.

—Sí, padre. El lugar es perfecto.

Miró hacia mí.

—¿Verdad, hermosa?

Sonreí falsamente.

—Claro que es hermoso.

Mi tono fue ligeramente sarcástico.

Mateo tuvo que contener una risa.

Mi madre me lanzó una mirada de advertencia.

Thiago, en cambio, parecía divertido.

—Me alegra que estés de acuerdo.

—No dije que estuviera de acuerdo con la boda.

La mesa quedó en silencio durante un segundo.

Mi padre carraspeó.

—Luna.

—¿Qué?

—Estamos hablando del lugar.

—Entonces hablemos del lugar.

Mateo soltó una pequeña carcajada.

—Enana, nunca cambias.

—No me digas enana.

—Para mí siempre serás la enana.

—Tengo veintidós años.

—Y yo veintinueve.

—Exactamente. Estás viejo.

Los gemelos comenzaron a reír.

—¡Eso dolió! —dijo Leo.

Mateo negó con la cabeza.

—Bueno, dime, Enana. ¿Cómo te sientes con todo esto?

Lo miré.

—Con ganas de vomitar.

Todos comenzaron a reír.

Mateo sonrió.

—¡La enana va a vomitar por la emoción!

—No sabes cuánto.

—Mateo —intervino mi padre—, deja de molestar a tu hermana.

—Solo estoy preguntando.

—Ya sabemos que estás feliz —añadió Santiago.

—Extremadamente.

Thiago me miró.

Sabía perfectamente que estaba mintiendo.

Pero no dijo nada.

Después de hablar durante varios minutos sobre la decoración, las flores y los invitados, Valentina cambió de tema.

—Bueno, y después de la boda...

Yo levanté la mirada.

—¿Qué?

—¿Ya han pensado dónde irán de viaje?

Thiago negó con la cabeza.

—Madre, todavía no hemos hablado de eso.

—Pues deberían hacerlo.

—No —intervine inmediatamente—. No tenemos que hablar de eso.

Valentina me miró sorprendida.

—¿Por qué?

—Porque no habrá viaje de esposos.

Adriano soltó una pequeña risa.

—Eso podemos discutirlo después.

—No hay nada que discutir.

—Ya veremos —dijo Thiago.

Lo miré.

—Tú no opines.

—Soy el novio.

—Desgraciadamente.

Allegra intervino rápidamente.

—Dejemos ese tema para otro momento.

Adriano sonrió.

—Está bien.

Hizo una pausa.

—Aunque espero que algún día podamos tener nietos.

Me atraganté con el agua.

—¡Papá!

Thiago sonrió.

—Claro que habrá nietos.

Lo miré horrorizada.

—¡No hables por mí!

—Solo estoy diciendo que me gustaría formar una familia contigo.

—Pues yo no.

La mesa volvió a quedar en silencio.

Thiago sostuvo mi mirada.

No parecía enojado.

Solo parecía decidido.

—Algún día cambiarás de opinión.

—No cuentes con eso.

Luna

El desayuno continuó durante mucho tiempo.

Yo apenas probé la comida.

Mi mente estaba en otro lugar.

Pensaba en lo que había sucedido la noche anterior.

Después de regresar del salón, mi padre había hablado conmigo.

Me había dicho algo que todavía no podía creer.

No estaba obligada a casarme con Thiago.

Podía decir que no.

Podía negarme.

Pero había una condición.

Ante la familia Del Monte, ante mi propia familia y ante la sociedad, tenía que fingir que estaba feliz.

Porque el compromiso ya había sido anunciado.

La boda ya estaba planeada.

Todo el mundo lo sabía.

Y si yo decía que no, habría un escándalo que podía afectar a ambas familias.

Así que debía sonreír.

Debía fingir.

Debía actuar como si Thiago fuera el amor de mi vida.

Pero yo sabía la verdad.

No lo amaba.

Y nunca había dejado de amar a Nicolás.

Miré a Thiago.

Estaba hablando con mi padre.

Se veía tranquilo.

Seguro.

Como si tuviera el futuro completamente controlado.

Lo odié por eso.

Del Monte me las iba a pagar.

Nunca dejaría que olvidara lo que había hecho.

Siempre le recordaría que no lo amaba.

Que lo odiaba.

Que nuestra amistad había terminado el día en que decidió convertirla en una obligación.

Thiago

Observé a Luna durante el desayuno.

Intentaba fingir.

Pero yo podía verla.

Sabía cuándo estaba realmente feliz.

Y sabía cuándo estaba actuando.

A veces me preguntaba qué habría ocurrido si hubiera hablado con ella años atrás.

Quizá todo habría sido diferente.

Quizá habría podido decirle lo que sentía.

Quizá ella me habría dado una oportunidad.

Quizá estaríamos sentados en aquella mesa porque realmente queríamos casarnos.

Quizá Luna me habría mirado con amor en lugar de hacerlo con odio.

Pero ya era demasiado tarde para pensar en "quizás".

Había tomado una decisión.

Y no pensaba retroceder.

Yo la amaba.

La había amado durante años.

Desde que éramos niños.

Y aunque ahora ella me odiara, no podía renunciar a ella.

Algún día esperaba que comprendiera mis razones.

Algún día quería que recordara al niño que se escondió debajo de aquella mesa con ella.

Al niño que le prestó su juguete favorito.

Al niño que la protegió durante años.

Porque ese niño seguía allí.

Solo que ahora era un hombre.

Un hombre que la amaba con todo su corazón.

Y que estaba dispuesto a esperar.

Aunque Luna tardara meses.

Aunque tardara años.

Aunque tuviera que luchar contra el odio que ahora sentía por él.

El desayuno terminó cerca del mediodía.

Todos comenzaron a levantarse.

Luna también.

Pero antes de que pudiera alejarse, Thiago tomó suavemente su mano.

Ella lo miró.

—¿Qué?

—Nada.

—Entonces suéltame.

Thiago entrelazó sus dedos con los de ella.

—Solo quería recordar cómo se siente tenerte cerca.

Luna apartó la mano.

—Acostúmbrate a que no quiera estar cerca de ti.

Se alejó.

Thiago la observó marcharse.

Y, aunque aquellas palabras dolían, sonrió ligeramente.

Porque sabía que la guerra entre ellos apenas estaba comenzando.

La boda sería en pocos meses.

Y, hasta entonces, tendría tiempo para demostrarle que su amor no iba a desaparecer.

Mientras Luna, por su parte, solo pensaba en una cosa:

Tenía que encontrar la manera de recuperar su libertad antes de llegar al altar.

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Graciela Maldonado
lo odia pero lo ama 🥰🥰
Graciela Maldonado
está muy interesante ya quiero saber el final 👏
Graciela Maldonado
🥰
Graciela Maldonado
es muy interesante muero por saberlo que viene después.
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