Elena Rossi lo dio todo por amor, solo para descubrir que su prometido y su media hermana no solo la engañaban, sino que planearon su trágica muerte para arrebatarle su herencia y su empresa. Sin embargo, el destino le otorga una segunda oportunidad: Elena despierta un año atrás en el tiempo, atrapada en su cuerpo real —lleno de curvas voluptuosas, caderas marcadas y una belleza sensual que antes ocultaba por inseguridad—. Esta vez, no habrá lágrimas; solo una fría y calculada venganza.
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Capítulo 5: La Rendición de los Cuerpos y la Promesa de la Noche
El roce de la seda marfil deslizándose suavemente por la piel de Elena fue el preludio de un eclipse total de la razón. La prenda cayó a un lado del lecho, dejando expuesta la arquitectura majestuosa de su cuerpo bajo la luz tenue que se colaba por los resquicios de las cortinas. Elena no intentó cubrirse. La antigua inseguridad que en su vida pasada la llevaba a ocultar la amplitud de sus caderas o la plenitud de sus formas se había disipado por completo, sustituida por el calor abrazador con el que Dante la contemplaba.
Dante se detuvo un instante, apoyado sobre sus brazos firmes. Su respiración, pesada y rítmica, retumbaba en el silencio de la estancia. Sus ojos grises, oscurecidos hasta un tono de plomo derretido, recorrieron cada relieve de la mujer que yacía bajo su cuerpo. Admiró la curva prominente de sus senos, la marcada cintura que trazaba una silueta de guitarra perfecta y la rotundidad sensual de sus muslos. Para un hombre acostumbrado a la frialdad y al rigor de un mundo de piedra y cristal, la visión de Elena era una revelación de vida pura, exuberante y fascinante.
—Eres una obra maestra, Elena —murmuró Dante. La voz, un barítono áspero y ahogado por la devoción, vibró contra la piel desnuda de su hombro—. Cada centímetro de ti fue esculpido para volver loco a un hombre.
Elena sintió un estremecimiento recorrerle la espina dorsal. Alzó las manos y las posó sobre los hombros descubiertos de Dante. La piel de él estaba ardiente, y la densidad de su musculatura bajo sus dedos le producía una sensación de seguridad formidable. Dante bajó lentamente la cabeza hasta encontrar la intersección entre el cuello y la clavícula de Elena, depositando allí un beso lento, profundo, que dejó una ráfaga de fuego en su epidermis.
Sus labios descendieron sin prisa, trazando un camino febril por el centro de su pecho. Con una paciencia calculada que bordeaba la tortura, Dante saboreó cada tramo de piel, deleitándose en el suspiro entrecortado que se le escapó a Elena cuando su boca rodeó la firmeza de uno de sus senos. El contraste entre la dureza implacable del rostro del magnate y la delicadeza con la que adoraba su cuerpo hacía que el pulso de Elena martilleara en sus oídos.
Las manos de Dante, anchas y de yemas ligeramente ásperas, no permanecieron estáticas. Descendieron por los costados de Elena, moldeando la curva de su cintura y afianzándose en la plenitud de sus caderas. Presionó suavemente, atrayendo la cadencia de la mujer contra la dureza instintiva de su propia anatomía, dejando en claro la magnitud del deseo que la rodeaba. Elena ahogó un gemido al sentir la firmeza de la masculinidad de Dante presionando contra su muslo, una demostración inequívoca de que el autocontrol del poderoso empresario se hallaba al borde del colapso.
—Dante... no te detengas —susurró ella, enredando sus piernas alrededor de los muslos potentes de él, buscando acortar cualquier distancia restante.
El movimiento de Elena provocó un gruñido grave en la garganta de Dante. Él alzó el rostro y la miró directamente a los ojos, sosteniendo la mirada con una intensidad que parecía perforar cualquier defensa emocional.
—Esta noche dejas de pertenecer al pasado, Elena. A partir de este instante, solo me perteneces a mí, y yo me entrego a ti sin reservas —declaró él, con una solemnidad casi sagrada antes de volver a capturar sus labios en un beso hambriento.
La unión no fue un acto apresurado, sino un incendio lento y devastador. Cuando Dante se posicionó sobre ella y se unió a su cuerpo con una pulsación profunda y firme, Elena arqueó la espalda, sujetándose con fuerza a la espalda musculosa de su esposo. El dolor de las traiciones anteriores, la amargura del engaño y las sombras de su vida pasada se disolvieron al instante, sustituidas por una marea incontrolable de placer pleno y reconfortante.
Dante comenzó un ritmo pausado y dominante, adorando el cuerpo de Elena en cada embestida. Cada movimiento revelaba una devoción absoluta por las formas voluptuosas de su esposa; sus manos no dejaban de acariciar sus muslos, de sujetar sus caderas y de trazar líneas de fuego sobre su vientre. Elena respondía con un abandono total, amoldándose a la fuerza de él, dejándose llevar por la corriente de sensaciones que amenazaba con dejarla sin aliento.
La penumbra de la habitación se llenó del sonido de sus respiraciones agitadas, de la fricción de la piel contra la seda de las sábanas y del eco de susurros febriles. Cuando la cima del placer los alcanzó, fue un estallido simultáneo que hizo estremecer a Elena en los brazos de Dante, mientras él la estrechaba contra su pecho con una fuerza protectora y posesiva, sepultando su rostro en el cuello de ella mientras el climax consumaba su alianza.
El silencio regresó a la estancia lentamente, acompañado por la respiración acompasada de ambos. Dante no se retiró del todo; se acomodó a su lado en la cama king size, manteniendo a Elena pegada a su costado. Su brazo rodeaba la cintura de ella, apoyando su mano sobre la curva de su cadera con una firmeza que denotaba que no pensaba soltarla.
Elena descansaba la cabeza sobre el pecho al descubierto de Dante, escuchando el latido constante de su corazón. Trazó círculos ausentes con la yema del dedo sobre los pectorales esculpidos del hombre, disfrutando de la calidez que emanaba de su piel.
—No pensaba que las alianzas de negocios fueran tan demandantes, Señor Valenti —comentó ella con una pizca de ironía juguetona, rompiendo la quietud.
Dante dejó escapar una risa baja, un sonido cavernoso y masculino que vibró bajo la mejilla de Elena. Inclinó la cabeza para besar la coronilla de su cabello castaño.
—Te advertí en mi oficina que no hago nada a medias, Elena. Un contrato puede unir dos nombres, pero esto... esto une dos vidas. A partir de mañana, la ciudad sabrá que no estás sola. Los que intentaron destruirte van a aprender lo que significa meterse con la esposa de Dante Valenti.
Elena alzó la mirada, encontrándose con la frialdad calculadora que volvía a asomar en los ojos grises del magnate, aunque esta vez ese fuego helado no estaba dirigido a ella, sino a protegerla.
—Julián y Valeria creen que el control de Rossi Design les pertenece porque manejan a la mitad del consejo directivo con amenazas y sobornos —dijo Elena, recortando la distancia para rozar la barbilla de Dante con los labios—. Pero cometieron un error fatal al asumir que me quedaría cruzada de brazos.
—Mañana a primera hora, el equipo de auditores de Valenti Holding tomará posesión de las oficinas centrales de tu empresa —respondió Dante, acariciando la piel suave de su muslo de manera distraída pero posesiva—. Los congelaremos financieramente antes de que puedan mover un solo centavo de las cuentas corporativas. Julián no tendrá margen de maniobra.
—Quiero estar presente cuando descubran que sus firmas ya no valen nada —pidió Elena con determinación.
Dante la miró con una mezcla de orgullo y fascinación. La combinación de su intelecto afilado y su sensualidad desarmante lo tenía completamente cautivado.
—Estarás allí. Y yo estaré a tu lado para asegurarme de que nadie se atreva a alzarte la voz.
A la mañana siguiente, la luz del sol inundaba el comedor principal de la mansión.
Elena vestía un traje de dos piezas en tono crema que acentuaba su figura curvilínea de forma impecable y sofisticada. Mientras tomaba una taza de café recién colado, la puerta del comedor se abrió y la niñera entró llevando en brazos al pequeño Leo.
Al ver a Elena, el bebé soltó una carcajada infantil y agitó sus pequeños puños en el aire. Elena dejó la taza sobre la mesa de inmediato y se levantó para tomarlo en brazos. Leo acomodó sus manitas en las solapas de la chaqueta de Elena, balbuceando con alegría.
—Buenos días, pequeño campeón —murmuró Elena, besando las suaves mejillas del niño.
Dante entró al comedor un momento después, abotonándose los gemelos de plata de su camisa blanca. Al ver a su esposa con su hijo en brazos, su rostro implacable se suavizó instantáneamente. Caminó hacia ellos, rodeó la cintura de Elena desde atrás y besó su mejilla, mientras con la otra mano le acariciaba la cabeza a su hijo.
—Parece que mi hijo ha decidido que eres su persona favorita en esta casa —dijo Dante, con una sonrisa tenue rozando sus labios.
—Tiene muy buen gusto —respondió Elena con picardía, girando ligeramente la cabeza para encontrarse con los labios de su esposo en un beso breve pero cargado de la complicidad nacida la noche anterior.
En ese momento, el teléfono móvil de Dante vibró sobre la mesa. El magnate lo tomó y presionó el altavoz tras ver la pantalla.
—Habla, Roberto —ordenó Dante con voz ejecutiva.
—Señor Valenti —resonó la voz de su jefe de seguridad—. Julián y la señorita Valeria acaban de convocar una rueda de prensa de emergencia en la sede central de Rossi Design. Pretenden anunciar la destitución de la señorita Elena como heredera principal por supuesta incapacidad de gestión.
Elena apretó los puños alrededor del cuerpecito de Leo, pero su rostro permaneció sereno. Miró a Dante, quien mantenía una expresión impenetrable.
—Preparen el vehículo —ordenó Dante con frialdad al teléfono—. Es hora de hacer nuestra primera aparición pública como matrimonio.
La entrada de la sede central de Rossi Design era un caos de luces de cámaras y periodistas agolpados. Julián se encontraba frente a los micrófonos en la escalinata principal, luciendo una sonrisa ensayada mientras Valeria permanecía a su lado con una expresión de dolor fingido.
—Agradecemos su presencia —decía Julián ante las cámaras—. Lamentablemente, la salud mental de Elena Rossi se ha visto comprometida tras la pérdida de su padre, lo que nos obliga a la junta directiva a asumir el control total de las operaciones para salvar la compañía...
Un murmullo repentino entre la multitud cortó el discurso de Julián.
Un convoy de tres vehículos negros de alta gama se detuvo frente al edificio. Los escoltas descendieron de inmediato, abriendo la puerta del vehículo central.
Primero descendió Dante Valenti, cuya estatura e imponente presencia acallaron los murmullos de los reporteros de inmediato. Acto seguido, Dante extendió la mano hacia el interior del vehículo y ayudó a descender a Elena.
Elena avanzó con paso firme, el vestido crema enmarcando sus curvas deslumbrantes y su rostro radiante trasmitiendo una autoridad indiscutible. Tomó el brazo de Dante con elegancia, mirando directamente a los dos traidores estacionados en la escalinata.
Los flashes de las cámaras comenzaron a dispararse de forma desenfrenada.
—¿Señor Valenti? ¿Qué relación tiene con Rossi Design? —gritó un periodista buscando una declaración.
Dante se detuvo al pie de la escalinata y miró a los medios con una seriedad aplastante.
—Rossi Design no está en quiebra ni necesita ningún tipo de administración temporal —declaró la voz potente de Dante, resonando en todo el lugar—. Mi esposa, Elena Rossi de Valenti, asumió la presidencia ejecutiva el día de ayer con el respaldo financiero y legal absoluto de Valenti Holding.
El impacto de la noticia congeló a la multitud. Julián palideció trágicamente, mientras que a Valeria se le desencajó la mandíbula por el shock.
Elena dio un paso al frente, mirando a Julián con una sonrisa triunfal que prometía la ruina total de sus enemigos.
—Y en cuanto a las acusaciones de incapacidad —añadió Elena, con una voz firme que fue captada por todos los micrófonos—, los auditores de mi esposo ya han presentado ante la fiscalía las pruebas de los desfalcos cometidos por el señor Julián en los últimos dos años. La comitiva policial debería estar llegando en cinco minutos.
Dante apretó suavemente la mano de Elena contra su costado, demostrándole que el juego apenas comenzaba, y que estando a su lado, nada ni nadie volvería a lastimarla.