Durante veinte años, un matrimonio arreglado unió el destino de dos de las familias más poderosas del país. La elegida siempre fue la hija menor de los Moretti. Pero cuando oscuros rumores sobre la crueldad del heredero Volkov salen a la luz, los Moretti toman una decisión despiadada: proteger a su hija favorita… sacrificando a la mayor. Ivonne nunca imaginó que sería entregada como moneda de cambio por las mismas personas que juraron amarla. Sin embargo, descubrirá que el verdadero peligro no siempre se encuentra en el hombre con el que debe casarse, sino en la familia que la abandonó. Porque algunas alianzas se firman con tinta… Y otras, con sangre.
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El día del “si”
La mansión Villald despertó antes del amanecer.
Las luces estaban encendidas desde las cinco de la mañana. Los floristas terminaban de colocar los últimos arreglos, los cocineros organizaban el banquete y decenas de empleados recorrían los pasillos con un único objetivo.
Que aquella boda fuera perfecta.
Aunque nadie dentro de esa casa se sintiera feliz.
—Señorita, es hora de levantarse.
Ivonne abrió lentamente los ojos.
Por un instante olvidó qué día era.
Hasta que vio el vestido colgado frente a la ventana.
Hoy se casaba.
Permaneció sentada en la cama varios minutos, observándolo.
No lloró.
Las lágrimas se habían quedado atrás días antes.
La puerta volvió a abrirse.
—Buenos días.
Era Eleonora.
Entró con una caja entre las manos.
—Las estilistas ya llegaron.
Ivonne asintió.
—Voy enseguida.
Su madre dejó la caja sobre la cama.
—Son los pendientes de tu bisabuela.
Creo que combinarán bien con el vestido.
Ivonne levantó la tapa.
Diamantes.
Hermosos.
Fríos.
Como todo lo relacionado con aquella boda.
—Gracias.
Eleonora quiso decir algo más.
Pero las palabras no salieron.
Terminó marchándose en silencio.
...Dos horas después…...
El dormitorio parecía un estudio fotográfico.
Las maquilladoras trabajaban alrededor de Ivonne mientras las estilistas acomodaban cada mechón de su cabello.
Nadie hablaba demasiado.
Solo se escuchaban indicaciones.
—Un poco más hacia la derecha.
—Perfecto.
—Así está bien.
Cuando terminaron, colocaron el velo.
Una de las maquilladoras sonrió emocionada.
—Está preciosa.
Las demás coincidieron.
Ivonne observó su reflejo.
Era una novia perfecta.
Y, sin embargo…
No reconocía a la mujer del espejo.
...Mientras tanto…...
En la residencia Volkov.
Ivako terminaba de ajustar los gemelos de su camisa.
Vestía un esmoquin negro perfectamente confeccionado.
Nikolai golpeó la puerta.
—¿Puedo pasar?
—Sí.
Entró llevando una pequeña caja de terciopelo.
—Su padre pidió que usara estos.
Dentro descansaban unos antiguos gemelos de oro con el escudo de la familia Volkov.
Ivako los observó unos segundos.
—Eran del abuelo.
—Así es.
Los tomó con cuidado.
No era un hombre sentimental.
Pero aquel detalle tenía un significado especial.
Cuando terminó de colocárselos, tomó su reloj.
—¿Todo listo?
—Los invitados ya comenzaron a llegar.
Ivako respiró profundamente.
—Entonces vámonos.
La ceremonia tendría lugar en la antigua catedral donde, durante generaciones, las familias más influyentes de la ciudad habían celebrado sus matrimonios.
Los primeros automóviles comenzaron a estacionar frente a la entrada.
Empresarios.
Políticos.
Diplomáticos.
Todos querían presenciar la unión entre los Volkov y los Villald.
Dentro de una de las habitaciones privadas de la iglesia, Ivonne esperaba.
Sostenía el ramo con ambas manos.
Ivy estaba a su lado.
—¿Estás nerviosa?
Ivonne soltó una pequeña risa.
—Creo que ya pasé esa etapa.
Ahora solo quiero que empiece.
Ivy tomó una flor del ramo y la acomodó con cuidado.
—Ayer…
¿La pasaste bien con él?
Ivonne recordó el café.
Las respuestas sinceras.
El silencio cómodo.
Y aquella despedida inesperadamente amable.
—Sí.
Fue una conversación agradable.
La menor sonrió por primera vez en varios días.
—Me alegra.
Golpearon suavemente la puerta.
Era Ernesto.
—Señorita…
Es hora.
La habitación quedó en silencio.
Ivy abrazó a su hermana con fuerza.
—Te quiero.
—Y yo a ti.
Cuando se separaron, Ivonne respiró hondo.
Tomó el brazo de su padre.
Giovanni ya la esperaba frente a la puerta principal de la catedral.
Vestía un impecable traje negro.
Su expresión era tan seria como siempre.
—¿Lista?
Ella lo miró durante unos segundos.
Toda su vida había buscado una señal de arrepentimiento en aquel hombre.
Una disculpa.
Un “lo siento”.
No encontró nada.
Así que simplemente respondió:
—Sí.
Las enormes puertas comenzaron a abrirse.
La música inundó la iglesia.
Todos los invitados se pusieron de pie.
Al final del largo pasillo, Ivako esperaba junto al altar.
Cuando sus miradas se encontraron por primera vez aquel día…
Ninguno sonrió.
Pero ambos compartían el mismo pensamiento.
Después de dar ese primer paso… ya no habría forma de volver atrás.