Durante cinco años viví convencida de que el amor entre mi esposo y yo era indestructible. En el camino dejé atrás mi carrera, mis amigos y a mi propia familia, volcando todas mis fuerzas en sostener un hogar que hoy lo entiendo, solo existía en mi imaginación. Mis dos hijos son mi mundo entero y mi mayor orgullo. Sin embargo, nunca imaginé que en cuestión de días todo lo que construí con tanto sacrificio se vendría abajo, ni que el hombre con quien compartí mi vida terminaría mostrando su verdadero y frío rostro. Ahora me toca descubrir que el amor no lo es todo... y que es momento de reconstruirme.
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Capítulo XIII En la mira
Punto de vista de Christopher
El mundo pareció ralentizarse.
Los disparos retumbaban contra las paredes de mármol como truenos secos. El olor metálico a pólvora saturó el aire en una fracción de segundo mientras la cristalería del restaurante se desintegraba sobre los comensales. A pocos metros, Elena permanecía paralizada en su silla, con los ojos muy abiertos y el rostro desprovisto de color, atrapada en la trayectoria directa de los proyectiles.
No pensé. No medí las consecuencias.
Llegué hasta ella en un solo unos segundos. Justo cuando un impacto de bala destrozaba la mesa de madera a su lado lanzando astillas mortales, envolví su cintura con mi brazo izquierdo, la atraje con fuerza bruta hacia mi pecho y la derribé al suelo.
Caímos juntos tras la pesada corteza de una columna estructural. Usé mi propio cuerpo como un escudo humano, cubriéndola por completo: apoyé mis manos a los lados de su cabeza, crucé mis piernas sobre las suyas y encorvé la espalda para recibir cualquier esquirla o impacto desviado.
—¡Quédate abajo! ¡No te muevas! —le ordené al oído con una voz firme y rasposa, dejando que mi peso la mantuviera protegida contra el piso de mármol.
Un proyectil rebotó en la columna justo encima de nosotros, haciendo caer una lluvia de polvo de yeso y pedazos de piedra sobre mi saco. Elena ahogó un grito contra la solapa de mi camisa, aferrándose a mis hombros con dedos temblorosos. Su respiración era un galope desbocado, pero no entró en histeria; apretó la mandíbula y se mantuvo inmóvil bajo mi resguardo, confiando a ciegas en el desconocido que acababa de salvarle la vida.
Desde la calle, el sonido distante de las sirenas policiales y el chirrido de unos neumáticos haciendo un giro drástico quebraron la resolución de los asaltantes.
—¡La policía! ¡Vámonos, carajo, vámonos! —gritó uno de los encapuchados.
Escuché el desorden de sus pisadas apresuradas huyendo hacia la salida trasera, seguido por el portazo violento de una camioneta en fuga.
El silencio que siguió fue denso, pesado y sofocante, interrumpido solo por los gemidos distantes de algunos heridos y el sollozo ahogado de las personas bajo las mesas.
Lentamente, disminuí la tensión de mis músculos. Apoyé el peso de mi cuerpo sobre mis antebrazos sin separarme del todo de ella.
—¿Estás bien? ¿Te hirieron en alguna parte? —pregunté con el aliento agitado, recorriendo su rostro con la mirada en busca de sangre o alguna lesión.
Elena abrió los ojos despacio. Sus pupilas, de un tono avellana profundo y limpio, se clavaron directamente en las mías. Traía las mejillas encendidas por la descarga salvaje de adrenalina y unos mechones de cabello oscuro cayéndole con sensual desorden sobre las sienes.
En ese preciso segundo, el entorno desapareció.
El olor a pólvora, el humo, los cristales rotos y el caos del restaurante se disolvieron en la nada. Estaba a escasos centímetros de sus labios, respirando su mismo aire, atrapado por la intensidad inquebrantable de su mirada. No estaba viendo solo a la abogada brillante que puso de rodillas a la red de Fernández; estaba viendo a una mujer de una belleza pura, serena y magnética, con una fuerza oculta que me atravesó el pecho con la violencia de un rayo.
Mi corazón, un órgano que creía blindado y helado por años de guerras, dio un vuelco salvaje. En un solo instante, quedé irremediablemente flechado, hechizado por la presencia de la mujer que temblaba levemente entre mis brazos.
—Estoy... estoy bien —susurró ella con la voz entrecortada por el impacto, sin romper el contacto visual—. Solo fue el susto... Gracias. Me salvaste la vida.
—No voy a permitir que nada te toque —respondí sin medir las palabras, dejando salir una promesa instintiva que me nació desde lo más profundo de las entrañas.
En ese momento, la puerta de servicio del restaurante se abrió de golpe y Marcus irrumpió en el salón con el arma en la mano, seguido por dos de mis escoltas armados. Al escnear la escena y verme en el suelo, Marcus avanzó a paso firme hasta mi posición.
—¡Señor Durán! —exclamó Marcus, poniéndose en guardia—. El perímetro exterior está asegurado. Los agresores huyeron en una camioneta negra. La policía está a dos cuadras. Debe evacuar de inmediato antes de que lleguen los medios.
Me incorporé despacio, poniéndome de pie y extendiéndole la mano a Elena para ayudarla a levantarse. Cuando sus dedos rozaron los míos, una corriente eléctrica me recorrió la columna. La atraje con suavidad hasta que estuvo firme sobre sus pies, notando cómo acomodaba instintivamente su saco con esa dignidad intacta que tanto me había impactado desde el primer segundo.
—¿Se encuentra bien, doctora Torrealba? —pregunté, adoptando un tono profesional para no abrumarla frente a mi equipo, aunque sin soltar del todo su mano.
Ella me miró con curiosidad y astucia, frunciendo levemente el ceño al escuchar su nombre.
—Conmovida, pero intacta... Aunque me pregunto cómo es que mi salvador conoce mi nombre y mi título profesional —dijo Elena, clavando su mirada analítica en mí.
Esa agudeza mental, incluso segundos después de rozar la muerte, me fascinó aún más.
—Me llamo Christopher Durán —me presenté, esbozando una leve sonrisa—. Y digamos que llevaba tiempo buscando a la mejor abogada de la ciudad. Mi camioneta blindada está en la puerta. Este lugar no es seguro, así que lo mejor es salir. Permítame sacarla de aquí.
Elena sostuvo mi mirada durante unos segundos eternos, sopesando el peligro y la intensidad de la oferta. Luego, con un leve asentimiento de cabeza, aceptó.
—Lideré el camino, señor Durán.
Sin dudarlo dejó que la sacara de aquel desastre que habían dejado los asaltantes, estaba seguro de que el objeto era la abogada y que ahora estaba en la mira del hombre más peligroso que ha existido.