La protagonista
(La Reina de Concreto)
Edad y Profesión: 42 años. CEO de Rangel & Asociados Ingeniería, una de las firmas de arquitectura y construcción más cotizadas del país. Seria, con carácter.
El protagonista
Gael "Gaelito" Navarro Fuentes (El Torbellino de Azúcar)
Edad y Profesión: 35 años. Arquitecto de alma bohemia.
Personalidad: Mide 1.90 m, tiene un cuerpo de infarto, una cara de ángel que es pura fachada y una sonrisa burlona que desarma a cualquiera.
La cupido de la historia
Zoe (10 años): Una miniversión de su padre pero con un doctorado en ironía. Lengua afilada, defensora de la justicia y alérgica a la prepotencia y a la gente altanera. Odia mortalmente a la "amiga fija" de su papá, a quien considera una grosería estética y mental.
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GENÉTICA INDOMABLE
La carcajada de Gael resonó en cada rincón de la cafetería, un sonido libre, vibrante y absolutamente despreocupado que hizo que los clientes de las mesas contiguas volvieran la cabeza con curiosidad. Para Miranda, en cambio, aquella risa fue como una sacudida de corriente alterna que amenazaba con cortocircuitar todos los fusibles de su autocontrol.
—¿Te sorprende, ingeniera? —preguntó Gael con una sonrisa de oreja a oreja, ladeando la cabeza mientras dejaba la bandeja sobre la mesa contigua y se acercaba un paso más—. De tal palo, tal astilla. Aunque reconozco que Zoe tiene mejor ojo crítico que yo a su edad; ella no se conforma con mandar correos formales, va directo a la fuente del problema.
Zoe cruzó los brazos con un aire de suficiencia idéntico al de su padre, clavando sus ojos claros en Miranda con una mezcla de desafío y evaluación crítica.
—Papá, esta señora tiene la misma cara de los planos de la torre norte que estabas revisando anoche... la que dijiste que parecía diseñada por un coronel retirado del ejército —soltó la niña con absoluta inocencia, sin medir el impacto táctico de sus palabras.
Gael se mordió el labio inferior, intentando sofocar una carcajada que amenazaba con desbordarse, mientras se pasaba una mano por el cabello revuelto.
—Zoe, mi amor, por piedad guárdate mis comentarios técnicos para las cuatro paredes de casa, que la ingeniera Guzmán nos va a mandar a demoler antes de empezar la obra —bromeó él, aunque sus ojos claros no se apartaban ni un segundo del rostro rígido de Miranda.
Miranda sintió que las mejillas se le encendían con una temperatura inusual. Se puso de pie con una lentitud milimétrica, alisando la falda lápiz con movimientos tan secos que parecían cortes de cuchillo, y adoptó su postura más formal, esa que usaba para amedrentar a contratistas negligentes.
—Arquitecto Fuentes, le sugiero encarecidamente que la próxima vez que decida educar a su hija en el arte de la crítica arquitectónica callejera, elija un lugar donde yo no esté intentando trabajar en paz —espetó Miranda con voz gélida, tomando su tableta digital y su bolso de cuero con gestos cortantes—. Y en cuanto a la distribución de este local, cumple con cada una de las normativas de seguridad municipal vigentes. Si a la señorita le molesta la geometría del lugar, siempre puede diseñar su propia cafetería cuando termine la primaria.
Dicho esto, dio media vuelta con la rigidez de un maniquí de alta costura y caminó hacia la salida a paso firme, marcando el tacón contra el suelo de madera como si cada pisada fuera una declaración de guerra.
—¡Adiós, señora de concreto! ¡Que tenga una tarde menos tensa! —gritó Zoe a su espalda con una dulzura exagerada que hizo que Miranda acelerara el paso hasta cruzar la puerta de cristal, sintiendo que el aire de la calle le quemaba los pulmones.
Adentro del establecimiento, Gael se dejó caer en la silla frente a su hija, negando con la cabeza mientras una sonrisa traviesa ensanchaba su boca.
—Te pasaste de la raya, Zoe. ¿Viste cómo se le puso la ceja? Casi le sale humo de las orejas —le regañó fingiendo severidad, aunque sus ojos brillaban con una fascinación evidente.
—Papá, es obvio que esa señora necesita urgentemente tres cosas: unas vacaciones en la playa, un buen curso de salsa casino y un novio que la haga olvidarse de los planos —sentenció la niña con la sabiduría implacable de sus diez años, tomando un alfajor de la bandeja con total tranquilidad—. Está amargada porque vive encerrada en su propia caja de cemento. Si tú eres tan bueno diseñando espacios abiertos, ¿por qué no empiezas por derribar sus murallas?
Gael se quedó en silencio por un instante, observando a través del ventanal el elegante sedán gris de Miranda incorporarse al tráfico con una precisión milimétrica. Una chispa de desafío, dulce y peligrosa a la vez, encendió algo muy hondo en su interior. Se cruzó de brazos, estiró las piernas y esbozó una sonrisa de medio lado que presagiaba un terremoto de proporciones monumentales para la vida de la "Reina de Concreto".