Lady Genevieve es la joven rebelde que escandaliza a la alta sociedad londinense. Lordian, un duque frío, metódico y perfecto, viaja de incógnito por la campiña inglesa cuando sus caminos se cruzan.
Sin conocer su verdadera identidad, Genevieve decide enseñarle las antiguas lecciones orientales que aprendió de su tío: fluir como el agua, encontrar el equilibrio y aprender a soltar. Entre risas, barro, estrellas y una atracción imposible de ignorar, ella descubrirá que incluso el corazón más rígido puede aprender a amar.
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Capítulo 11: El peso de las sombras
El sol del atardecer teñía de un cobrizo denso las altas copas de los sauces que custodiaban el estanque de Blackwood Manor. El murmullo del viento entre los cañizales de bambú traía un eco lejano de frescura, un contrapunto sereno a la atmósfera sofocante que comenzaba a fraguarse en el interior de la mansión.
Tras el paseo por los jardines, Lordian y Genevieve regresaron al edificio principal por la gran galería acristalada. El aire en el interior parecía haber cambiado de densidad. No era solo la luz declinante de la tarde la que oscurecía los corredores de mármol; era la presencia inminente del mundo exterior, que finalmente había encontrado la fisura para filtrarse en su refugio.
El señor Harrison aguardaba al pie de la escalinata interior con una bandeja de plata entre las manos. Su postura, habitualmente erguida e impenetrable, mostraba una inflexibilidad casi marcial.
—Excelencia —anunció el mayordomo inclinando la cabeza lo justo para cumplir con la cortesía básica, mientras su mirada evitaba de forma calculada a Genevieve—, la marquesa de Pemberton no ha aceptado la cancelación de su audiencia. Se encuentra en el salón de té principal junto con el señor Francis Montagu, su primo. Indicaron que se trata de un asunto referente a la administración del patrimonio del ducado y a la preparación de la próxima temporada en la capital.
Lordian se detuvo en seco. Un destello de frialdad atravesó sus ojos oscuros, arrugando levemente el entrecejo.
—Harrison, fui bastante claro respecto a mis órdenes de no recibir visitas hoy —respondió el duque, sosteniendo la voz en un tono bajo pero cargado de una autoridad aplastante.
—Lo sé, su gracia —asintió el viejo sirviente sin inmutarse—. Sin embargo, Lady Pemberton hizo valer su condición de tutora de la rama menor de la familia y el señor Francis insistiós en que el asunto no admite demora. Han notado... la alteración en los preparativos del carruaje y su llegada no anunciada.
Genevieve sintió el cambio en la tensión del cuerpo de Lordian. La calidez del hombre que la había abrazado junto a la pérgola de glicinas dio paso, por un instante, a la coraza imponente del noveno duque de Blackwood. Sin embargo, la brecha en su armadura ya estaba abierta: su camisa continuaba sin la corbata de seda, su mirada conservaba el fuego de la tormenta vivida y sus dedos se mantenían firmemente entrelazados con los de ella.
—No tienes que enfrentarlos si no lo deseas, Lordian —murmuró Genevieve a su lado, alzando los ojos hacia él con absoluta calma—. Las espinas del rosal no lastiman al viento; solo a quien intenta apresarlo.
Lordian la miró, y la rigidez de sus facciones se suavizó levemente. Dibujó una sonrisa amarga pero resuelta.
—Es tarde para esconderse, Genevieve. Esta es mi casa, y si mi familia pretende exigir cuentas sobre mi vida, preferiría que entiendan desde hoy que las reglas de este juego han cambiado de manera definitiva.
Girándose hacia el mayordomo, sentenció:
—Acompaña a la señorita Genevieve al salón de té, Harrison. Entraremos juntos.
El anciano pestañeó, incapaz de ocultar por completo una fugaz mueca de desconcierto antes de inclinarse de nuevo.
—Como disponga su gracia.
El salón de té principal de Blackwood Manor era una estancia opulenta, decorada con papel tapiz de seda azul de China, molduras doradas en el techo y amplios ventanales que daban a la fachada delantera. Frente a la chimenea de mármol blanco se encontraban dos figuras que encarnaban a la perfección el rigor y la soberbia de la alta aristocracia victoriana.
Lady Pemberton, una mujer de unos cincuenta años, de rostro afilado, cofia de encaje negro y abanico de marfil, permanecía sentada erguida en un sillón de terciopelo. A su lado, de pie con una copa de jerez en la mano, el joven Francis Montagu —primo segundo de Lordian y heredero indirecto del título si este moría sin descendencia— vestía un traje de corte impecable, con una corbata tan apretada que parecía inmovilizarle el cuello.
Al abrirse las pesadas puertas dobles, ambos giraron la cabeza. La expresión de estricta condescendencia en el rostro de Lady Pemberton se congeló al instante al ver a Lordian avanzar. Pero el verdadero impacto no fue ver al duque sin su acostumbrada corbata y con la camisa entreabierta; fue ver a la muchacha de vestido verde silvestre que caminaba a su lado, con el cabello castaño suelto en ondas libres y la mirada serena fijada en ellos.
—Lordian... —comenzó Lady Pemberton, poniéndose de pie con lentitud mientras sus ojos recorrían de arriba abajo la figura de Genevieve con una mezcla de horror y desdén—. Harrison nos dijo que habías regresado de tu inspección de tierras, pero no esperábamos... esta clase de comitiva.
Francis dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco, dejando escapar una risita burlona que intentó disfrazar de tos.
—Vaya, primo —intervino Francis, dando un paso adelante—. Veo que tu mentada excursión por la campiña para evaluar el rendimiento de los arrendatarios ha sido considerablemente más amena de lo que indicaban tus balances. ¿Es esta la nueva administradora de los terrenos de Kent?
Lordian no se inmuto. Avanzó hasta el centro de la estancia, manteniendo a Genevieve a su lado con una soltura que volvía ridícula la arrogancia de su primo.
—Francis —dijo Lordian con una voz helada que hizo callar de inmediato la burla del joven—. Mide tus palabras dentro de esta casa. Te presento a la señorita Genevieve, mi invitada personal de honor en Blackwood Manor.
Lady Pemberton cerró su abanico con un chasquido sordo que resonó en el salón.
—¿Invitada de honor? —repitió la marquesa, dando dos pasos hacia ellos mientras su tono se volvía filoso—. Lordian, por favor. La temporada en la capital comienza en tres semanas. La duquesa viuda de Richmond espera tu confirmación para el baile de presentación de Lady Clara. La corte entera aguarda tu regreso para discutir el tratado de impuestos de las provincias del sur. ¿Y tú te presentas en tu propia residencia desvestido como un jornalero y acompañado por una campesina sin nombre ni presentación formal?
Genevieve dio un paso al frente, liberando suavemente su mano del agarre de Lordian. Miró directamente a Lady Pemberton, sin alzar la voz pero imprimiendo a cada palabra una claridad cristalina.
—La campiña enseña que el roble más imponente no es el que luce la corteza más pulida, señora —dijo Genevieve, ladeando la cabeza con una cortesía serena que desarmó a la marquesa—. Es el que tiene las raíces lo suficientemente profundas como para no caer cuando el viento sopla fuerte. El señor Vance —o el duque, como prefieran llamarlo— solo ha recordado que el peso de una ropa no define la fuerza del hombre que la lleva.
Francis parpadeó, sorprendido por la fluidez y el aplomo de la muchacha, mientras el rostro de Lady Pemberton se teñía de un rubor indignado.
—¿Señor Vance? —exclamó la marquesa, mirando a Lordian con auténtico escándalo—. ¿Le has permitido usar el nombre de una de tus baronías secundarias como si fuera un juego de comedia? ¡Lordian, esto es una insensatez! Tu padre jamás habría tolerado semejante falta de decoro.
—Mi padre dedicó su vida a complacer las expectativas de hombres y mujeres que solo valoraban el brillo del pan de oro sobre las paredes —respondió Lordian, acortando la distancia con su tía hasta quedar a un paso de ella—. Yo he pasado una década siguiendo ese mismo camino, midiendo cada centímetro de mi existencia para encajar en la norma. Pero les aseguro que esa etapa ha concluido.
El duque volvió a tomar la mano de Genevieve, alzándola a la vista de todos.
—La señorita Genevieve permanecerá en Blackwood Manor el tiempo que ella decida. Y cualquier ofensa o desprecio dirigido hacia su persona será considerado una afrenta directa a mi propia autoridad. Si no están dispuestos a tratarla con el respeto que merece, la puerta de mi propiedad está completamente abierta para su retirada.
El silencio que siguió a las palabras del duque fue absoluto. Ni Francis ni Lady Pemberton encontraron una respuesta inmediata ante la contundencia de una decisión que rompía de golpe con años de subordinación a las etiquetas familiares.
—Esto no se quedará así, Lordian —advirtió finalmente la marquesa, recogiendo su chal con manos temblorosas de ira—. La sociedad de la capital sabrá de esto. Tu nombre no saldrá impune de semejante escándalo.
—Que la sociedad diga lo que guste —sentenció el duque con una sonrisa serena y distante—. Ya he descubierto que el aire fuera de sus salones es inmensamente más puro.
Sin aguardar a que los visitantes se retiraran, Lordian giró sobre sus talones y guió a Genevieve fuera del salón de té, dejando tras de sí el eco roto de una tradición que acababa de saltar por los aires.
La noche cayó sobre Blackwood Manor con una calma regeneradora. En los aposentos del ala este, la chimenea ardía con el mismo resplandor tibio que los había acompañado en la posada de Kent.
Genevieve permanecía apoyada contra el alféizar de la gran ventana, contemplando las estrellas que comenzaban a salpicar el cielo oscuro sobre los jardines. Tras ella, Lordian se acercó despacio, envolviéndola entre sus brazos por la cintura y apoyando el mentón en su hombro.
—¿Te asustó la jauría? —murmuró él con voz cálida contra su nuca.
Genevieve sonrió, reclinando la cabeza contra su pecho.
—Las jaurías solo asustan a quienes temen perder algo artificial, Lordian —respondió ella, entrelazando sus dedos con los de él—. Yo no tengo títulos que mantener ni apariencias que defender. Solo me preocupaba el precio que tendrías que pagar tú por elegir el viento en lugar de la piedra.
Lordian la giró suavemente entre sus brazos, mirándola a los ojos bajo la luz tenue de las velas.
—El precio ya está pagado, Genevieve —dijo él, sellando sus palabras con un beso profundo y sereno en sus labios—. Y ha sido la mejor inversión de toda mi vida.