NovelToon NovelToon
Me enamoré del capo más temido

Me enamoré del capo más temido

Status: Terminada
Genre:Romance / Posesivo / Centrado emocionalmente / Mafia / Dominación / Esclava / Sirvienta / Romance oscuro / Completas
Popularitas:0
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Camila Cordero no tiene tiempo para enamorarse. Entre sus estudios, un trabajo agotador y una familia que nunca deja de pedirle dinero, apenas consigue mantenerse a flote. Por eso Dante Salazar, su vecino reservado, parece solo un hombre extraño que prepara sopa de fideo y carga demasiados secretos.
Pero Dante no es un hombre cualquiera. En las calles de Ciudad Bravo lo conocen como el Tigre: el dueño de un imperio construido entre negocios clandestinos, pactos de sangre y enemigos que esperan verlo caer.
Cuando Camila descubre quién es en realidad, ya es demasiado tarde para alejarse. Ella ha visto la violencia de la que es capaz, pero también al hombre herido que nadie más conoce. Y cuando decide arriesgar la vida para salvarlo, cruza una línea de la que ninguno de los dos podrá regresar.
Entre capos rivales, políticos corruptos, traiciones y una guerra que amenaza con destruirlos, Camila deberá decidir si amar al Tigre significa rescatar al hombre que vive bajo su piel… o perderse con él.
Porque en Ciudad Bravo nadie ama sin pagar un precio. Y el Tigre jamás suelta lo que considera suyo.

NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

Capítulo 9: Suerte y primer beso

Camila despertó con las primeras luces, tapada con una cobija que no recordaba haberse puesto, en un sillón que no era el suyo. Le tomó un segundo ubicarse: el departamento de Dante, la noche anterior, la lluvia, el pastel roto. Se incorporó despacio. Le dolía el labio, pero menos.

Dante no estaba. La cama estaba tendida con esas esquinas rectas de siempre; a lo mejor ni había dormido. Camila dobló la cobija, la dejó bien puesta sobre el sillón, y no supo qué hacer. Le daba pena quedarse, le daba pena irse sin agradecer. Al final buscó en su mochila, sacó doscientos pesos —casi todo lo que le quedaba— y los dejó sobre la mesa, junto a lo que sobraba del medio pastel que de milagro no se había deshecho del todo. Escribió en una servilleta: "Gracias por todo. Perdón por la molestia. El pastel está feo pero sabe bien. —C."

Y se fue a esperar al cerrajero en el pasillo.

Cuando Dante volvió, encontró los doscientos pesos y el medio pastel deshecho y la servilleta. Leyó la servilleta dos veces. "El pastel está feo pero sabe bien." Se quedó viendo el dinero un rato: doscientos pesos, casi todo lo que ella tenía, dejados por pena a un hombre que podía comprar el edificio entero sin despeinarse. Un hombre a quien nadie, en años, le había dejado un peso por gratitud, porque a él la gente le daba dinero por miedo, no por otra cosa.

Después, de pie junto a la mesa, se comió ese pastel callejero y aplastado a cucharadas, hasta el último pedazo, sin dejar nada. Los doscientos pesos los guardó en un cajón, aparte, sin mezclarlos con nada.

Esa mañana llamó a Beto.

—La puerta del seis —dijo—. Ponle una cerradura de esas de clave, electrónica. Buena. Hoy.

—Sí, patrón. ¿Y qué código le pongo?

Dante lo pensó un segundo.

—La fecha de ayer.

—¿La de… ayer? —Beto anotó, sin entender por qué esa y no otra—. ¿El día y el mes nada más?

—El día y el mes.

Cuando Camila volvió de clases, el casero la esperaba con cara de circunstancia para avisarle que "la administración" le había puesto una cerradura nueva, con clave, "por seguridad, cortesía de la casa", y que el código provisional era una fecha: el día y el mes de su cumpleaños. Camila tecleó los cuatro números y la puerta hizo clic y se abrió, y ella se quedó mirando el teclito luminoso sin entender por qué justo su cumpleaños, atribuyéndolo a una coincidencia más de esa buena racha inexplicable.

No sabía que, en un teléfono, a kilómetros de ahí, una aplicación acababa de registrar: "Puerta 6, abierta."

Los días siguientes, Camila y Dante volvieron a cruzarse en la escalera como si nada, y como si todo. Se saludaban con la cabeza, cambiaban dos palabras, y ella se metía a su casa con el corazón acelerado, regañándose por acelerarse. Él le dejaba, "de casualidad", una bolsa de fruta en la puerta. Ella le devolvía, "de casualidad", un plato de lo que cocinaba. Una cotidianidad rara, tibia, que ninguno de los dos nombraba.

El fin de semana, Camila salió a volantear otra vez —el trabajo extra de los sábados, disfrazada, repartiendo publicidad en un crucero— y volvió de madrugada, molida, con el disfraz en la mochila. Bajó del camión en su parada de siempre.

Y otra vez lo sintió: pasos detrás. Un borracho, distinto al de la otra vez pero igual de baboso, que la venía siguiendo desde la parada, murmurando cosas. Camila apuró el paso, metió la mano al bolsillo por el gas pimienta. En el portal del edificio, el hombre se le echó encima de golpe, la acorraló contra la pared y le tapó la boca con la mano sudada.

—No grites, preciosa, no grites…

A Camila se le heló la sangre. Otra vez. Otra vez la misma escena, la misma impotencia, un hombre más grande, una mano tapándole la boca. Manoteó por el bolsillo, sacó el gas pimienta, pero el borracho le trabó la muñeca contra la pared antes de que pudiera rociarlo. El botecito rodó por el piso del portal. Camila quiso morder la mano que le tapaba la boca; el hombre apretó más.

En ese mismo instante, en el teléfono de Dante, saltó la alerta de la cámara del pasillo: "Movimiento en la puerta 6. Alguien merodea." Él estaba despierto, revisando papeles. Miró la pantalla. Vio la sombra del hombre, y a Camila forcejeando contra la pared del portal.

Se levantó de golpe, tirando la silla.

No alcanzó a subir. Pero abajo, apostado desde hacía rato en un coche oscuro, había un hombre suyo: Mauro Rentería, callado, seco, de esos que uno no ve hasta que ya es tarde. Bastó una llamada de dos palabras.

La puerta del edificio se abrió y salió Dante en persona, bajando los escalones de tres en tres. El borracho, al verlo, soltó a Camila y quiso correr, pero de la sombra del portal salió Mauro y lo tomó del cuello con una calma de carnicero, y se lo llevó sin que Camila alcanzara a ver a dónde ni cómo.

—¿Estás bien? —Dante la agarró de los hombros, revisándola—. ¿Te hizo algo?

—No… no, me tapó la boca, nada más… —Camila temblaba—. ¿Quién era ese que se lo llevó?

—Nadie. Sube.

La metió al edificio, subió con ella los seis pisos, y en el descanso del sexto, frente a la puerta con el código de su cumpleaños, cuando Camila se giraba para agradecerle otra vez, Dante la tomó de la cara con las dos manos —con cuidado del labio todavía hinchado— y la besó.

A Camila se le paró el corazón. Fue un beso lento, tibio, que le supo a susto y a algo más. El primer beso de su vida. No supo qué hacer con las manos, ni con la respiración, ni con el vuelco que le dio el estómago.

Cuando Dante se separó, ella lo miró con los ojos muy abiertos, la cara ardiendo.

—Era… era mi primer beso —soltó, sin pensar, delatándose. Se llevó los dedos a los labios, con los ojos enormes.

—Ya lo sé —dijo Dante, con esa media sonrisa—. Se nota. —Y agregó, bajito, con algo entre la burla y la advertencia—: Para mí no. Yo he besado antes. No soy un santo, gata. Que te quede claro.

Y ahí, en esa frase, algo se le cerró a Camila por dentro. "No es su primer beso." "No soy un santo." Se le vino encima, de golpe, todo lo que no sabía de ese hombre: el traje, la voz del balcón, el hombre que se llevó Mauro, las casualidades. ¿Quién era en realidad su vecino? ¿Cuántas mujeres había besado con esa boca antes que a ella? ¿Y por qué a ella le importaba tanto la respuesta, si apenas lo conocía?

Ese era justo el problema. Que le importaba. Y a Camila, que había aprendido a base de golpes que todo lo que le importaba tarde o temprano le dolía, eso la asustó más que el borracho, más que Mauro, más que el muerto que todavía no sabía que había.

Se soltó, metió el código a tientas, murmuró un "buenas noches" y se encerró, con la espalda contra la puerta y el corazón desbocado, replegándose de golpe en su caparazón de siempre, esa concha donde nadie la lastimaba porque nadie entraba.

Del otro lado de la puerta, Dante se quedó un momento en el pasillo, mirando el teclito luminoso con la fecha de su cumpleaños, y no sonrió.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play