En un antiguo reino cubierto de secretos, el emperador Aurelius Devereaux vive bajo una maldición que lo convierte lentamente en el monstruo que todos temen. Frío, obstinado y poderoso, ha perdido toda esperanza de volver a sentir amor.
Cuando Seraphina, una joven cálida, hermosa y rebelde, es obligada a casarse con él para cumplir un antiguo pacto familiar, llega al enorme palacio sin imaginar el destino que la espera.
Aurelius la considera una molestia que amenaza su autoridad, mientras Seraphina solo ve en él a un hombre cruel y maldito. Sin embargo, la aparición de misteriosas rosas doradas anuncia que sus vidas están unidas por una magia más antigua que el propio imperio.
Ninguno sabe que Seraphina podría ser la única capaz de salvar al emperador… y romper la maldición que lo condena.
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Capítulo 17: El despertar
La puerta oculta terminó de abrirse.
Una corriente de aire helado entró en la habitación circular, apagando las pequeñas luces doradas que flotaban sobre las rosas. El pasadizo quedó sumergido en una oscuridad espesa.
Aurelius sostuvo la daga frente a él.
Seraphina permaneció detrás de su hombro, observando el umbral.
Al principio no vio nada.
Luego escuchó un sonido profundo, semejante al roce de unas cadenas arrastrándose sobre piedra.
Una sombra avanzó desde el pasadizo.
No tenía una forma definida. Parecía hecha de humo negro y raíces retorcidas. Dos ojos dorados brillaban en su interior, idénticos a los que Seraphina había visto detrás de la puerta del ala oeste.
Aurelius extendió la mano libre.
—No pasarás.
La criatura inclinó su forma hacia él.
—Emperador…
Su voz parecía surgir de las paredes, del suelo y de las rosas al mismo tiempo.
Seraphina sintió que la medalla ardía.
—Lo conoce —susurró.
—No le respondas —dijo Aurelius.
La sombra se movió un poco más.
—Has traído a la hija de la luna.
Aurelius lanzó una descarga de luz dorada. La magia golpeó a la criatura y la obligó a retroceder. El suelo tembló bajo los pies de Seraphina. Varias rosas se desprendieron de las paredes y cayeron al suelo convertidas en polvo.
La criatura emitió un sonido que hizo vibrar los cristales de las ventanas.
Aurelius se tambaleó.
La marca de espinas se encendió bajo su ropa y una línea de luz oscura subió desde su pecho hasta su cuello.
Seraphina lo sostuvo por el brazo.
—¡Aurelius!
—No me toques.
—Está perdiendo fuerza.
—Aléjate de mí.
—No.
Él la miró con furia, pero la furia escondía miedo.
—Si permanece cerca, la criatura podrá utilizar tu energía.
—Entonces tendremos que impedirlo juntos.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Tampoco usted sabe cómo detenerla.
La criatura volvió a avanzar.
—La sangre de la luna abrirá el jardín —susurró—. La sangre de la luna liberará al corazón dormido.
Seraphina sintió una presión en la cabeza. Por un instante, la habitación desapareció.
Se encontró frente a un jardín cubierto de rosas doradas. El cielo era negro y una enorme luna plateada iluminaba un palacio enterrado bajo la tierra. En el centro del jardín había una puerta de piedra.
Al otro lado de la puerta, algo respiraba.
Seraphina escuchó una voz.
—Abre.
La joven llevó las manos a los oídos, pero la voz continuó dentro de su mente.
—Abre y liberarás al emperador.
Una figura apareció entre las flores. Era su abuela.
—No escuches a la criatura —dijo la anciana—. Quiere que creas que Aurelius es su prisionero. Pero él también es su guardián.
—¿Cómo salgo de aquí?
—Debes elegir qué deseas proteger.
—¿A Aurelius?
La anciana la observó con tristeza.
—Aún no sabes lo que significa esa elección.
La visión se quebró.
Seraphina regresó a la habitación con un grito. Aurelius la sostuvo antes de que cayera.
—¿Qué viste?
Ella respiró con dificultad.
—Mi abuela.
—¿Dónde?
—En el jardín.
El emperador se quedó inmóvil.
—¿Qué te dijo?
—Que usted es el guardián de la criatura.
Aurelius cerró los ojos.
—Lo sabía.
Seraphina lo miró.
—¿Qué significa?
—Mi familia no recibió la maldición por accidente. El primer emperador hizo un pacto con la criatura para obtener poder. A cambio, cada heredero debía mantenerla dormida. La marca no solo me está destruyendo. También me mantiene unido a ella.
—¿Y si usted muere?
—La criatura despertará.
Seraphina comprendió la gravedad de sus palabras.
—Por eso no puede escapar de la maldición.
—No.
—Por eso su familia obligó a la mía a entregar a una hija.
Aurelius no respondió.
Seraphina apartó la mirada.
—Me trajeron aquí para salvarlo.
—No sabía que eras tú.
—Pero alguien lo sabía.
—Tu abuela.
La criatura volvió a moverse. Sus ojos dorados se clavaron en Seraphina.
—Elige, hija de la luna.
Un círculo de luz apareció bajo sus pies.
Aurelius la rodeó con un brazo y la atrajo hacia él.
—No escuches esa voz.
Seraphina apoyó una mano sobre su pecho. Debajo de la tela, la marca ardía con violencia.
Aurelius se estremeció.
—¿Qué haces?
—No lo sé.
La luz de la medalla se extendió por el cuerpo de ambos. Las espinas de la maldición comenzaron a retroceder.
Aurelius la miró sorprendido.
—Seraphina, retira la mano.
—Si lo hago, volverá el dolor.
—No importa.
—A mí sí.
La criatura lanzó un rugido. Las paredes se agrietaron y las rosas doradas se sacudieron.
Aurelius sostuvo la cintura de Seraphina con firmeza, manteniéndola cerca.
—No te separes de mí.
—Pensé que era peligroso acercarme.
—Lo eres.
—¿Y aun así me pide que me quede?
Aurelius clavó los ojos en los suyos.
—Sí.
La luz dorada aumentó.
La criatura retrocedió hacia el pasadizo, pero antes de desaparecer pronunció una última frase:
—Cuando el emperador ame a la hija de la luna, la puerta se abrirá por completo.
El silencio cayó sobre la habitación.
Seraphina levantó lentamente la mirada.
Aurelius también había escuchado.
Ninguno de los dos se movió.
La mano del emperador seguía rodeando su cintura.
Y, por primera vez, ninguno quiso apartarse.