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Capítulo 11
Capítulo 11: La Raqueta que Nadie Quiso Reparar
Hay cosas que el dinero puede comprar sin problema: una inscripción a un torneo, un par de tenis de entrenamiento, ropa deportiva de buena calidad. Son transacciones simples, directas, sin ambigüedad. Lo que el dinero no puede comprar —y lo que me tiene ahora mismo con el corazón en la garganta— es la reacción de un hombre orgulloso al descubrir que alguien intervino en su vida sin pedirle permiso.
Renato apareció en la puerta del salón de estudio con la hoja de confirmación del torneo apretada en el puño. No la traía doblada ni guardada con cuidado. La traía estrujada, como si hubiera querido hacerla bolita y no hubiera podido convencerse del todo.
—¿Fuiste tú?
No saludó. No tocó la puerta. Simplemente entró con esa manera suya de ocupar un espacio como si el espacio le debiera algo, y me clavó los ojos con una intensidad que habría hecho retroceder a cualquier otra persona.
Pero yo ya había vivido siete años en un futuro donde aprendí que retroceder no te salva de nada. Solo te da más terreno que recuperar después.
Levanté la vista del libro que estaba leyendo —un tratado sobre composición musical del siglo XIX que en realidad no estaba procesando en absoluto— y lo miré con toda la calma que pude fabricar.
—Buenos días a ti también.
—No me vengas con eso. —Dio dos pasos hacia mi escritorio y puso la hoja sobre la superficie con un golpe seco—. ¿Fuiste tú la que me inscribió en el torneo?
Miré la hoja. La confirmación del Torneo Interuniversitario de Tenis, categoría individual masculina. Su nombre completo impreso en letras negras: Renato Solís. Fecha de inscripción, número de folio, todo en orden.
—¿Y si fui yo?
—Entonces tenemos un problema.
Se quedó de pie frente a mí, con los hombros tensos y la mandíbula apretada. Llevaba puesta una camiseta gris desteñida que alguna vez debió ser negra y unos jeans que tenían el dobladillo deshilachado. El cabello le caía sobre la frente, todavía húmedo. Había venido directo de alguno de sus trabajos, probablemente el turno de madrugada en la bodega.
Y aun así, aun con la ropa gastada y las ojeras que no se molestaba en disimular, había algo en la manera en que se plantaba que te obligaba a tomarlo en serio. No era arrogancia exactamente. Era la postura de alguien que ha aprendido que el mundo no le va a dar nada y que por lo tanto no le debe nada al mundo.
—¿Un problema? —repetí—. ¿Por qué? La inscripción estaba abierta, el plazo no había vencido, y tú claramente querías participar. Vi la forma de registro en tu mochila.
No iba a decirle que la encontré en la basura. No iba a mencionar a Bruno. Todavía no. Algunas verdades son más útiles cuando se guardan como munición.
—No te pedí que hicieras eso.
—No. No me lo pediste.
—Entonces no debiste hacerlo.
Me apoyé en el respaldo de la silla y lo estudié. Conocía esa expresión. La había visto en mi vida anterior, aunque en aquel entonces no la había entendido. Era la cara de un hombre al que le habían enseñado —a golpes, a traiciones, a decepciones acumuladas— que toda ayuda viene con un precio. Que nadie da nada gratis. Que los favores son deudas disfrazadas, y las deudas son cadenas.
En mi vida pasada, yo había sido parte del problema. Había mirado hacia otro lado cuando Bruno saboteaba las oportunidades de Renato. Había dejado que Lorena sembrara rumores sobre él. Había sido cómplice por omisión, que es la forma más cobarde de complicidad.
Esta vez no.
—Renato —dije, y usé su nombre a propósito, porque él siempre usaba "señorita Montiel" conmigo como si fuera un escudo—. Yo simplemente creo que desperdiciar talento es más estúpido que desperdiciar dinero. Y el dinero ya de por sí es bastante estúpido de desperdiciar.
Algo cambió en su expresión. No se suavizó exactamente —Renato no se suavizaba—, pero la hostilidad retrocedió medio paso, reemplazada por algo más parecido a la confusión. Como si hubiera llegado preparado para una pelea y yo le hubiera cambiado las reglas a medio round.
—No me gusta deber favores.
—No me debes nada. La inscripción costó menos que la cena que mi familia sirve cuando recibe invitados que ni siquiera le caen bien. Literalmente no es nada para mí.
—Para ti no. Para mí sí.
Eso me detuvo. Porque tenía razón. Para mí era una transacción menor, un gasto insignificante que ni siquiera aparecería desglosado en mi estado de cuenta. Para él era algo completamente distinto. Era alguien más decidiendo cosas sobre su vida. Era perder control sobre la única narrativa que le quedaba: la del hombre que no necesita a nadie.
Respiré hondo.
—Está bien —dije—. Entonces considéralo una inversión.
—¿Una inversión?
—Trabajo contigo. Soy tu asistente, ¿no? Si tú ganas ese torneo, mi currículum se ve mejor. Es puro interés propio.
Era una mentira tan obvia que casi me dio vergüenza decirla. Pero le estaba dando algo que necesitaba más que la verdad: una excusa para aceptar sin que le costara orgullo.
Renato me miró durante cinco segundos que se sintieron como cinco minutos. Luego recogió la hoja de confirmación del escritorio, la desdobló con cuidado —esta vez con cuidado— y se la guardó en el bolsillo trasero del pantalón.
—Si participo —dijo, y la palabra "si" sonó como una concesión que le dolía hacer—, es porque yo quiero. No porque tú decidiste por mí.
—Por supuesto.
—Y no vuelvas a hacer algo así sin consultarme.
—Entendido.
Se dio la vuelta para irse. En la puerta se detuvo, sin voltear.
—Gracias.
Lo dijo tan bajo que si no hubiera estado esperándolo, no lo habría escuchado. Y luego se fue, con pasos largos y rápidos, como si la palabra le quemara la boca y necesitara alejarse de ella lo antes posible.
Me quedé sola en el salón con el corazón latiéndome demasiado fuerte para algo que técnicamente había sido una conversación breve y sin mayor drama.
Paso uno, completo.
Pero la inscripción era solo el principio. Renato podía entrar al torneo, sí, pero entrar con el equipo que tenía ahora —la raqueta con la empuñadura desgastada, los tenis con la suela lisa, la ropa de algodón grueso que se empapaba de sudor a los diez minutos— era como mandar a un soldado a la guerra con un cuchillo de mantequilla. Y yo no había renacido siete años en el pasado para hacer las cosas a medias.
Necesitaba un entrenador. Y no cualquier entrenador.
Marcos Rivera tenía cincuenta y cuatro años, una rodilla izquierda reconstruida con titanio, tres títulos ATP de la era en que el tenis latinoamericano empezaba a dejar de ser una nota al pie, y una casa en las afueras de la ciudad que parecía diseñada específicamente para decirle al mundo: "no me molesten."
Me costó dos días encontrar su dirección. Un día más conseguir su número de teléfono. Y exactamente cuarenta y siete segundos de conversación telefónica antes de que me colgara por primera vez.
La segunda llamada fue un poco mejor. Me dejó hablar un minuto completo antes de colgar.
A la tercera, dije las únicas palabras que podían mantenerlo en la línea:
—Tengo un video de un jugador con la derecha más limpia que vas a ver en toda la década. Y no tiene entrenador.
Silencio.
—¿Cuántos años? —preguntó Rivera. Su voz era como papel de lija sobre madera: áspera, seca, con algo rasposo debajo que alguna vez debió ser suave.
—Veintidós.
—Demasiado viejo para empezar.
—No está empezando. Lleva jugando desde los trece. Solo que nadie se ha molestado en pulirlo.
Otro silencio. Más largo esta vez.
—Mándame el video.
Lo tenía preparado. Había ido a las canchas de la universidad dos días antes, durante el horario de práctica libre, y me había sentado en las gradas con el teléfono en la mano, fingiendo que revisaba mensajes. Renato estaba en la cancha tres, solo, golpeando pelotas contra la pared de práctica con una regularidad casi hipnótica.
Debo confesar algo: yo sabía que Renato era bueno. Lo sabía porque en mi vida anterior él había terminado ganando ese torneo —el mismo que Bruno intentó sabotear— y porque después, mucho después, cuando ya era demasiado tarde para que importara, me enteré de que varios cazatalentos lo habían observado ese día y uno de ellos había dicho que era "el talento más desperdiciado que había visto en una cancha de la región."
Pero saberlo y verlo eran cosas distintas.
Sentada en esas gradas, con el sol de la tarde cayendo oblicuo sobre la cancha, lo vi moverse y algo dentro de mí se quedó muy, muy quieto. No era solo la técnica, aunque la técnica era impecable: la derecha salía de su brazo como si la raqueta fuera una extensión orgánica de sus tendones, el golpe limpio y explosivo, la pelota cruzando el aire con un silbido seco que rebotaba contra la pared como un disparo. Era todo lo demás. La manera en que sus piernas se flexionaban antes del impacto, los músculos de los muslos marcándose bajo la tela delgada del short. La rotación del torso, precisa y brutal a la vez, como un mecanismo de relojería hecho de hueso y músculo. El sudor que le oscurecía la camiseta en una V sobre el pecho y le hacía brillar la piel de los antebrazos bajo la luz dorada.
Y los ojos. Renato tenía esa mirada cuando jugaba —concentrada, feroz, casi hambrienta— que era completamente distinta a la frialdad calculada que mostraba el resto del tiempo. En la cancha no era el chico que trabajaba tres empleos y dormía cuatro horas. En la cancha era un animal en su territorio, y cada golpe era una declaración de dominio.
Me descubrí conteniendo la respiración cuando ejecutó un revés con una potencia que no debería ser posible con esa raqueta medio muerta que usaba, y la pelota golpeó la pared con tanta fuerza que rebotó hasta la línea de fondo.
Concéntrate, Valentina. Estás aquí por el video, no por el espectáculo.
Pero era un espectáculo. Negarlo habría sido deshonesto, y la deshonestidad conmigo misma era un lujo que ya no me podía dar.
Grabé cuatro minutos. Fueron suficientes.
Rivera me llamó cuarenta minutos después de que le envié el video.
—¿Dónde aprendió ese chico a golpear así?
—Solo. Principalmente.
—Eso es imposible.
—Y sin embargo.
Lo escuché exhalar. Fue un sonido pesado, cargado de algo que reconocí porque mi profesor de chelo hacía exactamente lo mismo cuando escuchaba a alguien tocar con un talento que le dolía: la exhalación de un hombre que ve algo que le recuerda por qué amaba lo que hacía antes de que el cuerpo le dijera que ya no podía hacerlo.
—La derecha de ese chico es la más limpia que he visto en diez años —dijo Rivera—. Pero tiene el codo demasiado alto en el servicio. Y el juego de pies es instintivo, no entrenado. Con dos meses de trabajo podría corregir eso. Con seis meses podría competir a nivel profesional. Con un año...
Se detuvo.
—¿Con un año? —lo presioné.
—Con un año podría ser peligroso.
No dijo "bueno." Dijo "peligroso." Y la diferencia entre esas dos palabras, en boca de un hombre que había competido contra los mejores del mundo, era un abismo.
—Necesito que lo veas en persona —dije.
—No entreno desde hace cuatro años.
—No te estoy pidiendo que lo entrenes. Te estoy pidiendo que lo veas.
Otra pausa.
—¿Quién eres tú exactamente, niña? ¿Su novia? ¿Su representante?
—Su asistente.
Rivera soltó algo que podría haber sido una risa.
—Los asistentes no hacen lo que tú estás haciendo.
—Los buenos sí.
Esta vez la risa fue más clara, más genuina.
—Que venga el jueves a las seis de la mañana. A la cancha municipal del parque Centenario. Si llega un minuto tarde, me voy.
—Ahí estará.
—Y niña.
—¿Sí?
—Si me estás haciendo perder el tiempo, no vuelvas a llamar a este número.
Colgó.
Me quedé mirando el teléfono con una sonrisa que no pude contener. Paso dos, en proceso.
Ahora venía la parte difícil: convencer a Renato de ir sin que pareciera que yo estaba, otra vez, tomando decisiones sobre su vida.