Aurora Medina llega a la capital con una misión: domar al grupo más rebelde del exclusivo Colegio Altamira, un aula de hijos de millonarios que ya hizo renunciar a cinco tutores. Lo que no imagina es que, detrás de esos dos gemelos insoportables que le declaran la guerra, se esconde el hombre que le rompió el corazón doce años atrás… justo antes de llegar al altar.
Alejandro Bustamante lo tiene todo: dinero, poder y una frialdad que congela salas de juntas. Todo, menos a la única mujer que amó. Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos, él está dispuesto a usar cualquier arma para reconquistarla. Incluso a sus propios hijos.
Pero entre ellos hay una herida vieja, una verdad enterrada y una mentira que destruyó dos vidas. Y mientras el hielo empieza a derretirse, no todos quieren ver a Aurora convertida en la nueva señora Bustamante…
¿Podrá Aurora perdonar el pasado y aceptar el lugar que el destino le tenía reservado: el de madre de los hijos del hombre al que juró no volver a amar?
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Capítulo 21
Alejandro contempló a Aurora, que seguía callada con la mirada apagada. Soltó el aire despacio, consciente de que no debía comportarse con egoísmo. Comprendía perfectamente que Aurora necesitaba un tiempo nada corto para aceptar toda aquella realidad. La herida que la mujer arrastraba del pasado era demasiado honda y dolorosa para sanar en cuestión de minutos.
Antes de ponerse de pie, Alejandro alzó la mano con suavidad. Con un gesto muy delicado y respetuoso, le acarició la coronilla a Aurora.
Cómo me gustaría besarte la frente como antes, Aurora, le susurró él en su fuero interno.
Pero Alejandro sabía guardar las formas y respetaba mucho aquel límite. La Aurora de ahora no era la muchacha ingenua de hacía más de diez años; se había vuelto una mujer recatada y reservada, lo que le impedía tocarla a la ligera. A los ojos de Alejandro, aquel recato realzaba aún más el aura de belleza de Aurora. La niña mimada y candorosa que él había conocido se había transformado en una mujer firme, independiente y madura. Doce años habían cambiado de forma drástica la personalidad de Aurora, y Alejandro admiraba ese cambio.
—Me despido, Aurora. Cuídate, tómate el medicamento y no le des tantas vueltas a la cabeza —dijo Alejandro con dulzura, regalándole una última sonrisa cálida. Y salió del cuarto.
En cuanto el rugido del Lamborghini blanco de Alejandro se oyó alejarse y desaparecer del callejón, Aurora soltó el aire con un enorme alivio. La pesada carga que le oprimía el pecho desde hacía más de diez años se esfumó de golpe. Incluso el mareo de la gripe pareció desvanecerse sin más, reemplazado por una amplia sonrisa que se le dibujó en los labios.
Al ver que la situación estaba del todo despejada, Dalia, que había montado guardia en la terraza del frente, entró a toda prisa y corrió hasta el cuarto de Aurora.
—¡Auro! ¿Estás bien? ¿No se pasó de la raya, verdad? —preguntó Dalia atropelladamente, con el rostro angustiado.
Aurora volteó; su semblante, antes pálido, se veía ahora de pronto radiante.
—Gracias a Dios, no pasó nada, Dalia…
Dalia entrecerró los ojos, observó el cambio drástico en la cara de su amiga y se puso las manos en la cintura.
—Vaya… parece que el señor Alejandro es la medicina más eficaz para ti, ¿eh, Auro? ¡Mírate, fresca como una lechuga de repente! Si en el fondo todavía te gusta, ¿por qué no vuelves con él, Auro? A ver, ¿qué le falta al señor Alejandro? —dijo Dalia, entusiasmadísima.
Aurora desvió la mirada hacia la ventana; su sonrisa se fue apagando poco a poco y dio paso a un suspiro pesado.
—La cosa no es tan fácil, Dalia. Ahora mismo hay demasiados obstáculos que tendríamos que enfrentar si Alejandro y yo decidiéramos volver a estar juntos. Sobre todo el visto bueno de su madre, y lo más difícil… Mateo y Martina.
Dalia frunció el ceño, extrañada.
—Pero, ¿acaso esos dos gemelos no te adoran como maestra, Auro?
—Que me quieran como maestra no significa que puedan aceptarme como madrastra, Dalia —respondió Aurora con amargura—. La situación ya no es la de antes. El muro que nos separa a Alejandro y a mí ahora es demasiado alto. No puedo dar pasos tan grandes con él, aunque… aunque de verdad nos amáramos entonces.
—Entonces, ¿ya no amas al señor Alejandro, Auro? Sé sincera con tus propios sentimientos, no es bueno guardárselos tanto tiempo, después se vuelve una enfermedad —dijo Dalia, tratando de advertirle con delicadeza.
—No lo sé, Dalia… Sigo confundida. En mi corazón el amor y el rencor caminan de la mano. Pero… no sé por qué, después de que Alejandro me contó todo hace un rato, toda la verdad sobre lo que hizo Cintia… el odio que llevo cultivando tantos años empieza a desgastarse —confesó Aurora con sinceridad.
—A ver, ¿qué sientes de verdad, en el fondo, por el señor Alejandro, Auro? Mírame a la cara —insistió Dalia, queriendo sacarle la verdad a su amiga.
Aquella pregunta derribó la última defensa de Aurora. De pronto se cubrió la cara con las dos manos y, al instante siguiente, los hombros se le sacudieron con fuerza. Rompió a llorar a lágrima viva, volcando toda la emoción que le bullía en el pecho.
—Yo… ¡todavía lo amo muchísimo, Dalia! —estalló el llanto de Aurora entre sus dedos—. Es mi primer amor, tan difícil de olvidar… pero, por otro lado, es también el hombre que tanto he odiado todo este tiempo, porque creía que me había traicionado y me había hecho daño.
Al ver a su amiga llorar de aquella manera, Dalia se sentó enseguida en la cama y estrechó a Aurora entre sus brazos. Le acarició la espalda con todo el cariño, intentando calmarla.
—Auro, escúchame —le susurró Dalia al oído cuando el llanto de su amiga amainó un poco—. No es bueno guardar el rencor y el resentimiento tanto tiempo en el corazón. ¿No acabas tú misma de decir que el señor Alejandro te lo explicó todo? Él no tiene la culpa; también fue víctima de lo que hizo Cintia.
Dalia deshizo el abrazo un momento, le sujetó los hombros a Aurora y la miró fijamente a los ojos.
—Ahora, si de verdad todavía lo amas, no vuelvas a torturarte, Auro. Ve tras tu felicidad si el señor Alejandro es el único hombre que puede hacerte feliz. Deja el orgullo a un lado, Auro. Que lo que les pasó en el pasado les sirva de lección valiosa para el futuro.
Dalia esbozó una leve sonrisa, recordando cómo la había mirado el magnate hacía un rato.
—Yo también, cuando vi cómo te miraba el señor Alejandro antes de entrar a este cuarto… se lo veía profundamente enamorado de ti, Auro. Un amor tan grande que ya no puede contenerse. Así que mi consejo es que reconsideres lo de ustedes. No vuelvas a mentirte sobre lo que sientes, Aurora.
Dalia miró a Aurora, que poco a poco dejaba de llorar. Una punzada de culpa se le coló de pronto en la mente. Se rascó la nuca, aunque no le picaba, y puso una mueca compungida.
—Auro… pero, antes de nada, quiero pedirte perdón —dijo Dalia en voz baja, con tono torpe.
Aurora se secó los restos de lágrimas de las mejillas y frunció el ceño, desconcertada.
—¿Perdón por qué, Dalia?
—Es que… la verdad, hace un rato escuché sin querer parte de la conversación de ustedes desde afuera —confesó Dalia, juntando las palmas delante del pecho—. Es que la puerta la dejamos abierta a propósito, y la voz del señor Alejandro, cuando estaba tan emocionado, se oía bastante hasta la terraza. Perdóname, Auro, no fue mi intención meterme.
Al oír aquella confesión, Aurora negó con la cabeza y dejó escapar un suspiro breve. Pero en su hermoso rostro no había el menor rastro de enojo. Al contrario, tomó la mano de Dalia y la apretó con calidez.
—No pasa nada, Dalia. No estoy enojada para nada —dijo Aurora con una sonrisa sincera que ahora le adornaba los labios. Su semblante se veía mucho más sereno—. Al contrario, quiero darte las gracias. Gracias por ser una amiga tan atenta, por cuidarme cuando estaba enferma y por darme siempre buenos consejos. No sé qué haría si no te tuviera aquí.
Dalia sonrió aliviada y abrazó de nuevo a Aurora un instante.
—De nada, Auro. Si ya nos prometimos cuidarnos la una a la otra lejos de casa.
*
*
Mientras tanto, por las calles de la capital que empezaban a despejarse tras el aguacero, un Lamborghini blanco avanzaba a velocidad moderada rumbo a la zona residencial de lujo.
Al volante, Alejandro no dejaba de sonreír de oreja a oreja. Su rostro, por lo general frío y rígido, se veía ahora radiante y luminoso. La enorme carga de aquel secreto, que durante doce años le había apretado la garganta y oprimido el pecho, por fin había logrado quitársela por completo delante de Aurora.
Alejandro se sentía como si hubiera vuelto a nacer. Deseaba con todas sus fuerzas que su relación con Aurora mejorara pronto y volviera a ser como antaño. La promesa sagrada, truncada en su día, de casarse con aquella muchacha y convertirla en la legítima señora Bustamante ardía de nuevo en su alma. Alejandro se juró en su interior que esta vez lucharía con todo por reconquistar el corazón de Aurora y por la felicidad de ambos, sin importarle qué obstáculo se le cruzara por delante.
Estaba convencido de que, por honda que fuera la herida de Aurora, el latido de aquel amor no se había apagado del todo.
—Aurora… por esa mirada tuya, nerviosa y humedecida de hace un rato, lo sé… pude ver con claridad que todavía guardas un amor bien escondido en el fondo del corazón para mí —dijo Alejandro en voz baja al silencio del habitáculo, sin que su sonrisa feliz se disipara.
Alejandro apretó el volante con una determinación de acero.
—Te lo prometo, Aurora. Pronto me casaré contigo, te haré feliz y pagaré todas las lágrimas que has derramado en estos doce años convirtiéndote en la mujer más dichosa del mundo. Espérame, Aurora.
Continuará…