Todo comienza con un joven que vive y trabaja en el campo junto a sus padres y hermanos. Acostumbrado a los animales, la naturaleza y las largas jornadas de trabajo, nunca imaginó que su vida cambiaría al conocer a una hermosa mujer de la ciudad. Ella está acostumbrada a las comodidades, la tecnología y una vida completamente diferente. Sin embargo, el destino los une y, poco a poco, nace entre ellos un amor inesperado. Para estar a su lado, ella tendrá que aprender los difíciles labores del campo, enfrentarse a nuevos desafíos y descubrir que el verdadero amor puede encontrarse donde menos lo imagina.
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Capítulo 18 — Camino a mi nuevo hogar
Después de que don Jhon Jairo me dio el permiso para llevarme a Lisseth a Manizales, ella se levantó del sofá con una sonrisa enorme.
—Bueno, pues... voy a subir a buscar mis cosas.
—¿Ya? —pregunté sorprendido.
—Sí, bebé. ¿O qué? ¿Querés que me vaya sin maleta?
Me reí.
—No, pues. Pero es que usted sí es rápida.
—Ay, dejá de molestar.
Lisseth se acercó a su mamá.
—Mamá, ¿me ayudás a organizar algunas cosas?
—Claro, hija. Subamos.
Las dos subieron las escaleras y yo me quedé en la sala con don Jhon Jairo.
—Bueno, muchacho —me dijo él—, ahora sí se la va a llevar.
—Sí, señor.
—¿Y está seguro de que allá va a estar bien?
—Sí, don Jhon Jairo. En mi casa hay espacio y mi familia ya sabe de ella. Mi mamá incluso habló con Lisseth por videollamada.
—Eso me deja más tranquilo.
Yo asentí.
—Yo sé que para ustedes no debe ser fácil dejarla ir, pero yo quiero hacer las cosas bien.
—Eso es lo importante, mijo.
En ese momento escuchamos a Claudia desde la cocina.
—¡Muchachos! Antes de que se vayan, les voy a preparar algo para comer.
—Muchas gracias —respondí.
—Pues claro, mijo. No se van a ir de aquí con el estómago vacío.
Don Jhon Jairo se rio.
—Esa es mi mujer. Primero alimenta y después pregunta.
—¡Jhon Jairo! —gritó Claudia desde la cocina.
Yo solté una carcajada.
—Su mujer es brava, don Jhon Jairo.
—¿Ya vio? Igualita a mi hija.
—¡Papá! —se escuchó la voz de Lisseth desde arriba.
—¡Yo no dije nada! —respondió él riéndose.
Un rato después, Lisseth bajó con dos maletas y una mochila.
—Bebé, ayudame con esta.
Me levanté inmediatamente.
—De una.
Tomé una de las maletas.
—¿Qué lleva aquí, pues? ¿Piedras?
—Ay, no seas exagerado. Es ropa.
—Pues pesa como si llevara media casa.
—Es que una tiene que llevar sus cosas.
—Bueno, bueno. Yo cargo.
Claudia bajó detrás de ella.
—¿Ya está todo?
—Creo que sí, mamá.
—¿Creés?
Lisseth abrió los ojos.
—Sí, mamá. Bueno... creo.
Claudia se acercó a revisar.
—A ver, hija. ¿Cepillo de dientes?
—Sí.
—¿Cargador?
—Sí.
—¿Productos para el cabello?
—Sí.
—¿Maquillaje?
Lisseth sonrió.
—Obvio.
Yo me reí.
—Eso era lo primero que iba a empacar.
—Pues claro —respondió Lisseth—. ¿Vos creés que voy a llegar a Manizales toda despeinada?
—No, pues. Usted tiene que llegar toda bonita.
Ella me dio un pequeño golpe en el brazo.
—Bobo.
En ese momento Claudia nos llamó a la mesa.
—Vengan, pues. Ya está servida la comida.
Nos sentamos los cuatro a comer. Claudia había preparado arroz, carne, ensalada y unas papas.
—Está muy rico —dije después de probar.
—Gracias, mijo. Sírvase más.
—Con gusto.
Lisseth estaba sentada a mi lado.
—Comé bien, bebé —me dijo—. Después vamos a tener que viajar.
—Estoy comiendo, pues.
Don Jhon Jairo sonrió.
—¿Cuánto se demora el viaje hasta Manizales?
—Unas horas, dependiendo de la carretera.
—Entonces maneje con cuidado.
—Sí, señor. No se preocupe.
Después de terminar de comer, Claudia se levantó y empezó a recoger los platos.
—Déjeme ayudarle —dije.
—No, mijo. Usted vaya organizando las maletas.
—Pero yo puedo ayudar.
—Que no, pues. Vaya.
—Bueno.
Lisseth se despidió primero de su mamá. La abrazó fuerte.
—Te voy a extrañar mucho, mamá.
Claudia le acarició el cabello.
—Yo también, hija. Pero me llama todos los días, ¿entendió?
—Sí, mamá.
—Y si necesita cualquier cosa, me cuenta.
—Sí.
Después Lisseth abrazó a su papá.
—Te quiero mucho, papá.
—Yo también, mi niña. Cuídese mucho.
—Sí.
Jhon Jairo me miró.
—Y usted también se cuida, muchacho.
—Sí, don Jhon Jairo.
—Y recuerde lo que hablamos.
—Lo tengo muy presente. Lisseth va a seguir estudiando.
—Eso espero.
Lisseth tomó su mochila.
—Bueno, bebé. Vámonos.
—Listo, pues.
Salimos de la casa con las maletas. Yo las acomodé como pude y después me puse el casco.
Lisseth se acercó.
—¿Nos vamos?
—Sí, princesa.
Ella abrazó a sus papás una última vez y luego se subió conmigo.
—Agárrese bien —le dije.
—Sí, bebé.
Encendí la moto.
—¿Lista para conocer Manizales?
—Más que lista.
Sonreí debajo del casco.
—Entonces vámonos, pues.
Y así, después de despedirnos de sus padres, emprendimos el camino rumbo a Manizales, comenzando juntos una nueva etapa.