Ella fue rechazada por su Alfa el día de su propia boda, desechada y reemplazada por su hermana, no le quedó más remedio que aceptar su destino, aceptar el rechazo y huir.
El destino la llevará ante los palacios reales, del verdadero mandatario de las tierras. En donde deberá cuidar al pequeño príncipe, hijo del emperador.
NovelToon tiene autorización de Dalia Hache para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 16
El aire en la sala se volvió tan pesado que parecía imposible de respirar. Elizabeth apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos, y por primera vez desde que había pisado el palacio, levantó el mentón y sostuvo la mirada de Vinicius sin vacilar. El miedo seguía allí, latiendo en su garganta, pero el peso de la mentira era insoportable y el margen de maniobra se había agotado.
—Bien... le voy a contar toda la verdad —dijo ella, con la voz firme a pesar del temblor que amenazaba con traicionarla.
Vinicius cruzó los brazos sobre el pecho, adoptando una postura imponente, y la miró con una atención quirúrgica, sin apartar ni un segundo sus ojos lúcidos de los de ella.
—Estoy esperando —replicó el emperador, con un tono seco y cortante.
—Yo soy Elizabeth, de la casa Ducal —comenzó ella, dejando escapar un suspiro que sonó como un lamento reprimido—. Mi alfa me rechazó públicamente para casarse con mi hermana... y yo huí. Eso es todo.
Un destello de comprensión fría cruzó por la mirada de Vinicius. El soberano la observó de arriba abajo, sopesando cada palabra con la mente calculadora de un gobernante que mantenía informantes en cada rincón de los territorios vecinos.
—Así que eres esa loba de la que todo mi pueblo habla... —murmuró el emperador con una media sonrisa irónica y sombría—. Aunque no me interesan los chismes de los pueblerinos, el escándalo de una casa ducal rota y una huida tan desesperada hizo eco, es imposible que pasara desapercibido.
Elizabeth soltó una amarga exhalación y, en un desliz impulsivo que brotó del cansancio y la frustración acumulada, murmuró por lo bajo:
—Se nota que no le gustan los chismes...
Vinicius entrecerró los ojos de inmediato, deteniendo el paso. Su instinto de alfa puro se encendió ante la audacia.
—¿Qué dijiste? —preguntó el emperador, inclinándose ligeramente hacia ella con una peligrosidad palpable.
Elizabeth sintió que el corazón se le encogía, pero enderezó la postura de inmediato.
—Nada, su alteza. Esa es mi única verdad —se apresuró a responder, esquivando el regaño con rapidez—. Y sobre lo que vio... sobre ese poder de curación que mis manos manifestaron, se lo juro por mi vida: no sé qué está pasando. Yo misma estoy aterrorizada. Mi loba... mi propia conexión interior está rota.
Vinicius se quedó en silencio un instante, analizando las piezas del rompecabezas. Sus ojos bicolores la escudriñaban buscando cualquier rastro de engaño.
—Recuerdas algo de la noche de la tormenta? —preguntó de pronto el emperador, cambiando el ángulo del interrogatorio con una precisión implacable.
Elizabeth frunció el ceño, cerrando los ojos un segundo mientras el recuerdo borroso y doloroso de aquella noche intentaba abrirse paso en su mente.
—Lo único que sé es que sentí que mi loba murió dentro de mí... Ya no la puedo sentir, está silenciada, apagada —confesó ella con la voz quebrada por el dolor genuino de una pérdida tan íntima—. Luego desperté en una cabaña en medio del bosque, rescatada por Klarisa. No sé más, su alteza. No sé por qué curé a ese lobo, ni por qué mis manos hicieron lo que hicieron.
El despacho quedó sumido en un silencio sepulcral. Vinicius la miró fijamente, procesando la revelación de una loba cuyo espíritu animal había muerto o yacía profundamente aletargado, pero que, paradójicamente, canalizaba una energía curativa ancestral y milagrosa. El misterio en lugar de resolverse se volvía más profundo, y el emperador sabía que, para bien o para mal, el destino de esa mujer y el suyo propio acababan de quedar enlazados por un hilo invisible que ninguno de los dos podía romper.