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Madrastra por contrato, esposa de verdad

Madrastra por contrato, esposa de verdad

Status: Terminada
Genre:CEO / Matrimonio contratado / Amor tras matrimonio / Padre soltero / Completas
Popularitas:382
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Renata Paredes siempre ha sido la hija menos querida de su familia. Cuando el negocio de su padre queda al borde de la ruina, la obligan a aceptar un matrimonio de conveniencia con Damián Valcárcel, el frío e inalcanzable presidente del poderoso Grupo Boreal.
El acuerdo parece sencillo: mantener las apariencias, no enamorarse y cuidar de Toñito, el pequeño hijo de Damián, que está decidido a convertirle la vida en un infierno.
Pero Renata no esperaba que aquel niño rebelde fuera el primero en elegirla. Tampoco que, detrás de la indiferencia de Damián, hubiera un hombre dispuesto a protegerla cuando todos los demás le daban la espalda.
Entre secretos familiares, celos, heridas del pasado y una mujer decidida a recuperar el lugar que abandonó, Renata tendrá que luchar por el único hogar que alguna vez sintió suyo.
Él se casó con ella por un acuerdo.
El niño la llamó mamá.
Y, sin darse cuenta, los tres se convirtieron en una familia de verdad.

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Capítulo 18

Capítulo 18 — No tendré dos corazones

Me repuse en un par de días, aunque el muro seguía en pie. Cada vez que Damián intentaba acercarse, yo le devolvía la misma frase educada y filosa: "Mi problema lo resuelvo yo. No necesito tu compasión." Y él apretaba la mandíbula y se iba.

Lo que pasó esa noche en el Bar Hechizo lo supe después, en pedazos. Por Facu, que no sabe callarse nada ni aunque le paguen. Y por la cara de Damián al día siguiente.

Al parecer, harto de darse contra mi frialdad, mi marido llamó a sus dos amigos y los sentó en un rincón del bar con una botella de por medio.

—No sé qué quiere esa mujer —habría dicho Damián, girando el vaso—. Le mando medicina, la recojo, le subo la comida. Y me mira como si le hiciera un daño.

Nacho, que además de médico es la conciencia que a Damián le faltó de fábrica, no se anduvo con rodeos.

—Es tu esposa, Damián. No una empleada. Trátala como a tu igual. Si no piensas divorciarte de ella, entonces deja de ladrarle cada vez que abre la boca. Un perro que ladra a la que le cuida al hijo no merece que se lo cuiden.

Y Facu, fiel a su estilo, soltó su perla filosófica:

—¡Mira, Dami! La casa no es para tener razón. Es para tener paz. ¿Entiendes la diferencia? El que quiere tener razón que se compre una oficina. En la casa lo que diga la esposa, eso es ley. ¡Ley, hermano!

En algún punto de la conversación salió a la luz que Damián y yo, después de cuatro meses de casados, no habíamos... consumado nada. Que dormíamos en cuartos separados. Que entre nosotros no había pasado ni el roce de una mano voluntaria.

Facu se atragantó con el trago. Nacho abrió los ojos como platos.

—¿Cuatro meses? —Facu golpeaba la mesa de la risa—. ¡Cuatro meses y nada! ¡Dami, la muchacha vive bajo tu techo, es hermosa, es tu esposa legal, y tú hecho un monje de convento! ¡Te vas a secar, hombre!

Damián golpeó la mesa con la palma abierta.

—¡Eso se llama ser decente, carajo! —bramó—. No la obligué a casarse conmigo. No la voy a obligar a nada más. ¡Cuando ella quiera, si quiere, será porque quiere!

Y ahí, según Facu, se hizo un silencio raro. Porque los tres se dieron cuenta, al mismo tiempo, de que un hombre no defiende con tanta furia a alguien que le da lo mismo.

*Cuando me lo contaron, meses después, no supe si reírme o llorar. "Eso se llama ser decente." Como si la decencia fuera un muro. Como si él también viviera detrás de uno.*

A la mañana siguiente el auto negro me esperaba con la puerta abierta y él adentro. Me llevó al trabajo sin que yo lo pidiera. A media mañana Bruno apareció con las pastillas que yo había dejado en la mesa de la cocina: "El presidente dice que se las tome, que se le olvidan a propósito." Y a la salida, otra vez el auto.

Manejaba en silencio, como siempre. La ciudad se deslizaba por la ventanilla. Y a mí, no sé por qué, me dio por picarlo.

—Damián. —Miré al frente, fingiendo desinterés—. Un día de estos, si me llego a enamorar de otro, te lo digo con tiempo. Para que nos separemos en paz, sin escándalo. ¿Te parece?

Frenó en seco.

El cinturón me clavó el hombro. Un bocinazo atrás. Él ni se inmutó por el bocinazo. Se volvió y me miró, y en esa mirada había algo que yo no le conocía, algo hondo y sin fondo.

—Desde el día en que te convertiste en la esposa de Damián Valcárcel —dijo, despacio, marcando cada palabra—, ni se te ocurra pensar que va a haber una separación.

Se me secó la boca. Pero la costumbre de defenderme fue más rápida que el susto.

—¿Y si el que se enamora de otra eres tú? —le devolví—. Un hombre como tú. Rico, con medio San Martín detrás. ¿Qué hago yo entonces?

Damián no pestañeó. No dudó ni medio segundo.

—No tendré dos corazones.

Cuatro palabras.

Y el mío, el que yo creía blindado, el que había aprendido a no esperar nada de nadie, se dio vuelta entero dentro del pecho.

*No tendré dos corazones. Lo dijo sin adornos, sin música, sin mirar el reloj. Lo dijo como quien enuncia una ley de la física. Y yo, que llevaba media vida sin creerle a nadie, por un instante horrible y hermoso le creí.*

Aparté la vista rápido, hacia la ventanilla, no fuera a leerme la cara. Él arrancó de nuevo. Ninguno de los dos volvió a hablar en todo el camino.

Pero yo llevaba las manos apretadas en la falda para que no se me notara el temblor.

Esa noche, después de bañarse, Toñito se metió a la cocina en pijama y se me colgó del delantal.

—Tía. Enséñame a hacer los fideos. Los que me hiciste cuando estaba enfermo. Quiero aprender a hacerlos yo.

—¿Tú? ¿Cocinar? —Me reí—. La última vez que agarraste algo de la cocina fue para tirármelo.

—Eso fue antes. —Se puso serio, muy digno—. Ahora somos amigos.

*Amigos. Míralo. Cómo se dicen las cosas más grandes con las palabras más chiquitas.*

Le puse un banquito para que alcanzara la mesada. Le enrollé las mangas. Le enseñé a hundir las manos en la harina, a formar el volcán, a echar el huevo en el medio. Terminó embarrado hasta los codos, con harina en el pelo y en la nariz, riéndose como un loco cada vez que la masa se le pegaba a los dedos.

Damián apareció en la puerta atraído por el escándalo. Se quedó ahí, apoyado en el marco, mirándonos. Y por una vez no dijo nada cortante. Solo se arremangó, se acercó y, torpísimo, se puso a cortar los fideos con el cuchillo como yo le indiqué, gruesos y disparejos, un desastre.

—Papá, los tuyos parecen gusanos —se burló Toñito.

—Son fideos rústicos —contestó Damián, muy serio, y el niño se dobló de la risa.

Cenamos los tres en la mesa de la cocina. Fideos disparejos, algunos crudos, otros pasados. Los mejores que comí en mi vida.

Toñito hablaba con la boca llena, Damián le decía que no lo hiciera y el niño lo hacía igual, yo los regañaba a los dos. La luz cálida caía sobre la mesa puesta para tres.

*Igualita al boceto que dibujé a las dos de la mañana. La mesa puesta para tres, la luz, los fideos en el centro. Lo dibujé sin saber que lo estaba deseando.*

Por un rato, un rato nada más, esto se pareció a una familia.

Y me dio miedo. Porque lo que se parece a la felicidad es lo más fácil de perder.

Al día siguiente, don Braulio me frenó en la puerta de la agencia con un perchero de ruedas cargado de fundas de ropa.

—Renata, mija, necesito que salgas ya. Entrega urgente. —Me tendió la orden—. Vestuario y zapatos para una sesión de fotos. La modelo se hospeda en el Hotel Regencia, suite presidencial. Una tal Yaqui Sarmiento, una famosilla de esas de internet. Nada del otro mundo, pero paga la campaña. Que lo tenga en media hora o me arma un lío.

—Voy.

Empujé el perchero hacia el auto de la agencia sin darle más vueltas.

*Un encargo más. Entregar, firmar, volver. Qué complicado podía ser.*

No tenía cómo saberlo. No tenía cómo saber que en la suite presidencial del Hotel Regencia me esperaba la persona más desagradable que iba a cruzarse en mi vida profesional.

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