Esta historia comienza con Daniela y Marcos.
Según la gente, ellos son tío y sobrina. Así los llaman y así los ven desde siempre.
Por eso, cuando empiezan a surgir sentimientos entre ellos, todos creen que es un amor prohibido, porque piensan que Daniela y Marcos son familia y que no pueden estar juntos.
Pero la verdad es otra.
Marcos no es su tío. No existe ningún parentesco familiar entre ellos y no llevan la misma sangre. Él simplemente es amigo de la mamá de Daniela y, como se he criado a Daniela ella comenzo a llamarlo “tío”.
Pero para Daniela y Marcos, la verdad siempre fue diferente: él no es su tío, solo es el amigo de su mamá.
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Capítulo 22 — Una promesa entre rejas
Cuando cerraron las puertas de la celda, sentí como si algo dentro de mí se hubiera quebrado.
Me quedé parado unos segundos, mirando aquella puerta de metal que acababa de cerrarse frente a mí. Ya no había vuelta atrás. Quince años.
Quince años lejos de Daniela.
Quince años sin verla crecer, sin acompañarla durante el embarazo, sin conocer a nuestro hijo cuando naciera.
Sentí que las piernas me fallaban y terminé sentándome en la cama, apoyando la espalda contra la pared.
Ahí fue cuando comencé a llorar.
—No puede ser... —murmuré, pasándome las manos por la cara—. No puede ser que todo haya terminado así.
Miré el pequeño espacio de la celda y respiré profundo, pero no servía de nada. Las lágrimas seguían saliendo.
Empecé a recordar todo.
Nuestro primer beso.
Ese momento en el que los dos nos quedamos mirándonos sin saber qué hacer. El miedo que teníamos de que Lisbeth se enterara. Todas esas veces que intentamos ocultar lo que sentíamos.
Recordé cuando Daniela me llamaba “tío” por costumbre y yo le decía que no lo hiciera.
—No me diga así, por favor.
Y ella se reía.
También recordé aquella mañana en la que me confesó que me amaba.
—¿Usted quiere intentarlo conmigo?
—Sí —me había respondido.
Y yo había sentido que por fin tenía a la mujer que amaba a mi lado.
Recordé nuestras conversaciones a escondidas, los abrazos rápidos cuando escuchábamos que Lisbeth llegaba, las miradas que intentábamos disimular.
Hasta recordé nuestras discusiones.
La pelea por haberle revisado el celular.
Yo había cometido un error. Uno grande.
Y ahora estaba pagando las consecuencias de todo lo que había pasado.
Me quedé mirando al suelo.
—Daniela...
Decir su nombre me partía el alma.
Pensé en ella . Pensé en nuestro bebé.
¿Ya estaría creciendo su barriga?
¿Estaría bien?
¿Tendría miedo?
Me dolía saber que no podía estar ahí para acompañarla.
De repente escuché una voz.
—Parce... ¿está bien?
Levanté la mirada.
Era el hombre que compartía la celda conmigo. No sabía mucho de él todavía. Se había mantenido tranquilo desde que llegué, pero parecía haber notado que llevaba rato llorando.
—Sí... —respondí, aunque era evidente que no estaba bien.
Él se sentó cerca de mí.
—Parce, eso no es estar bien.
Me quedé callado.
—Si quiere hablar, hable —me dijo—. A veces uno se guarda todo y termina peor.
Lo miré durante unos segundos.
No sabía por qué, pero sentí que necesitaba contárselo a alguien.
—Yo tenía una mujer afuera.
—¿Tenía?
Bajé la mirada.
—La tengo. Y la amo.
Entonces comencé a contarle todo.
Le expliqué que Daniela era la hija de mi mejor amiga, pero que no teníamos ningún parentesco de sangre. Le conté cómo comenzó todo, cómo nos enamoramos, cómo intentamos esconder nuestra relación y cómo finalmente Lisbeth nos descubrió.
También le conté que Daniela estaba embarazada.
—¿Tiene un hijo en camino? —preguntó sorprendido.
Asentí.
—Sí. Y eso es lo que más me duele. Ella está sola allá afuera y yo estoy encerrado aquí.
Mi compañero se quedó pensativo.
—Parce, le voy a decir algo.
—¿Qué?
—Usted ya no puede cambiar lo que pasó. Puede quedarse llorando todos los días, dándole vueltas a lo mismo... o puede empezar a pensar en cómo salir adelante.
Me quedé mirándolo.
—¿Y cómo hago eso?
—Primero, no se destruya usted mismo. Segundo, mantenga la cabeza fría. Y tercero, si de verdad ama a esa mujer, no deje que estos años hagan que usted se olvide de ella.
Sus palabras me quedaron dando vueltas.
—¿Usted cree que Daniela me va a esperar?
Él se encogió de hombros.
—Eso solamente lo sabe ella, parce. Pero usted no puede obligarla a esperar. Lo que sí puede hacer es demostrarle que no se rindió.
Respiré profundamente.
Tenía razón.
Me limpié las lágrimas y miré nuevamente hacia la puerta.
—Yo le prometí que siempre la iba a amar.
—Entonces cumpla esa promesa —me respondió.
Me quedé en silencio.
Por primera vez desde que había entrado a aquella celda, dejé de pensar solamente en los quince años que tenía por delante.
Pensé en Daniela.
Pensé en nuestro bebé.
Y me hice una promesa.
No sabía cuánto iba a durar aquel camino ni qué iba a pasar cuando finalmente pudiera salir.
Pero no iba a dejar que aquellos muros acabaran con todo lo que sentía por ella.
—Daniela —susurré—, yo voy a volver.
Y aunque ella no pudiera escucharme, necesitaba decirlo.
Porque era la única esperanza que me quedaba.