A los veintitrés años, Luna sobrevive con tres empleos, durmiendo poco y soñando con algo tan simple como que alguien la ame y la deje descansar. Lo único que pide es una vida distinta. Nunca imaginó que el universo la tomaría tan al pie de la letra.
Una fría noche de invierno, todo termina… y todo empieza. Luna despierta en el cuerpo de una princesa, con una corona sobre la cabeza, un palacio a su alrededor y un hombre imposiblemente guapo que la mira como si fuera lo único que existe en el mundo. Dice ser su marido. Y no es un hombre cualquiera: es Leon, el príncipe que sería capaz de incendiar un reino entero con tal de protegerla.
Pero adaptarse a una corte donde todos hablan como salidos de un libro de historia no es tan fácil cuando tu cabeza sigue pensando en wifi, café y ocho horas de sueño. Y menos cuando alguien te quiere fuera del camino: Moyra, la protegida de la familia real, esconde tras sus sonrisas y sus lágrimas una obsesión peligrosa. Está convencida de que el lugar de Luna —y el corazón de Leon— le pertenecen por derecho, y hará lo que sea para recuperarlos.
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Capítulo 2 - Mi Marido es un Príncipe Obsesivo
Después de mi grito, nadie dijo nada.
Absolutamente nadie.
Las criadas seguían mirándome como si me hubiera salido una tercera cabeza. El hombre que decía ser mi marido permaneció detrás de mí, inmóvil, con los ojos azules clavados en mi rostro.
Yo seguía frente al espejo, sosteniendo la corona con las dos manos.
—Esto no puede estar pasando —susurré—. Debo de estar inconsciente en la acera. Tal vez esté en coma. Tal vez sea una alucinación por el golpe.
—Luna —llamó el hombre, acercándose con cuidado—. Aléjate del espejo. Aún estás débil.
—No te acerques.
Se detuvo de inmediato. Las criadas se miraron entre sí.
—Alteza… —empezó una de ellas.
—Retírense —ordenó él.
Todas hicieron una reverencia rápida.
—Pero, mi señor, la princesa…
—Retírense.
Esta vez su voz sonó más firme.
Las mujeres salieron a toda prisa y cerraron las puertas tras de sí. Me quedé sola en el cuarto con aquel gigante de ropa dorada y negra.
Debía de medir casi un metro noventa. Quizá más. Tenía el cabello oscuro, levemente ondulado, que le caía sobre la frente de un modo demasiado bonito para ser natural. Los ojos eran de un azul profundo, intenso, casi aterrador.
Yo debería estar aterrada.
Y lo estaba.
Pero también lo estaba mirando un poco más de la cuenta.
—Deja de mirarme —dije.
—Me temo que no puedo.
—¿Por qué?
—Porque dejaste de respirar en mis brazos.
La forma en que lo dijo me apretó el pecho.
Leon caminó despacio hacia mí, como si yo fuera un animal asustado que podría huir en cualquier momento.
—Tu corazón se detuvo, Luna.
—¿Mi corazón?
—Sí.
—Yo me golpeé la cabeza.
—No comprendo.
—Me caí en la nieve. Iba cargando bolsas, me resbalé y me golpeé la cabeza contra la acera.
Frunció el ceño.
—No hubo nieve esta noche.
—Claro que la hubo. Estaba helando.
—Estamos en primavera.
Me reí.
No porque fuera gracioso, sino porque me estaba entrando la desesperación.
—Perfecto. Así que morí en invierno y renací en primavera. Genial. Muy coherente.
Leon dio un paso más.
—Siéntate, por favor.
—No.
—Luna.
—No te conozco.
El dolor le cruzó el rostro tan rápido que casi me sentí culpable.
—Me conoces desde hace cuatro años.
—No. Me llamo Luna, nací en 2003, trabajo en tres empleos, me gusta la pizza y ni siquiera sé sostener un abanico.
Se quedó en silencio.
—¿Qué es la pizza?
Cerré los ojos un segundo.
—Dios mío, de verdad fui a parar a otro mundo.
Leon me tendió la mano.
—Ven. Debes descansar.
—No me voy a la cama contigo.
Arqueó las cejas.
—Ya hemos compartido el mismo lecho durante dos años.
—¿Dos años?
Mi voz salió tan alta que resonó por todo el cuarto. Leon parecía confundido por mi reacción.
—Estamos casados.
—¿Yo estoy casada?
—Sí.
—¿Contigo?
—Sí.
Lo miré de arriba abajo.
—Me saqué la lotería de la reencarnación.
—No comprendo tus palabras.
—No hace falta. Solo acéptalo.
Pareció contener una sonrisa. Eso me irritó.
—No te hagas el gracioso. Estoy teniendo una crisis.
—No me burlo de tu sufrimiento.
—Estás a punto de reírte.
—Es porque sigues siendo adorable incluso cuando dices cosas incomprensibles.
Me quedé callada. Ese hombre era peligroso.
No en el sentido de querer matarme. Peligroso porque hablaba de ese modo mirándome directamente a los ojos.
Aparté la cara.
—Dijiste que mi corazón se detuvo. ¿Qué pasó?
Leon perdió lo poco de ligereza que había asomado a su expresión.
—Estábamos aquí.
—¿Aquí, en el cuarto?
—Sí.
—¿Haciendo qué?
Dudó. Fue suficiente para que lo entendiera.
—No.
—Luna…
—No me lo digas.
—Era nuestra noche de bodas.
—Acabas de decir que llevamos dos años casados.
—La ceremonia fue antes de mi partida a la guerra. Aquella noche me llamaron a las fronteras. Nuestro matrimonio se consumó solo de nombre. Yo llegaba exhausto y apenas dormía a tu lado.
Abrí la boca.
La cerré.
Intenté ordenar la información.
—Entonces volviste de la guerra y decidiste tener una noche de bodas atrasada.
—Fue tu deseo también.
—¿Y me desmayé cuando te quitaste la ropa?
Apartó la mirada un segundo.
—Aparentemente.
Me llevé la mano al pecho.
—Casi me muero otra vez solo de oír eso.
Leon me sujetó el brazo enseguida.
—¿Te duele algo?
—Es una forma de hablar.
—No deberías bromear con eso.
La voz se le puso baja, cargada de emoción.
—Creí que te había perdido.
Por primera vez me di cuenta de que le temblaban las manos. En aquel momento no parecía un príncipe. Parecía solo un hombre aterrado.
—Tuviste miedo —dije.
—Miedo no describe lo que sentí.
Me pasó los dedos por el rostro con una delicadeza que no encajaba con su tamaño.
—Sobreviví a batallas, emboscadas y asedios. Pero cuando tu cuerpo cayó delante de mí, descubrí que nada de eso me había preparado para perderte.
El corazón me latió más fuerte.
—Leon…
—No permitiré que te alejes de mí.
La frase podría haber sido romántica. Pero el modo en que la dijo también sonó como una promesa un poco aterradora.
—Eso fue tierno y amenazante al mismo tiempo.
—Si así lo entendiste, lo entendiste bien.
Antes de que pudiera responder, las puertas se abrieron.
Una joven rubia entró corriendo al cuarto. Era hermosa, muy hermosa. Llevaba un vestido color vino lleno de detalles dorados y le corrían lágrimas por el rostro.
—¡Leon!
Pasó a mi lado como si yo no existiera y se lanzó a sus brazos.
—¡Yo también estuve a punto de perderte, Alteza!
Leon se puso rígido. No la abrazó. Solo le sujetó los brazos y la apartó con cuidado.
—Moyra, contrólate. No me toques.
Así que aquella era Moyra. Me miró, y sus lágrimas parecieron detenerse por un segundo.
Había algo en sus ojos. Algo frío. Miró un instante hacia una copa que estaba en la mesita junto a la cama.
Duró tan poco que quizá cualquier otra persona no lo habría notado. Pero yo lo noté. Listo. Ya tenía a la villana.
—Perdóname —dijo, llevándose una mano al pecho—. Cuando supe que la princesa había fallecido, temí que el dolor te arrastrara a ti también.
—Luna está viva.
—Gracias a los cielos.
Moyra caminó hacia mí con una sonrisa delicada.
—Querida mía, qué alegría verte despierta.
—¿Nosotras somos amigas?
La sonrisa le vaciló.
—Naturalmente.
—Ha perdido parte de la memoria —explicó Leon.
—Qué terrible.
Moyra intentó tomarme de la mano, pero la aparté antes.
—No es nada personal. Es solo que estoy desconfiando de todo el mundo.
—Comprendo.
No comprendía. Su mirada lo dejó claro. Leon se puso a mi lado de inmediato y me rodeó la cintura con el brazo.
—Necesitas descansar.
—No tengo sueño.
—Me quedaré contigo hasta que lo tengas.
Moyra se secó las lágrimas.
—Puedo quedarme yo también. Quizá mi compañía le traiga consuelo.
—No —respondió Leon.
Ella parpadeó.
—¿Alteza?
—Luna necesita tranquilidad.
—Pero yo podría ayudar.
—Ya ayudaste bastante viniendo hasta aquí. Ahora, retírate.
El rostro de Moyra perdió el color.
—Solo me preocupo por ti.
Leon me atrajo más hacia él.
—Donde esté Luna, es donde yo estaré.
Moyra bajó la cabeza en una reverencia.
—Como quieras.
Se giró lentamente. Antes de salir, miró por encima del hombro. Sus ojos se encontraron con los míos. Esta vez no había ninguna dulzura. Las puertas se cerraron.
Miré a Leon.
—Ella te quiere.
—Moyra es parte de nuestra familia. La criaron mis padres.
—Eso no fue lo que dije.
—Estás equivocada.
—Reconozco a una mujer enamorada cuando la veo.
Leon frunció el ceño.
—¿Estás celosa?
—Claro que no.
Él sonrió.
—Todavía no.
Al otro lado de la puerta, sin que ninguno de los dos pudiera verlo, Moyra apretaba los puños hasta que las uñas le marcaban la propia piel.