Darien es el hijo mayor de Elara, heredera de la luz y la vida, y del Señor de las Sombras, soberano del reino de la oscuridad. Nació con una fuerza descomunal, una estatura que lo hace parecer un gigante, pero con un alma dulce, ingenua y sincera, como la de un niño que aún no conoce la crueldad total del mundo. Junto a él crecieron sus hermanos menores: Liora, que domina la magia de la naturaleza, y Kael, con el don de viajar entre sombras.
Cuando la paz entre los reinos se ve amenazada por fuerzas antiguas que buscan separar de nuevo la luz y la oscuridad, Darien es enviado a negociar una alianza con el reino de los inmortales, gobernado por la Reina Irina en el continente de Mordrasil. Pero Irina no es una simple soberana: es astuta, calculadora, y ha oído hablar de los peligros del linaje de Darien. Decide espiarlo, acercarse a él con fingida amabilidad para descubrir sus debilidades y sus secretos.
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Noches bajo la luna y secretos compartidos.
El sol no existía en el interior del Bosque de Espinas Eternas, pero una luz plateada y tenue parecía filtrarse entre las ramas en todo momento, como si la luna estuviera siempre en lo más alto del cielo. Después de varias horas de marcha, decidieron detenerse para descansar cuando el camino se abrió en un pequeño claro rodeado de árboles menos hostiles.
Darien preparó el terreno con cuidado, limpiando las espinas más cercanas con un simple movimiento de su mano, haciendo que se retiraran como si temieran tocarlo. Luego extendió unas mantas resistentes sobre la tierra y encendió una pequeña llama azul, cálida pero sin humo, creada con su propia magia para no atraer a ninguna criatura extraña.
—Aquí estaremos a salvo hasta el amanecer —dijo él, sentándose en el suelo con la espalda apoyada contra un tronco ancho—. Mientras mantengamos nuestra energía unida, nada podrá acercarse.
Irina se sentó frente a él, cerca del fuego, y lo observó en silencio unos instantes. Las heridas de su brazo ya estaban casi cerradas, solo quedaban unas marcas finas que pronto desaparecerían por completo, pero el gesto de protección que había tenido seguía dando vueltas en su mente.
—Nunca he conocido a nadie que actúe así —comentó ella de repente, rompiendo el silencio—. En todos estos siglos, los que se acercaban a mí lo hacían por poder, por riquezas o por miedo. Tú, en cambio, arriesgas tu cuerpo sin dudarlo, sin pedir nada a cambio.
Darien sonrió con suavidad, girando el medallón entre sus dedos como siempre hacía cuando pensaba.
—Mi padre Kaelan me enseñó que la protección no es un acto de valentía, sino de respeto —respondió él—. Y mi madre me dijo que cuando confías en alguien, no calculas el riesgo. Simplemente actúas. Además… —hizo una pausa, bajando un poco la mirada, como si le costara admitirlo en voz alta— no podría soportar que te pasara algo malo.
Esas palabras, dichas con tanta sencillez y sinceridad, hicieron que el corazón de Irina latiera un poco más rápido. Se acercó un poco más, sintiendo que ya no había barreras entre ellos.
—Y yo —dijo ella en voz baja, mirándolo a los ojos—, hace mucho que dejé de esperar que alguien me viera más allá de mi corona o de mi sangre. Tú me has hecho sentir que no necesito ser la reina dura y fría para ser escuchada o respetada.
La noche avanzaba, y la tranquilidad del lugar les dio espacio para hablar de cosas que nunca habían contado a nadie más. Darien le explicó cómo era crecer en un reino donde todo era grande para adaptarse a él, pero donde también se sentía a veces diferente, como si llevara dos mundos dentro que a veces le costaba equilibrar. Le habló de sus hermanos, de las bromas de Kael y la ternura de Liora, de las lecciones que le daban sus padres sobre el equilibrio entre la luz y la oscuridad.
—A veces me asusta —admitió él en un momento de confesión—. Siento que tengo una fuerza inmensa, y me pregunto si algún día podré controlarla por completo. Si alguna vez me equivoco, el daño que podría causar sería enorme.
Irina negó con la cabeza con suavidad y extendió una mano, posándola sobre su mano libre, la que no sostenía el medallón. El contacto fue cálido y firme, y ambos sintieron esa misma corriente que los unía cada vez que se tocaban.
—No tengas miedo de tu poder, Darien —le dijo ella con seguridad—. He visto cómo lo usas: con cuidado, con respeto, pensando siempre en lo que proteges. Eso no es peligroso, eso es lo que hace que tu fuerza sea verdadera. Mi poder también es grande, y durante siglos me enseñaron que debía usarlo para imponerme, pero contigo estoy aprendiendo que también puede usarse para acompañar.
Luego le tocó a ella abrir su corazón. Le contó de su infancia, de cuando su pueblo fue expulsado de sus tierras originales, de las pérdidas que tuvo que soportar para llegar a ser reina, de la soledad que llevaba consigo, porque nadie podía acercarse lo suficiente sin sentir miedo o desconfianza.
—A veces siento que he vivido demasiado —confesó ella con una sonrisa triste—. He visto nacer y morir reinos, he visto amistades romperse y promesas olvidadas. Por eso me encerré en mí misma: si no dejas entrar a nadie, nadie puede hacerte daño. Pero ahora… —levantó la vista y lo miró directamente a los ojos— ahora me doy cuenta de que también me estaba perdiendo lo mejor de todo.
El silencio volvió a caer sobre el claro, pero esta vez era cargado de una tensión dulce, llena de sentimientos que ya no podían ocultarse. Las llamas azules iluminaban sus rostros: la piel pálida de ella con reflejos dorados en sus ojos, la figura imponente de él con su mirada suave y profunda.
Darien apretó suavemente la mano de Irina, sin soltarla.
—No tienes que estar sola nunca más —le dijo con voz grave y tierna a la vez—. Ya no.
Ella se inclinó un poco más hacia él, sin miedo, sin reservas, y por un instante pareció que sus rostros se acercaban cada vez más, que sus respiraciones se mezclaban… pero en ese momento, un leve crujido entre los arbustos cercanos los hizo volver a la realidad, aunque sin soltarse las manos.
Era solo el viento moviendo las ramas, pero bastó para recordarles que seguían en un lugar peligroso y que su misión no había terminado. Sin embargo, algo había cambiado definitivamente: ya no eran solo dos aliados que se respetaban, ni dos personas que se habían hecho las paces. Eran dos almas que empezaban a reconocerse, a necesitarse, a descubrir que en la otra encontraban todo lo que les faltaba.
—Descansemos un poco —dijo Irina con voz suave, sin apartar la mano—. Mañana tendremos que adentrarnos aún más en el bosque, y necesitaremos toda nuestra fuerza.
Darien asintió, y se acomodó para vigilar mientras ella intentaba dormir. Pero ninguno de los dos cerró los ojos del todo. Cada uno, en su interior, sabía que lo que estaba naciendo entre ellos era mucho más fuerte que cualquier enemigo, cualquier hechizo o cualquier distancia. Y ambos esperaban con impaciencia el momento en que ya no tuvieran que ocultarlo.