Traicionada por la sangre que la vio nacer y despojada de todo lo que amaba en una sola noche de infamia, Cataleya Mendoza pensó que había tocado fondo al perder su hogar, su hijo y su dignidad bajo los golpes de un amor ciego. Creyó que el exilio y el silencio serían su único destino. Pero el destino, caprichoso y sediento de justicia, la colocó frente al imperio intocable de los Moretti y frente al hombre más temido del país: un titán arrogante al que nadie se atreve a retar. Lo que no sabían ni su exprometido, ni su familia, ni el implacable Gael Moretti, es que una reina destruida no regresa a pedir clemencia... regresa a reclamar su trono.
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Capítulo 17: El Desplome de los Álvarez y la Furia en la Capital
A ochocientos kilómetros de distancia del apacible complejo hospitalario de los Moretti, la mañana en el distrito financiero de la capital se desmoronaba en cuestión de minutos. Los imponentes cristales tintados de la torre corporativa de los Laboratorios Álvarez reflejaban un cielo plomizo, pero la verdadera tormenta se desataba dentro de las oficinas presidenciales, donde el aire acondicionado parecía haber perdido toda capacidad de enfriar la tensión asfixiante que llenaba el ambiente.
Dennis Álvarez caminaba de un lado a otro sobre la costosa alfombra persa, con el teléfono celular pegado a la oreja y el rostro desencajado por una mezcla de rabia e incredulidad. Su impecable traje italiano de alta costura, que horas antes denotaba éxito y poder, ahora parecía quedarle grande mientras escuchaba el grito despavorido de su director financiero al otro lado de la línea.
—¡¿Cómo que las cuentas están congeladas, maldita sea?! ¡Examino los balances ahora mismo y me dices de dónde salió esa auditoría fiscal sorpresa! —bramó Dennis con una furia descontrolada, golpeando con la palma de la mano abierta sobre la superficie de caoba del escritorio.
A pocos metros de distancia, sentada en un elegante sillón de cuero blanco con las manos sobre su vientre, Carol Mendoza observaba la escena con los ojos abiertos de par en par. El color se le había escapado por completo del rostro, dejando su piel pálida como el papel. Su teléfono celular no dejaba de vibrar sobre la mesita auxiliar; la pantalla destellaba con notificaciones continuas de los principales diarios económicos del país y mensajes de texto de los principales inversionistas exigiendo explicaciones urgentes.
—Dennis... —balbuceó Carol con un hilo de voz temblorosa, sintiendo un nudo helado en la garganta—. Los inversores de la constructora de mis padres me acaban de llamar. Dicen que las acciones de los laboratorios se han desplomado un cuarenta por ciento en menos de una hora y que la Superintendencia Fiscal acaba de ordenar el embargo preventivo de todos nuestros activos por evasión fiscal internacional y lavado de dinero.
—¡Cierra la boca, Carol! ¡Eso es imposible! —gritó Dennis fuera de sí, arrojando el teléfono contra la pared de cristal, donde el aparato se estrelló en mil pedazos—. ¡Nuestros testaferros en el extranjero eran intocables! ¡Alguien nos ha traicionado desde adentro!
Antes de que Carol pudiera responder o romper en llanto, las pesadas puertas de madera de la oficina se abrieron de golpe sin previo aviso. Carlos y Santa Mendoza, los padres de ambas, irrumpieron en la estancia con el rostro descompuesto por el pánico. Santa se aferraba al brazo de su esposo, temblando de pies a cabeza.
—¡Dennis, hijo, nos arruinaron! —exclamó Santa con un grito desgarrador, al borde del colapso nervioso—. ¡Los noticieros de televisión están transmitiendo en vivo que nuestras constructoras están siendo investigadas por corrupción! ¡Los bancos acaban de cancelar todas nuestras líneas de crédito y las cuentas de la familia están en ceros!
El silencio que siguió a sus palabras fue sepulcral, pesado y aterrador. Los cuatro miembros de las familias Álvarez y Mendoza se quedaron congelados en medio de la sala, comprendiendo con horror que el imperio que habían construido a base de mentiras, robos y la destrucción despiadada de Cataleya se desmoronaba como un castillo de naipes ante sus propios ojos.
Mientras tanto, en la capital del norte, el ambiente en el despacho privado de Gael Moretti era diametralmente opuesto. La atmósfera respiraba una calma absoluta, cargada de triunfo y de la fría satisfacción de una venganza milimétricamente ejecutada.
Gael se encontraba sentado detrás de su gran escritorio ejecutivo, revisando los reportes financieros que confirmaban el colapso bursátil de los Laboratorios Álvarez. Una sonrisa arrogante y satisfecha curvaba los labios del magnate. Frente a él, de pie junto a los amplios ventanales que ofrecían una vista panorámica de la ciudad, Cataleya observaba el horizonte con los brazos cruzados. Llevaba puesto su elegante vestido color marfil y la mini chaqueta; su postura era la de una emperatriz que contemplaba las ruinas de su antiguo reino desde lo más alto.
—Parece que tu plan de infiltración y auditoría anónima ha dado resultados quirúrgicos, doctora Moretti —comentó Gael con una voz ronca y divertida, levantando la vista de la tablet para admirar la imponente silueta de su prometida—. En este preciso instante, los Álvarez y los Mendoza están entendiendo lo que significa perderlo absolutamente todo. Sus cuentas están congeladas, sus nombres están en las portadas de todos los periódicos como criminales prófugos de la ley, y su falsa boda está sepultada bajo el lodo del escándalo nacional.
Cataleya se giró lentamente hacia él. Sus ojos ámbar brillaban con una luz intensa y peligrosa, reflejando el fuego de una victoria que apenas comenzaba a saborear. Caminó con paso firme y elegante hacia el escritorio, deteniéndose a pocos centímetros de Gael.
—Esto es apenas el principio, magnate —respondió Cataleya con una voz gélida, pausada y letalmente seductora—. Me quitaron mi hogar, mi paz, intentaron asesinarme y me golpearon creyendo que me habían reducido a la nada. Lo que están viviendo hoy es solo una pequeña muestra de la agonía que les espera. No voy a descansar hasta verlos mendigando en las calles y pidiendo clemencia de rodillas.
Gael la miró con una mezcla de profunda devoción y una pasión abrasadora que ninguna estrategia corporativa lograba apagar. Se puso de pie con parsimonia, rodeando el escritorio hasta quedar a una distancia peligrosa de ella. Sus manos grandes y firmes se posaron con naturalidad en su cintura, atrayéndola suavemente hacia su cuerpo.
—Me encantas cuando te pones así de despiadada, Cataleya —susurró Gael con un tono ronco y ronroneante, rozando con sus labios la línea de su mandíbula—. Eres la única mujer capaz de hacer temblar a la alta sociedad con una sola mirada. Y tal como te lo prometí... ahora que el imperio de esos miserables está en el suelo, ya no hay excusas. Nos casaremos muy pronto por el civil, en la más absoluta intimidad, y te convertirás en mi esposa ante la ley antes de que termine esta semana.
Cataleya ladeó ligeramente la cabeza, sosteniendo su penetrante mirada gris con una sonrisa pícora y desafiante en los labios. Apoyó las manos firmemente sobre el pecho de Gael, sintiendo el latido fuerte y constante de su corazón.
—¿Tan desesperado estás por asegurarte de que no escape de tus garras, magnate? —bromeó Cataleya con un tono burlón y provocativo, aunque sus ojos delataban que la idea ya no le causaba el menor rechazo—. Sabes perfectamente que no tengo a dónde huir... ni quiero hacerlo.
—No es desesperación, doctora Moretti... es pura y dura posesión —respondió Gael con una seguridad absoluta antes de inclinarse y sellar sus labios en un beso profundo, hambriento y apasionado que prometía un destino implacable para ambos.