NovelToon NovelToon
Los Hijos Secretos del Dueño del Morro

Los Hijos Secretos del Dueño del Morro

Status: Terminada
Genre:Romance / Aventura de una noche / Madre soltera / Grandes Curvas / Niñero / Completas
Popularitas:79
Nilai: 5
nombre de autor: Lins

A los dieciocho años, Raquel era la chica gorda del morro: despreciada por su familia, echada de su casa en plena madrugada. Esa misma noche, en un cobertizo abandonado, encontró a un desconocido moribundo que le pidió que le salvara la vida sin verle jamás el rostro. Le pagó una fortuna. Le dijo que sus ojos eran hermosos. Y desapareció al amanecer.

Seis años después, Raquel vuelve a Río irreconocible: más delgada, más fuerte, madre soltera de dos gemelos. El empleo de sirvienta que consigue para sacarlos adelante la lleva a la cobertura de lujo del hombre más temido de la ciudad: Rafael Monteiro, El Dueño del Morro da Esperança.

El padre de sus hijos. El hombre que nunca supo que existían.

Ahora Raquel tiene que limpiar la casa de su secreto todos los días, mientras Rafael —frío, letal, incapaz de olvidar unos ojos que vio una sola vez en la oscuridad— empieza a sentir que esa empleada le remueve algo que creía muerto. Entre una suegra que la quiere lejos, una prima dispuesta a destruirla y una verdad que puede volarlo todo por los aires, Raquel deberá decidir hasta cuándo puede seguir escondiendo a los dos niños que llevan la sangre del Dueño.

NovelToon tiene autorización de Lins para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7 — Hermosa y fuerte — nadie la va a derribar

Rafael quería una cena perfecta.

—Seis invitados. El martes, ocho de la noche. Menú brasileño, nada francés. Quiero que salgan de aquí con ganas de cerrar el negocio, no de dormir.

Doña Zuleica anotó todo en un cuadernito de espiral que ya había visto mejores días.

—Entrada, plato principal, postre, bebida. ¿Todo por cuenta de la casa?

—Todo.

—Don Rafael, usted sabe que necesito por lo menos tres días para organizar...

—Tienes dos.

Doña Zuleica miró a Raquel. Raquel miró a doña Zuleica. Las dos entendieron sin necesidad de palabras: iba a ser una guerra.

El lunes fue de listas, compras y organización. Raquel asumió la logística: menú, decoración, toallas, cubiertos, copas. Seis años trabajando en casas de alto nivel en São Paulo le habían enseñado cosas que ningún curso enseñaba: qué copa usar para cada vino, cómo doblar una servilleta en abanico, qué tipo de flor no provoca alergia por la noche, que la iluminación debía ser cálida y nunca blanca.

Doña Zuleica se quedó en la cocina. Raquel se quedó en todo lo demás.

El martes por la mañana, la mesa estaba puesta, el comedor brillaba, los arreglos de flores tropicales —heliconias y strelitzias, cortadas del jarrón del balcón del edificio con autorización del portero— le daban al ambiente un aire de restaurante boutique. En la cocina, doña Zuleica había preparado un flan que llamaba "el arma secreta": receta de su abuela, venida de Minas, con leche condensada cocida y caramelo quemado en su punto.

A las dos de la tarde, sonó el timbre.

Raquel abrió la puerta y se encontró con Jaque.

—¡Hola, Quel! Vine a visitar a doña Zu. —La sonrisa era tan dulce que daba diabetes—. Nos conocemos desde que yo tenía doce años, ¿no, Zu?

Doña Zuleica apareció detrás de Raquel, el rostro dividido entre el afecto y la sorpresa.

—¡Jaque! Cuánto tiempo, muchacha. Entra, entra.

Raquel sintió que el estómago se le helaba. Jaque no visitaba a nadie sin motivo. Jaque no hacía nada sin motivo.

Pero no podía impedirle la entrada: doña Zuleica ya arrastraba a Jaque a la cocina, ofreciéndole café y galletas, y Jaque lo aceptaba todo con aquella sonrisa de santa que escondía al diablo.

—¡Ay, Zu, déjame ayudar! —Jaque se puso el delantal de doña Zuleica encima del vestido y empezó a circular por la cocina como si fuera de la casa—. Quel, ¡qué mesa tan linda armaste! Siempre fuiste tan... esforzada.

Raquel no respondió. Fue al cuarto de huéspedes a cambiar las toallas, pero mantuvo el oído atento.

Diez minutos después, cuando volvió a la cocina, encontró a doña Zuleica en el baño y a Jaque sola cerca de la nevera.

—¿Qué estabas haciendo? —preguntó Raquel.

—Nada. Probando el flan. —Jaque pasó el dedo por el borde del molde y lo lamió—. Mmm, está bueno. Saladito, pero bueno.

Raquel sintió que algo se quebraba dentro del pecho. Abrió la nevera y sacó el molde del flan. Pasó el dedo por la superficie. Se lo llevó a la boca.

Sal. El flan entero estaba salado.

Miró al suelo. El arreglo de flores del comedor estaba tirado, las heliconias esparcidas por el piso de la cocina, el jarrón de vidrio partido en dos.

—Ay, perdón. —Jaque se llevó la mano a la boca—. Lo golpeé sin querer.

Raquel miró a Jaque. Jaque miró a Raquel. Ninguna de las dos parpadeó.

—Sal de la cocina —dijo Raquel.

—Quel, yo...

—Sal. De. La. Cocina.

Jaque salió. Doña Zuleica volvió del baño en el momento exacto en que la puerta se cerró de golpe.

—Quel, ¿qué pasó? —Doña Zuleica vio las flores en el suelo y el molde en la mano de Raquel. Probó el flan. El color desapareció de su rostro—. ¡La cena es en dos horas! ¡No da tiempo!

Rafael apareció en la puerta de la cocina. Observó la escena —flores en el suelo, doña Zuleica en pánico, Raquel parada con el molde en la mano y la mirada de quien está haciendo cuentas. No preguntó qué había pasado. No ofreció ayuda. Cruzó los brazos y dijo:

—Te doy dos horas.

Y salió.

Doña Zuleica abrió la boca para protestar. Raquel dejó el molde en el fregadero.

—Zu, ¿usted tiene chocolate en polvo, leche condensada y mantequilla?

—Tengo, pero...

—¿Y granas de colores?

—Hay en la despensa, pero el flan...

—Olvídate del flan. Vamos a hacer brigadeiros.

En noventa minutos, Raquel transformó la cocina. Mientras doña Zuleica derretía el chocolate y revolvía la olla, Raquel subió a la terraza del edificio —con autorización del portero y una sonrisa que no aceptaba un no— y cortó hojas de palmera, ramas de jazmín y bromelias en miniatura. Improvisó un arreglo central que no se parecía al original: era mejor. Más tropical, más auténtico, más Río de Janeiro.

Los brigadeiros —treinta unidades perfectas, enrolladas a mano, con granas belgas que doña Zuleica guardaba "para ocasiones especiales"— quedaron listos con veinte minutos de sobra.

La cena empezó a las ocho. A las diez y media, los seis invitados habían cerrado dos contratos, comido tres fuentes de arroz al horno con costilla, y elogiado el brigadeiro siete veces.

—Doña Raquel —dijo uno de ellos al salir—, su brigadeiro es el mejor que he comido en Río.

Raquel sonrió. Doña Zuleica, detrás de ella, se secó una lágrima con el paño de cocina.

Cuando salió el último invitado, Raquel empezó a recoger los platos. Rafael apareció en la puerta de la cocina. Se apoyó en el marco. La miró durante cinco segundos.

—Felicitaciones.

Una palabra. Raquel sintió que se le calentaba el rostro. Bajó la cabeza.

—Gracias, don Rafael.

Él asintió y salió. Raquel se quedó parada con un plato en la mano y el corazón latiendo donde no debía.

Más tarde, en el despacho, Rafael abrió el registro de acceso del edificio en la tableta. Ahí estaba: Jaqueline da Silva, entrada a las 14:07, salida a las 14:38. Treinta y un minutos.

Llamó a doña Zuleica.

—¿Jaqueline vino hoy?

—Vino, don Rafael. Hace tiempo que...

—¿Qué dijo sobre Raquel?

Doña Zuleica dudó. Rafael esperó. Ella era incapaz de mentirle: en veinte años, nunca lo había logrado.

—Dijo... —Doña Zuleica tragó saliva—. Dijo que los hijos de Quel son hijos de cualquiera. Que Quel siempre fue una aprovechada. Que...

—Basta.

Doña Zuleica calló.

Rafael cerró la tableta. Tenía la mandíbula tan trabada que los músculos del cuello se dibujaban bajo la piel.

—A partir de hoy, Jaqueline da Silva no entra más a este edificio. Si aparece en la portería, el portero me llama. Si insiste, Marcos se encarga.

—Don Rafael, ella es prima de Quel, yo la conozco desde que...

—Doña Zuleica. —Sus ojos cortaron—. ¿Entendió?

—Entendí.

Cuando doña Zuleica salió, Rafael se quedó solo en el despacho. Sacó el celular y llamó a Marcos.

—Marcos, esos hijos de ella... ¿el padre nunca apareció?

La voz de Marcos, seca:

—Nunca, jefe. Su ficha consta como madre soltera desde el registro de nacimiento de los gemelos. Ningún nombre paterno.

Rafael se quedó en silencio ocho segundos. Marcos los contó: ocho segundos de silencio de El Dueño era mucho.

—Averigua quién es.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play