Sinopsis: Enamorado de la mejor amiga de mi mamá
Kaleth Giraldo nunca imaginó que terminaría enamorándose de Estefanía Holguín, la mejor amiga de su mamá. Desde que era pequeño, la conocía como tía Estefanía, una mujer especial que siempre había estado presente en su vida. Sin embargo, los años pasaron y sus sentimientos comenzaron a cambiar, convirtiéndose en un amor que jamás pensó experimentar. Ahora, Kaleth tendrá que encontrar el valor para confesarle lo que siente, arriesgándose a cambiar la relación entre sus familias. Estefanía nunca imaginó que aquel niño que la llamaba tía crecería y la miraría con otros ojos. ¿Podrá el amor superar los prejuicios, las dudas y los secretos que amenazan con separarlos para siempre?
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Capítulo 19: «Te amo, no me olvidés»
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Narrado por Kaleth Giraldo
Estaba en la sala con mi mamá y Estefanía. El ambiente seguía pesado después de toda la discusión, y yo sentía que en cualquier momento iba a pasar algo peor.
Mi mamá no había cambiado de opinión. Seguía convencida de que lo mejor era separarnos, y yo no podía entender cómo una mujer que siempre me había dicho que quería verme feliz ahora pretendía decidir con quién podía estar.
Estefanía se acercó a mí despacito. Tenía los ojos aguados y trataba de contener las lágrimas, pero yo la conocía demasiado bien. Sabía que estaba sufriendo.
—Mi amor… —susurró.
Yo la miré y sentí un nudo en la garganta.
—¿Qué pasó, mi reina?
Ella no respondió. Simplemente me abrazó con fuerza, escondiendo la cara contra mi pecho. Yo la rodeé con mis brazos y apoyé la barbilla sobre su cabeza.
—Te amo, Kaleth —me dijo con la voz quebrada—. Te amo muchísimo, no lo olvidés, amor.
Sentí que el corazón se me partía.
—Yo también te amo, Estefi. No quiero que te vayás así.
Ella se apartó un poquito para mirarme. Tenía las mejillas mojadas y una expresión que nunca había visto en ella. Estaba triste, asustada y cansada de toda aquella situación.
—No quiero que esto termine así, mi vida.
—Entonces no te vayás. Hablemos con mi mamá, busquemos una solución.
Estefanía negó lentamente con la cabeza.
—Ahora no podemos hacer nada, Kaleth. Necesitamos calmarnos.
Me dio un beso en los labios, suave y breve, y volvió a abrazarme.
—No me olvidés, ¿sí?
—¿Cómo te voy a olvidar, mi reina? Vos sos la mujer que amo.
Ella cerró los ojos un momento y después se apartó de mí.
—Te amo —repitió.
Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta, llorando en silencio.
Yo no pude quedarme quieto. La seguí y, justo antes de que saliera, le agarré la mano.
—Estefi, esperá, por favor.
Ella se detuvo, pero no me miró.
—No me hagás esto más difícil, Kaleth.
—No quiero perderte, mi amor.
Estefanía me soltó la mano despacito.
—Yo tampoco quiero perderte.
Y salió.
Me quedé parado junto a la puerta, viéndola alejarse hasta que dejó de estar a mi alcance. Tenía tantas cosas que decirle que ni siquiera sabía por dónde empezar.
Cerré la puerta lentamente y me giré hacia mi mamá.
Karol seguía en la sala, con los brazos cruzados. Su expresión era seria, como si todo lo que acababa de pasar no fuera suficiente para hacerla cambiar de opinión.
La miré, respirando hondo.
—¿Ves lo que provocás, mamá?
Ella levantó la cabeza.
—¿Perdón?
—Estefanía se fue llorando. ¿Eso era lo que querías?
—Yo no le dije que llorara, Kaleth.
—Pero la situación llegó a esto por tu decisión de echarnos y querer separarnos.
Mi mamá suspiró, cansada.
—No voy a discutir otra vez con vos.
—Yo tampoco quiero discutir, mamá. Solo quiero que entendás que Estefanía también tiene sentimientos. No podés tratarla como si no significara nada para mí.
Karol se quedó callada unos segundos. Pensé que tal vez iba a decir algo diferente, pero su respuesta me dejó frío.
—Te vas a Tokio.
La miré sin entender si había escuchado bien.
—¿Qué?
—Te vas a Tokio, Kaleth. Vas a preparar tus cosas y vas a empezar a organizar ese viaje.
—Mamá, yo no quiero irme a Japón.
—No estoy preguntando —me respondió ella, con firmeza.
Me quedé mirándola, sorprendido por la seguridad con la que había pronunciado aquellas palabras.
—¿Entonces ya lo decidiste todo?
—Sí. Creo que necesitás alejarte de esta situación y concentrarte en tus estudios.
—¿Y mi opinión no cuenta?
—En este momento, no voy a cambiar mi decisión.
Tragué saliva y miré hacia las escaleras. Mi habitación estaba arriba, con mis cuadernos, mi uniforme y todas las cosas que formaban parte de mi vida en Cali.
—¿Cuándo querés que me vaya? —pregunté finalmente.
—Vamos a organizarlo lo antes posible.
No respondí. Subí a mi habitación y cerré la puerta sin dar un portazo. Me senté en la cama, saqué el celular y abrí la conversación con Estefanía.
Todavía podía leer sus mensajes bonitos, las palabras que nos habíamos dedicado durante aquellos dos meses y las promesas que nos habíamos hecho.
Le escribí: «Te amo, mi reina. No voy a olvidarte».
Pero no envié nada más.
Me quedé mirando la pantalla, esperando una respuesta que no llegaba.
Esa noche comprendí que mi mamá no estaba dispuesta a escucharme. Y, mientras pensaba en Estefanía y en la posibilidad de terminar al otro lado del mundo, sentí que mi vida estaba cambiando sin que yo hubiera tenido la oportunidad de decidirlo.