Sinopsis
En la pista de carreras y en la sala de juntas, él es una máquina milimétrica: metódico, implacable y con un ego del tamaño de su escudería. En su oficina, es una pesadilla de recursos humanos. Convencido de que cualquier mujer que cruza su puerta solo busca terminar en su cama, despide secretarias antes de que cumplan un mes, escudándose en que ninguna tiene cerebro para los negocios ni carácter para seguirle el paso. Su familia, al borde del colapso corporativo y legal, necesita un milagro para frenar su soberbia.
Ese milagro llega desde el otro lado del Atlántico.
Heredera de un emporio estadounidense y adicta a la adrenalina de las dos ruedas, ella se niega a heredar un trono sin antes forjarse lejos de los favores familiares. La solución es un pacto entre patriarcas: infiltrarla como su nueva asistente ejecutiva bajo una armadura infalible de trajes holgados, gafas pesadas y una indiferencia que desarma cualquier táctica de seducción.
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Capítulo 15: El fantasma de Monza
El lunes a las siete y cuarenta de la mañana, Matteo Castelli tenía el aspecto de un hombre que había pasado el fin de semana negociando con el diablo y perdiendo por goleada.
Tenía ojeras marcadas bajo los ojos avellana, el nudo de su corbata de seda ligeramente ladeado y tres pantallas abiertas en su terminal privada. No estaba revisando las cotizaciones de la Bolsa de Milán ni las actas de la junta directiva. En la pantalla principal se reproducía, en bucle obsesivo y a velocidad reducida al diez por ciento, la grabación en blanco y negro de la cámara de seguridad perimetral de los talleres de Monza.
El vídeo mostraba la curva exterior a las dos y treinta y dos de la madrugada del sábado: una mancha negra cortando la neblina a doscientos sesenta kilómetros por hora, la inclinación imposible del chasis, la rodillera rozando el asfalto en una lluvia de chispas y la salida limpia hacia la recta sin una sola oscilación en la suspensión.
La matrícula trasera era una placa de pruebas no registrada en la base de datos de la policía provincial.
Matteo detuvo el fotograma justo en el ápice de la curva. Amplió la imagen hasta que los píxeles amenazaron con romperse: un mono de cuero negro mate sin parches publicitarios, protecciones de titanio en los hombros y un casco de fibra de carbono integral con pantalla de espejo. Nada más. Ni un número, ni un rasgo visible, ni un logotipo.
—Una Panigale V4 SP2 —masculló Matteo para sí mismo, frotándose los ojos con los dedos pulgar e índice—. Alguien que frena tarde, cambia sin embrague a catorce mil vueltas y tiene el descaro de pasar a tres metros de mi coche como si la carretera fuera suya.
El sonido suave y rítmico del ascensor ejecutivo cortó su monólogo.
Las puertas correderas se abrieron en la planta cuarenta y dos.
Matteo no tuvo que levantar la vista para saber quién acababa de entrar; el eco firme de unos zapatos planos sobre el mármol y esa ráfaga imperceptible de aire limpio bastaron para que los músculos de su espalda se pusieran en guardia.
Gabriela Novak cruzó hacia el mostrador de recepción.
Si la noche del viernes en el Palazzo Visconti había sido una declaración de guerra con su esmoquin negro, el lunes marcaba un retroceso salvaje hacia el peor de sus camuflajes: vestía un jersey de punto trenzado en color caldero deslavado —una prenda informe que parecía haber sido tejida para un estibador naval— sobre una falda larga de pana marrón chocolate con bolsillos de plastrón. Llevaba el cabello recogido en su habitual moño barnizado y las gafas de carey reposaban sobre el puente de su nariz, devolviendo el brillo frío de los fluorescentes.
Dejó una carpeta sobre el mostrador, se quitó un par de guantes de lana sin dedos y encendió su ordenador.
Matteo salió de su despacho con la taza vacía en la mano y la mandíbula tensa. Se detuvo junto al mostrador, apoyando los antebrazos sobre la madera barnizada y cerniéndose sobre ella con una mirada que buscaba fisuras con la insistencia de un microscopio electrónico.
—Siete y cuarenta y cinco, Novak —dijo él, con una voz rasposa que delataba la falta de sueño—. Veo que sobrevivió a los cócteles del Palazzo Visconti sin secuelas aparentes.
Gabriela no levantó la cabeza de inmediato. Tecleó su contraseña de acceso en la terminal antes de mirarlo a través de los cristales gruesos:
—No consumo alcohol en eventos corporativos, señor Castelli, por lo que las «secuelas» son un concepto biológico ajeno a mi rutina. Su espresso doble con leche de avena a sesenta y cinco grados está en la cafetera térmica detrás de usted. Y el informe final de Davenport sobre los doce millones cuatrocientos mil euros ya fue validado por el departamento fiduciario a las siete en punto.
Matteo no miró el café. Dio un paso lateral, invadiendo el espacio personal de la chica hasta quedar a menos de medio metro de su hombro de lana:
—¿Qué hizo el fin de semana, Gabriela?
El tono fue bajo, inquisitivo, casi íntimo.
Gabriela parpadeó despacio detrás de las gafas. No había temblor en sus pestañas, pero una chispa de alerta calculada se encendió en su mente:
—Leí dos tratados sobre derecho mercantil comparado entre la Unión Europea y el estado de Delaware, lavé mi ropa y dormí ocho horas reglamentarias por noche, señor Castelli. Mis fines de semana no forman parte de su paquete de auditoría.
Matteo entrecerró los ojos avellana, inclinándose un centímetro más:
—¿No salió de Milán? ¿No sintió la necesidad de quemar un poco de adrenalina después de la tensión de la gala?
—La adrenalina es un neurotransmisor costoso que prefiero no malgastar en actividades recreativas primitivas —respondió ella con una frialdad glacial—. ¿A qué viene el cuestionario policial? ¿Acaso perdió otra apuesta en el club náutico y necesita verificar mis horarios para sentirse en control de la empresa?
Matteo sintió una punzada de rabia en la boca del estómago. La cercanía volvió a traicionarlo: por encima del olor a lana vieja y papel impreso, una nota sutilísima, casi indetectable de acondicionador de cuero y jabón neutro le rozó el olfato.
Frunció el ceño, clavando la vista en la mano derecha de Gabriela, que descansaba sobre el teclado.
En la base del pulgar, casi oculta bajo el puño deshilachado del jersey caldero, había una leve sombra rojiza: una marca de fricción circular idéntica a la que dejaban los puños de gas de competición cuando se pilotaba durante horas con guantes de pista rígidos.
Matteo extendió la mano con el dedo índice apuntando hacia su muñeca:
—¿Qué es esa marca, Novak?
Gabriela retiró la mano del teclado con un movimiento fluido y pausado, metiéndola en el bolsillo de su falda de pana sin el menor rastro de prisa:
—Una quemadura superficial con la plancha de vapor mientras planchaba mi falda el sábado por la tarde, señor Castelli. A menos que Recursos Humanos haya establecido una normativa que prohíba los accidentes domésticos con electrodomésticos de uso común, no veo la relevancia de su interrogatorio.
Matteo soltó una risa seca, oscura y desprovista de humor, enderezándose despacio:
—Es usted una mentirosa fascinante, Novak. Todavía no sé exactamente en qué me está mintiendo... pero le juro que cuando encuentre la grieta en ese muro de lana, me voy a cobrar cada una de estas mañanas con intereses de usurero.
—Tendrá que esperar sentado, señor Castelli —sentenció ella, abriendo una hoja de cálculo con un chasquido rítmico—. Sus intereses suelen tener un rendimiento bastante pobre cuando chocan contra la realidad.
Antes de que Matteo pudiera responder, el pitido del ascensor privado volvió a sonar.
Las puertas correderas se abrieron para dar paso a Christian Vance.
El piloto británico vestía unos pantalones chinos oscuros, un polo negro de manga corta que marcaba su complexión atlética y una chaqueta de cuero fino de estilo aviador. Llevaba una carpeta de telemetría bajo el brazo y esas gafas de sol oscuras colgando del cuello que delataban su eterna actitud de millonario de vacaciones perpetuas.
Al ver la escena en el mostrador —Matteo cerniéndose sobre Gabriela con cara de haber pasado tres días en un interrogatorio y la asistente mirándolo como si fuera una mancha de humedad en la pared—, Vance se detuvo en seco y una sonrisa salvaje y deliciosa iluminó sus facciones.
—¡Buenos días a la directiva más tensa de Lombardía! —exclamó Christian en inglés, avanzando con paso elástico—. Veo que el fin de semana no sirvió para rebajar la presión en los neumáticos, Matteo. Tienes cara de haber dormido en el suelo de un garaje.
Matteo giró sobre sus talones, maldiciendo por lo bajo mientras se cruzaba de brazos:
—Vance. Creí que tenías un vuelo hacia Silverstone esta mañana.
—Cancelé el vuelo —dijo Christian, deteniéndose junto al mostrador y quitándose la chaqueta con soltura—. El paquete de datos que la señorita Novak me entregó el viernes por la noche en el Visconti resultó ser una mina de oro. Mis ingenieros en Brackley recalibraron el alerón delantero según sus ecuaciones y ganamos dos décimas en el simulador a la primera pasada.
Christian apoyó una mano en el mostrador de Gabriela y se inclinó hacia ella con una reverencia impecable y una sonrisa que habría derretido a media parrilla de la Fórmula 1:
—Señorita Novak. Si alguna vez se cansa de este cavernícola italiano y de su mal café, mi equipo en Northamptonshire tiene un puesto de analista jefe de rendimiento esperándola con el triple de su sueldo actual, un piso en Mayfair y un coche de empresa que no se desarma en las curvas.
Gabriela levantó la vista hacia Vance. Por debajo de las gafas de carey, sus ojos verdes devolvieron el gesto con una chispa de divertida complicidad:
—Agradezco la oferta, señor Vance. Pero la campiña inglesa suele tener un índice de humedad que arruina mis peinados y el señor Castelli todavía tiene trescientas páginas de contratos fiduciarios que no sabe interpretar sin supervisión técnica. Alguien tiene que asegurarse de que no firme la cesión de sus propios circuitos por error.
Christian soltó una carcajada limpia y sonora que resonó en todo el piso ejecutivo, mientras Matteo sentía que la vena de su sien derecha iba a estallar en cualquier momento.
—¡Por Dios, Matteo! —bramó Vance, dándole una palmada en el hombro al italiano que casi lo desestabiliza—. Te dije que la cuidaras. Esta mujer es la única persona en Italia que te dice la verdad en la cara sin pedirte un autógrafo a cambio.
Matteo apartó la mano de Christian de un manotazo seco, con los ojos avellana ardiendo en un fuego homicida:
—A mi despacho, Christian. Ahora. Tenemos que revisar los horarios del túnel de viento para esta noche.
—Por supuesto, socio —respondió Vance con una calma insultante—. Pero antes...
Christian se giró hacia Gabriela, bajando la voz a un tono conspirador que Matteo escuchó con perfecta claridad:
—Por cierto, señorita Novak... ¿Vio las noticias locales de Monza esta mañana? Parece que la policía cantonal y los carabinieri están buscando a un piloto fantasma que estuvo haciendo derrapes a doscientos cincuenta por hora en una Ducati negra alrededor de nuestros talleres a las dos de la madrugada del sábado. Un espectáculo soberbio, según los mecánicos de noche.
Gabriela sostuvo la mirada azul de Christian sin que se le moviera un solo pelo del moño:
—No leo la sección de sucesos viales, señor Vance. El motociclismo urbano me parece una actividad propia de personas con baja tolerancia a la frustración y una esperanza de vida peligrosamente corta.
Christian contuvo una sonrisa torcida, asintiendo despacio:
—Qué lástima. Yo juraría que la persona que iba sobre esa moto entendía la física de las suspensiones casi tan bien como usted.
Matteo se congeló.
Miró a Christian. Luego miró a Gabriela.
La sospecha que llevaba carcomiéndole el cerebro desde las tres de la mañana del sábado conectó de golpe con la marca circular en la muñeca de la chica, con sus reflejos de combate al atrapar la caja de madera en el aire y con esa precisión insultante al corregir la telemetría de Horizonte.
Una idea absurda, demencial y absolutamente imposible cruzó su mente como un relámpago:
¿Novak sobre una Panigale V4 a doscientos sesenta por hora?
Era ridículo. Era un delirio. La mujer vestía un saco de lana caldero, usaba zapatos ortopédicos y comía pollo hervido con pepino en una fiambrera de plástico. No tenía la menor lógica anatómica ni psicológica.
Pero mientras Matteo la observaba desde el umbral de su oficina, vio cómo Gabriela Novak sostenía la mirada burlona de Christian Vance con una calma tan imperial, tan indomable y desprovista de miedo que sintió un escalofrío de pura incertidumbre congelándole la sangre.
Christian caminó hacia la puerta del despacho, deteniéndose junto a Matteo para susurrarle al oído con una diversión venenosa:
—El reloj sigue corriendo, Castelli. Y te recuerdo que Horizonte tiene un color azul cobalto que va a quedar de maravilla en mi garaje de Mónaco. Empieza a preparar los papeles de transferencia... porque esa mujer te va a ganar la partida sin bajarse del escritorio.
Vance entró a la oficina silbando una melodía británica.
Matteo Castelli permaneció en el pasillo durante cinco segundos interminables, clavando sus ojos en la espalda de Gabriela mientras ella volvía a deslizar su lápiz con una disciplina monacal.
—Usted no es una simple secretaria, Novak —susurró Matteo en la penumbra del pasillo, con una determinación salvaje encendiéndose en su pecho—. Y le juro por mi vida que voy a arrancarle ese disfraz antes de que termine el mes, cueste lo que cueste.
Dio media vuelta y entró a su despacho, cerrando la puerta con un golpe que hizo vibrar el cristal, sin saber que la carrera que acababa de comenzar no se iba a definir en las pantallas de telemetría... sino en el terreno donde ninguno de sus cálculos matemáticos tenía el control.