Durante tres años, Valentina Robles creyó ser la mujer que Gabriel Duarte amaba. Hasta que volvió su ex y ella escuchó la verdad: él solo había estado buscando a otra en su rostro.
Valentina no va a competir por un lugar que nunca fue suyo. Acepta el matrimonio que antes había rechazado y vuelve a casa, decidida a dejar a Gabriel atrás. Lo que él no sabe es que la mujer a la que dio por sentada es una heredera que ya no necesita ocultarse.
A su lado está Alejandro Ferrer, dispuesto a darle algo que con Gabriel nunca tuvo: confianza sin condiciones.
Pero Gabriel no acepta haberla perdido. Y Valentina ya no está dispuesta a ser la segunda opción de nadie.
NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 24
024. También puedes intentar apoyarte en mí
La respuesta de la policía fue estrictamente profesional.
—Hemos recibido su denuncia y abriremos una investigación por violación. Pero también abriremos la investigación por las lesiones que usted causó. Es un asunto de acción pública. Determinar si hubo legítima defensa le corresponde al tribunal.
Valentina asintió.
—Entiendo.
Después de pagar la fianza, salió de la comisaría y subió al auto de Alejandro.
—Voy a llamar para que retiren el caso —dijo él.
Ella negó con la cabeza.
—No hace falta. Confío en que puedo salir de esto sin consecuencias.
La noche lo cubría todo. Alrededor no se oía nada y, en la oscuridad, apenas se distinguía el rostro de Alejandro. Su voz era grave.
—Vale, cada vez que te pasa algo cargas con todo sola. También puedes intentar apoyarte en mí.
Valentina guardó silencio un momento y suspiró.
—Después de que murió mi mamá, pasé mucho tiempo hundida —dijo muy bajito—. Luego mi papá se volvió a casar. Sentí que ya no tenía a nadie cercano en este mundo.
La noche estaba en silencio. Los dos permanecían sentados uno al lado del otro en el auto. La oscuridad ocultaba el rostro de Valentina y la tristeza de sus ojos. Intentó sonar despreocupada.
—Después me acostumbré a cargar sola con todo. Porque ya no sabía en quién podía apoyarme.
Alejandro sintió como si algo le hubiera picado el corazón. La miró con dolor por ella.
—Me tienes a mí.
Valentina no respondió. Lo que Natalia había contado aquel día había dejado una semilla en su interior. Daniela, la hermana de Alejandro solo de nombre, quizá sintiera por él algo que no podía reconocer abiertamente.
Hasta donde sabía, él la consentía bastante. Aunque el día anterior la había reprendido por su actitud, a Valentina le parecía claro que se había enojado porque Daniela fue descortés, maleducada y dejó mal a los Ferrer. No porque quisiera defenderla a ella.
Estaba segura de que no podía pesar tanto en su corazón como la hermana con la que había crecido. Si algún día chocaban, él se pondría del lado de Daniela. Para no decepcionarse después, decidió no hacerse ilusiones con Alejandro.
Su silencio lo hizo sentirse derrotado. Él suspiró y le acarició el cabello con suavidad.
—Vale, acuérdate de esto. Pase lo que pase, voy a estar de tu lado.
Con la cabeza baja, ella dejó escapar un «sí» muy leve.
***
Después de llevarla a casa, Alejandro hizo una llamada y consiguió que retiraran en la comisaría el caso por lesiones. Luego llamó a su asistente.
—Averigua en qué hospital están los dos que acosaron a Vale. Ve a encargarte del asunto.
El tatuado ya había salido de la operación y descansaba en la cama. La del rubio estaba junto a la suya. Un hombre con mascarilla entró en la habitación.
Los dos lo reconocieron. En el bar, él les había transferido 8 000 dólares a cada uno para que acosaran a aquella mujer. De no ser por él, no habrían terminado así. Al tatuado le habían reventado los dos huevos. Ya no podría dejar descendencia.
¿Cómo iba a arreglarse aquello con 8 000 dólares?
Apretó los dientes de rabia.
—¡Me cago en tu abuela! ¡¿Por qué no dijiste que sabía pelear?! ¡De una puta patada me dejó sin poder tener hijos!
—Cállate —respondió el hombre, impaciente—. Les daré otros 48 000 dólares a cada uno. Si pregunta la policía, digan que la vieron, les dieron ganas y actuaron por su cuenta. No digan que alguien los mandó. ¿Entendido?
El rubio aceptó al instante.
—Hecho.
Solo tenía el brazo dislocado. Con el yeso y un tiempo para recuperarse quedaría bien. ¡Cuarenta y ocho mil dólares eran una ganancia enorme! El tatuado no estaba de acuerdo.
—¿Cuarenta y ocho mil? ¿Me estás dando limosna? ¡Ya no puedo tener hijos! ¡Quiero 160 000!
El hombre de la mascarilla respiró aliviado. Solo 160 000. La señorita había dicho que podía llegar a los 800 000. Bastaba con que se atribuyeran lo ocurrido y no revelaran que recibieron órdenes. Si decían que alguien los había mandado y los Robles y los Ferrer investigaban, pronto llegarían hasta ella.
Ya había pensado ofrecer 320 000 dólares si el tatuado se negaba. Y resultaba que con 160 000 podía quitárselo de encima.
—Está bien —dijo en voz baja—. Denme sus números de cuenta. En un rato les transfiero el dinero. Pero, si sueltan una sola palabra, no solo se quedan sin cobrar. También se quedan sin vida. Piénsenlo bien.
Su amenaza continuó:
—Si se hacen responsables, lo peor que les puede pasar son unos años de cárcel. Si se les escapa algo, haré que entren vivos y salgan muertos.
El tatuado y el rubio se mearon de miedo. Alguien que podía sacar más de 160 000 dólares así, sin esfuerzo, evidentemente no era alguien con quien meterse. Creían que podía cumplirlo.
***
Poco después de que se fuera el hombre de la mascarilla, llegó Martín Vega, el asistente de Alejandro.
—¿Qué pasa? ¿Hay algo más…?
El tatuado creyó que el otro había vuelto y habló sin pensar. A mitad de la frase vio que no era él y se calló enseguida. Los ojos de Martín eran fríos.
—¿Cómo? ¿Vino alguien antes?
—No. —El tatuado lo miró—. ¿Quién eres? ¿Vienes a verme?
—¿Por qué acosaron esta noche a la señorita Robles?
—Nos dieron ganas al verla. La chica está buena y a los dos nos picó el deseo.
El rubio asintió para respaldarlo.
—Sí, sí. La mujer tiene lo suyo.
Martín entornó los ojos.
—Límpiense la boca. Una obscenidad más y mando que les corten la lengua.
Dos guardaespaldas de traje negro aparecieron detrás de él. Los hombres se quedaron aturdidos de miedo. ¿Qué demonios les estaba pasando? Solo entonces comprendieron que se habían metido con alguien intocable.
—¿Es la verdad? —volvió a preguntar Martín—. Piénsenlo bien antes de hablar.
Recordaron la amenaza del hombre de la mascarilla. No se atrevían a soltar una sola palabra. Si hablaban, perderían el dinero y la vida. Insistieron en que habían bebido demasiado y actuado por el deseo que les provocó verla.
Martín no consiguió sacarles nada. Se fue con los guardaespaldas.
***
A la mañana siguiente, poco después de levantarse, Valentina recibió una llamada de la comisaría. El caso por lesiones se había retirado. No le sorprendió demasiado. Sabía que Alejandro había intervenido.
Confiaba en que, si llegaban a juicio, podría defenderse y conseguir que se reconociera la legítima defensa y la absolvieran. Pero, como él ya había actuado, tampoco tenía sentido volver a impedírselo.
Lo llamó para agradecerle con cortesía. Su voz no sonó muy contenta.
—Vale, conmigo no tienes que dar las gracias. Y no quiero volver a oírte decir «gracias».
Ella estaba frente al ventanal de su dormitorio, con el teléfono en la mano.
—Está bien. Lo entiendo.
—Los dos que se metieron contigo anoche van a pagar por ello.
A Valentina le preocupó que hiciera algo ilegal.
—Anoche ya pagaron. La ley también va a castigarlos. No tienes que hacer nada más. Dejemos lo que falta en manos de la justicia.
La voz de Alejandro bajó mucho. Incluso por teléfono se percibía la fuerza de su autoridad.
—No voy a dejar pasar a nadie que te haga daño.
Valentina escuchó en silencio.
¿Y si Daniela le hacía daño?
¿También pensaría lo mismo?