Sofía Nieto reservó una habitación de hotel para entregarle su primera vez al novio con quien llevaba dos años.
Pero, en la oscuridad, terminó abrazando al hombre equivocado.
A la mañana siguiente despertó desnuda junto a Damián Godoy: un magnate diez años mayor que ella, dueño de un imperio empresarial y conocido en toda Ciudad Aurora como el Verdugo. Frío, dominante y peligrosamente poderoso, Damián estaba acostumbrado a conseguir todo lo que deseaba.
Y desde aquella noche, empezó a desearla a ella.
Sofía quiso olvidarlo y volver con su novio. Sin embargo, descubrió que él la había traicionado y acababa de casarse con la mujer que provocó el error del hotel. Como si eso no bastara, un accidente dejó a su padre al borde de la muerte y a su familia con una deuda de medio millón de pesos.
Damián pagó la deuda.
Pero no pensaba dejarla desaparecer después.
—Me debes medio millón, nena. Y pienso cobrarlo.
Sofía entra así en el mundo del hombre más temido de la ciudad: su empresa, su casa y una relación que debía terminar en cuanto la deuda quedara saldada.
Para Damián, ella solo sería un antojo pasajero.
Hasta que comenzó a ponerse celoso de cualquier hombre que la mirara.
Hasta que fue incapaz de dormir sin tenerla entre sus brazos.
Hasta que estuvo dispuesto a enfrentar a su familia, a sus enemigos y al mundo entero con tal de protegerla.
Pero Sofía no quiere cambiar una deuda por una jaula. Mientras lucha por construir una carrera, comprar su propia casa y dejar de vivir para los demás, deberá descubrir si Damián realmente la ama… o si solo desea poseerla.
Él creyó que terminaría cansándose de ella.
No sabía que aquella muchacha que entró por error en su cama acabaría convirtiéndose en su única debilidad.
En su antojo.
En su adicción más dulce.
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Capítulo 15
Capítulo 15: El bar de las máscaras
Damián volvió de la tienda con la bolsa colgando de la mano y una cara de fastidio que se le deshizo apenas me vio.
Yo seguía hecha bolita en el sillón, con la bolsa de agua caliente ya tibia sobre la panza, medio dormida y medio quejándome. Él dejó las toallas en la mesa, se sentó en la orilla del cojín y, en vez de burlarse como yo esperaba —como cualquier hombre se hubiera burlado—, hizo algo que me desarmó por completo.
Se frotó las manos.
Se frotó las palmas una contra otra, fuerte, hasta que las sentí calientes cuando me levantó la blusa un poco y me las puso en el bajo vientre. Grandes, tibias, quietas. El calor de sus manos me atravesó la piel y me fue aflojando el nudo del cólico de a poquito, como quien deshace un puño apretado.
—¿Aquí? —preguntó, ronco, moviendo la palma un centímetro.
—Ahí —murmuré, con los ojos cerrados.
No dijo más. Me sobó despacio, en círculos lentos, con una paciencia que no le conocía a nadie y menos a él, al que hacía temblar salas de juntas con una sola ceja. Cada vez que las manos se le enfriaban se las volvía a frotar y me las regresaba calientes, y así, entre el calor y su respiración pareja a mi lado, se me fue soltando el dolor y se me fue soltando el cuerpo.
No hubo prisa ni deseo, o no del deseo de las otras noches. Fue otra cosa. Me subió la blusa apenas lo necesario y me fue calentando la piel con las manos abiertas, con la boca a veces, un beso tibio en la cadera, en el ombligo, sin buscar nada más que quitarme el dolor. Yo me dejé, blanda, abriéndome a ese cuidado como no me había dejado nunca con nadie, ni siquiera con Kevin en dos años. Le agarré una mano y me la apreté contra la panza y él la dejó ahí, quieta, cargando su propio calor, mientras con la otra me acariciaba el pelo hacia atrás, despacio, hasta la nuca.
—Duérmete —me dijo bajito, contra la coronilla—. Yo te cuido.
Y me arrulló. El gran Verdugo me arrulló como a una escuincla enferma, con la mano caliente en el vientre y el corazón latiéndome a mí en la sien contra su pecho, hasta que se me cerraron los ojos y me quedé dormida sobre él.
Cuando desperté, un rato después, el dolor era apenas un eco. Y él seguía ahí, despierto, mirándome en la penumbra con una cara que no supe leer.
—Tienes mala noche —dijo—. Vístete. Te saco a que te dé el aire.
—Estoy en mis días, Damián, no ando de fiesta.
—Un agua mineral y ya. Para que dejes de pensar en la panza. —Ya se estaba parando—. Ándale, nena.
—————
Lo que yo no sabía —lo que pasaba a esa misma hora, unas cuadras más arriba, en la zona alta de la ciudad— era la otra historia.
En un bar de esos de luz baja y privados de terciopelo, con la música arrastrándose entre el humo, Fabián Cortés tenía a Roxana Belmonte sentada a horcajadas sobre sus piernas.
No era la primera noche. Hacía meses ya. Fabián, el "esposo modelo" que en Velatech ponían de ejemplo —"míralo, tantos años y todavía enamorado de su mujer"—, se aflojaba la corbata en ese privado y dejaba caer la máscara con un alivio de borracho.
Su matrimonio con Renata León se había enfriado como se enfrían casi todos: sin un solo grito, a puro descuido, a puro año encima, a puro hijo y trabajo y cansancio. Y en ese hueco tibio se había metido Roxana, desinhibida, ambiciosa, sin un gramo de escrúpulo, y lo había vuelto adicto a ella como quien vuelve a un vicio que se creía superado.
—Si te marca Renata —le dijo Roxana esa noche, jugándole con el cuello—, le dices que estás cerrando un trato con Godoy. Que Damián te tuvo hasta tarde. ¿Quién le va a decir que no?
Fabián se rió, blando.
—Eres el diablo.
—Soy lista. —Ella no se rió—. Y un día de estos, Fabián, tú y yo vamos a estar en esa casa, y la que va a estar afuera es ella.
Roxana no buscaba amor. El amor lo daba por muerto desde hacía años, desde que se le había torcido la vida esperando a un hombre —Damián— que nunca la miró. Ahora buscaba otra cosa. El lugar. El apellido. El ascenso. El sillón de señora Cortés que llevaba tiempo viendo de lejos, mientras a ella le tocaba siempre el privado, la sombra, la máscara.
—Tú tranquilo —le dijo, sirviéndole otra copa que él ni debía—. Renata está en su mundo, con el niño, con sus juntas. No sospecha nada. Las esposas nunca sospechan hasta que ya es tarde. —Se rió, bajito—. Y para cuando sospeche, ya tú y yo vamos a estar del otro lado.
Fabián se dejó querer, blando, medio borracho, creyéndose intocable. El "esposo modelo". El ejemplo de la oficina. La máscara puesta tan pegada a la cara que ya ni él sabía dónde terminaba el disfraz y dónde empezaba lo podrido.
—————
Damián me acomodó en un privado del mismo bar y pidió mi agua mineral con limón y un café para él. No tomaba. Nunca lo había visto tomar una gota de alcohol, y esa noche, con el estómago revuelto, se lo agradecí sin decirlo.
Estaba yo empezando a soltar el cuerpo, arrullada por la música y el brazo de Damián sobre mis hombros, cuando levanté la vista hacia el privado de enfrente.
Y el mundo se me detuvo.
Ahí, a unos metros, entre las luces bajas, estaba mi jefe. Fabián Cortés. El "esposo modelo". Con una mujer encima. Y no cualquier mujer: Roxana. La misma Roxana que hasta nosotros criticábamos en las cenas, la que todos sabían pretendiente de Damián, colgada del cuello de Fabián, acariciándolo, besándole la mandíbula con toda la confianza del mundo.
Se me fue el aire.
Até cabos en dos segundos. El hombre que toda la oficina admiraba por devoto, por fiel, por bueno, engañaba a su mujer. Y encima con ella. Se me subió una náusea que no era del cólico.
—Damián. —Le agarré el brazo—. Ese es mi jefe. Fabián. El de Velatech. Ese que está con…
—Ya lo vi. —Ni se movió. Le dio un trago a su café—. No es tu asunto, nena. No te metas.
Lo miré, incrédula.
—¿Cómo que no es mi asunto? Está engañando a su esposa. Enfrente de todos.
—Enfrente de nadie. Aquí nadie ve nada. —Se encogió de hombros con una frialdad que me heló—. Cada quien su casa, Sofía. El que se mete en cama ajena sale con las manos sucias y sin ganar nada. Tú tómate tu agua.
Cada quien su casa. Lo dijo como quien dice que va a llover. Y ahí, por primera vez, sentí una grieta abrirse entre nosotros. Yo, que no podía ni mirar aquello sin que se me revolviera todo por dentro. Él, que lo veía y se encogía de hombros. Para mí, callar era ser cómplice. Para él, meterse era hacerse enemigos y perder el tiempo.
Y entonces pasó lo peor.
Fabián levantó la vista, nos reconoció, y en vez de esconderse, en vez de siquiera sonrojarse, alzó la copa hacia Damián con una sonrisa relajada, de compadre. Roxana ni se bajó de sus piernas. Fabián se inclinó, le dijo algo al oído a un mesero, y le mandó a Damián, por señas, un "salud" de lo más campante.
Yo lo vi todo con la boca seca.
Y lo vi también hacer con los labios, despacio, para que Damián le leyera de lejos, unas palabras que me cayeron encima como agua fría:
—Compadre. Si me marca mi esposa… tú me cubres.
Miré a Damián.
Y Damián, con la taza a medio camino de la boca, apenas movió la cabeza. Un gesto mínimo. Un asentimiento.
El calor de sus manos —el que hacía una hora me había curado el vientre— se me enfrió de golpe en la piel, como si nunca hubiera estado.