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Mi Suggar Es Un Mafioso

Mi Suggar Es Un Mafioso

Status: Terminada
Genre:Diferencia de edad / Amor prohibido / Posesivo / Mafia / Romance / Completas
Popularitas:4M
Nilai: 5
nombre de autor: Celina González ♥️

En las calles vibrantes, pero peligrosas de Medellín, Zaira, una joven brillante y luchadora de 25 años, está a tres semestres de alcanzar su sueño de graduarse. Sin embargo, la pobreza amenaza con arrebatarle su futuro. En un intento desesperado, accede a acompañar a su mejor amiga a un club exclusivo, sin imaginar que sería una trampa.

Allí, en medio de luces tenues y promesas vacías, se cruza con Leonardo Santos, un hombre de 49 años, magnate de negocios oscuros, atormentado por el asesinato de su esposa e hijo. Una noche de pasión los une irremediablemente, arrastrándola a un mundo donde el amor es un riesgo y cada caricia puede costar la vida.

Mientras Zaira lucha entre su moral, su deseo y el peligro que representa Leonardo, enemigos del pasado resurgen, dispuestos a acabar con ella para herir al implacable mafioso.
Traiciones, secretos, alianzas prohibidas y un amor que desafía la muerte.

NovelToon tiene autorización de Celina González ♥️ para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 13

Zaira apoyó sus manos en su pecho con intención de apartarlo. Sintió el calor abrasador que emanaba de su cuerpo, la tensión de sus músculos bajo la camisa empapada de deseo, y el latido firme de su corazón retumbando en la yema de sus dedos. Su propio corazón parecía intentar seguirle el ritmo, desbocado, descontrolado.

Pero su fuerza flaqueó. Sus dedos, en lugar de empujar, se aferraron con debilidad al tejido, temblorosos. No lo empujó lo suficiente.

Leonardo, perceptivo, ladeó la cabeza. Sonrió apenas, esa sonrisa oscura y ladina que prometía caos y pecado.

—No me rechazas, Zaira —susurró contra su oído, su aliento caliente estremeciéndole la piel del cuello—. Solo tienes miedo de cuánto me deseas.

Su voz era una caricia grave, como terciopelo desgarrado. Le recorrió la espina dorsal como un escalofrío húmedo. Zaira abrió la boca para negarlo, pero no alcanzó.

Leonardo se abalanzó sobre sus labios, reclamándolos como si fueran suyos por derecho. El beso fue una embestida, un asalto, una batalla perdida desde el primer roce.

Sus bocas se encontraron con una violencia primitiva, cargadas de hambre y resentimiento acumulado. El sabor de él la invadió, varonil, cálido, con un dejo de vino y deseo. La besó de forma cruda, sin pedir permiso, arrancándole un gemido ahogado que él devoró sin piedad.

Sus manos grandes rodearon su cintura con brutal determinación, atrayéndola contra su cuerpo. El contacto de su erección, dura y palpitante, presionando su bajo vientre, le arrancó un jadeo que no pudo esconder.

Zaira soltó un sollozo que era rabia... y deseo.

Se odió por no apartarlo. Por cómo su piel se erizaba, por la electricidad que chisporroteaba en sus nervios, por la humedad pegajosa que crecía entre sus muslos como un secreto vergonzoso.

Leonardo deslizó una mano por su espalda, bajando lentamente, como si la memorizara con los dedos. La curva de su cintura, la firmeza de sus caderas, la temblorosa sumisión de su cuerpo.

—Mía —gruñó, su voz desgarrada por la lujuria, rugiendo contra su boca—. Toda tú, maldita sea.

La alzó del suelo como si fuera peso pluma. Zaira emitió un pequeño grito de sorpresa mientras la llevaba a la pared más cercana. El golpe seco de su espalda contra el muro la hizo jadear, pero no tuvo tiempo de protestar.

Los labios de Leonardo descendieron como un vendaval por su cuello, su clavícula, dejando un rastro de saliva ardiente, mordiscos que la marcarían como una obra firmada. Su aliento era fuego sobre su piel. Zaira arqueó la espalda involuntariamente, ofreciéndose sin siquiera ser consciente.

—Dime que no me quieres —susurró él, con la voz rasgada por la ansiedad, mientras sus dedos torpes liberaban el primer botón de su blusa.

Zaira tembló. Quiso gritar que no. Que lo odiaba. Que aquello era un error.

Pero solo un gemido escapó de su garganta cuando él bajó la tela y su boca atrapó uno de sus pezones a través del encaje, húmedo ahora por su lengua. La succión era cálida, envolvente, su lengua dibujaba espirales que hacían que su cuerpo se derritiera como cera.

Ella se aferró a su nuca con desesperación, sus dedos hundiéndose en su cabello, atrayéndolo más. Como si el placer pudiera justificar la debilidad.

—Leonardo, soy Leonardo —murmuró él, deseando escuchar su nombre en la boca de ella.

—Leonardo... —jadeó, perdida, su voz un suspiro apenas audible entre placer y culpa.

Él sonrió contra su piel, esa sonrisa de depredador satisfecho, hambriento todavía. Con manos impacientes, se abrió paso bajo su pantalón, descendiendo por sus muslos hasta encontrar su ropa interior. Al sentirla empapada, su aliento se volvió más áspero, más salvaje.

—Mírate —susurró, frotando con sus dedos la tela húmeda—. Tan mojada para mí...

Zaira cerró los ojos con fuerza, la vergüenza mezclada con un placer que la desarmaba.

Pero su cuerpo no mentía.

Leonardo apartó la tela sin piedad y la acarició directamente. Su dedo se hundió en su interior con una facilidad insultante, arrancándole un grito contenido.

—Eres perfecta —jadeó él—. Tan apretada... tan jodidamente dulce.

Ella se movió contra su mano, sus caderas siguiendo el ritmo instintivamente. Su cuerpo había tomado el control, hambriento, insaciable.

Leonardo rio, una risa baja, gutural, llena de triunfo.

—¿Ves? —susurró, lamiendo la punta de su seno antes de morderla—. Eres mía. No luches más.

De un tirón, le quitó el pantalón y la blusa, dejándola expuesta ante él. Su mirada recorrió cada centímetro de su cuerpo con un deseo oscuro, reverente, cruel. Acarició sus pechos, los besó con ternura impía, alternando entre mordidas y caricias.

Luego quito su cinturón y bajó la bragueta de su pantalón. El sonido metálico pareció llenar la habitación, como una sentencia.

Liberó su erección, gruesa, caliente, hinchada de deseo. Zaira la vio y tragó saliva con dificultad, su garganta seca.

Leonardo la miró, buscando arrepentimiento. Una señal. Una palabra. Un gesto.

Pero ella solo temblaba. Estaba perdida. Y él lo sabía.

La sujetó por las caderas, alzó una de sus piernas y la penetró con un solo empujón, hundiéndose en su cuerpo hasta el fondo. Fue como una explosión. Un desgarro de placer.

Zaira gritó, su espalda arqueándose contra la pared, aferrada a sus hombros. Lo sentía dentro, tan profundamente que casi dolía.

Y lo amó.

Y lo odió.

—Mía —rugió Leonardo entre dientes, empujando aún más.

Cada embestida era un latigazo de lujuria, estocadas profundas, controladas, que la hacían perder el aliento. El sonido de sus cuerpos chocando, húmedo, brutal, llenaba el aire junto a los jadeos y susurros entrecortados.

Zaira arañó su espalda, su cuello, su pecho.

Quería huir y quedarse. Quería que no se detuviera nunca.

Leonardo lamía su garganta, mordía su hombro, le susurraba al oído palabras sucias y adoraciones impías.

—Tan estrecha, joder... He soñado con este momento cada maldita noche desde que te probé...

Su ritmo aumentó, más rápido, más intenso. El cuerpo de Zaira vibraba contra la pared, sus piernas rodeándolo ya sin resistencia.

Cuando el clímax la alcanzó, fue como una explosión que le robó el aire. Su sexo se contrajo violentamente alrededor de él, su voz se quebró en un gemido que parecía una súplica.

Leonardo gruñó su nombre como un lobo al devorar a su presa. Se dejó ir, embistiéndola una última vez, derramándose en su interior con un grito ahogado, los músculos tensos, el rostro hundido en su cuello.

Permanecieron así, fundidos, jadeando como si el mundo hubiera dejado de girar.

El sudor pegaba sus cuerpos.

Sus corazones latían al mismo compás.

Leonardo apoyó la frente contra la de ella, su respiración cálida rozando sus labios temblorosos. Su boca la besó apenas, como si ahora, después del infierno, pudiera permitirse ternura.

—Te lo dije —susurró con una sonrisa ladina—. No escaparás de mí.

Zaira cerró los ojos.

Las lágrimas resbalaron por sus mejillas, silenciosas.

No sabía si eran de rabia… o por haber sentido el placer más devastador de su vida.

Solo sabía una cosa: Estaba atrapada. Irremediablemente atrapada en las redes de Leonardo. Y ya era demasiado tarde para escapar.

1
Maria Jose Campos Arredondo
Muy bonito.
Yudy Montañez
quedó la incógnita que sucedió con lo que tenía donde quedó Marcelo fue un buen personaje y se quedó sin final
Yudy Montañez
juzgaban
Yudy Montañez
mejor el mafioso que su amiga
Yudy Montañez
cómo que que? pues es de el usted lo sabe o de quién más 🧐
Yudy Montañez
se pasó de sapo
Yudy Montañez
/Hammer//Hammer/
Yudy Montañez
Zaira hubiera jugado un poco más que hubiera visto lo loco que lo trae y solo con la boca
Yudy Montañez
siempre que nombra madera cuando relata a Leonardo me imagino un anciano, nada parecido al protagonista claro que el modelo de la foto no va conmigo, prefiero imaginar uno tipo Johnny depp que rompa la cama 🤭
Yudy Montañez
Tatiana es triste pero por lo que he leído de ti, creí que vas a tener el final que no quieres
Yudy Montañez
se droga o porque siempre lleva gafas grandes
Yudy Montañez
que imaginación lastima que para hombres no hay en realidad
Yudy Montañez
a qué huele el sol húmedo?
Yudy Montañez
está parece de 15 y eso 😡
Yudy Montañez
el otro esperando que está vez ella llamara y la otra pensando en las huevas de gallo que coraje
Yudy Montañez
cómo idiota porque no lo llama no solo el debe mostrar interés que pendeja solo espera que el haga todo
Yudy Montañez
no sé supone que a ese celular solo la llama el, aparte porque ella no lo llama solo acude a el cuando se la van a cojer y de resto haciéndose la sufrida
Yudy Montañez
definitivamente desde que conoció a Leonardo no aprendió sino a cojer
Yudy Montañez
siempre vuelve a lo mismo que no es la misma
Yudy Montañez
🤣🤣🤣🤣🤣 tanto drama que hizo, para sentirse mal porque no va a estar
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