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Vínculos De Sangre Y Seda

Vínculos De Sangre Y Seda

Status: En proceso
Genre:Romance / Mafia / Matrimonio arreglado
Popularitas:613
Nilai: 5
nombre de autor: Den Arg

En el peligroso submundo de la mafia en Nueva York e Italia, dos familias enemigas acérrimas —los Moretti y los Romano— se disputan el control del imperio.

Matteo Romano, el frío y heredero despiadado de la mafia Romano, se ve obligado a entrar en una tregua cuando conoce a Elena Moretti, la inteligente y reservada hija menor del clan enemigo.

Lo que comienza como un pacto estratégico de matrimonio de conveniencia pronto se transforma en un peligroso juego de pasión, lealtades divididas, traiciones familiares y un amor que podría salvarlos o destruirlos a todos.

NovelToon tiene autorización de Den Arg para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 14: LA TRAMPA DE QUEENSLAND

El reloj de la pared del centro táctico improvisado marcaba las 11:45 de la noche. En el exterior, la tormenta de otoño que había azotado Brooklyn y Manhattan durante las últimas horas se había transformado en una llovizna persistente que cubría las calles industriales de Queens con una capa de neblina brillante.

El almacén secundario número 7, situado en un callejón sin salida junto a los antiguos astilleros del East River, parecía completamente abandonado. Con las ventanas tapiadas con planchas de madera podrida y la fachada cubierta de grafitis descoloridos, cumplía a la perfección con la apariencia de una propiedad en desuso. Sin embargo, bajo esa fachada de abandono, el edificio se había convertido en una fortaleza silenciosa.

En el interior, la oscuridad era casi absoluta, rota únicamente por las luces verdes de los monitores de visión nocturna y los indicadores de estado de los equipos de comunicación analógica.

Matteo Romano, vestido con un suéter táctico negro y un abrigo oscuro que disimulaba el chaleco antibalas, revisaba el mapa esquemático de las entradas del almacén sobre una mesa de metal oxidado.

Gabriel se acercó a él con pasos sigilosos, manteniendo la voz en un susurro controlado.

—Los francotiradores ya están posicionados en las azoteas de los edificios colindantes, Matteo —informó el jefe de seguridad, ajustándose los auriculares de transmisión—. Los dos contenedores señuelo están en el centro de la nave principal, equipados con los dispositivos de rastreo que ordenaste. Si abren las puertas o intentan manipular el panel de cifrado, la señal satelital nos dará la posición exacta de su nodo principal.

Matteo asintió levemente, comprobando el cargador de su pistola antes de volver a enfundarla.

—¿Y los capitanes? —preguntó.

—Salvatore y Luca están con sus respectivas escuadras bloqueando las dos salidas posibles del callejón —respondió Gabriel, dudando un segundo antes de añadir—. La signorina Elena insiste en permanecer en el puesto de mando secundario, en el vehículo de comunicaciones. Intenté convencerla de que se quedara en la casona con la guardia principal, pero... sabes cómo es cuando toma una decisión.

Una sombra de una media sonrisa cruzó por los labios de Matteo. Sabía perfectamente que intentar ordenar a Elena que se quedara atrás era una pérdida de tiempo.

—Déjala ahí —ordenó Matteo con firmeza—. Tiene más sangre fría que la mitad de los muchachos que patrullan los muelles. Solo asegúrate de que un hombre de confianza no se aparte de su lado ni un solo segundo.

A cincuenta metros del almacén principal, en el interior de una furgoneta de comunicaciones adaptada e indetectable, Elena observaba las pantallas de los monitores tácticos. Llevaba una chaqueta impermeable oscura, el cabello recogido en una coleta alta y la respiración pausada. Frente a ella, las cámaras térmicas mostraban el perímetro exterior completamente limpio... al menos por ahora.

La puerta lateral de la furgoneta se abrió con suavidad y Matteo entró, sacudiéndose las gotas de lluvia de los hombros. Se detuvo junto a ella, observando las pantallas antes de mirarla directamente a los ojos.

—Te dije que este no era un lugar para espectadores, Elena —dijo Matteo con un tono que mezclaba la reprimenda y un profundo reconocimiento.

—No vine como espectadora, Matteo —respondió ella, girándose en el asiento giratorio para enfrentarlo—. Fui yo quien sugirió estos almacenes porque conozco cada punto ciego y cada ruta de escape que utilizaban los antiguos intermediarios de mi familia. Si los Barzini van a caer en esta trampa, necesito asegurarme de que no quede ninguna vía abierta para que se filtren de nuevo.

Matteo la observó en silencio durante unos segundos. La luz verde de las pantallas proyectaba un reflejo metálico sobre sus pómulos, acentuando la determinación inquebrantable en su mirada. En lugar de discutir, Matteo se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando una mano sobre el respaldo de su asiento.

—Si las cosas se ponen feas y los francotiradores tienen que abrir fuego, te metes bajo la consola y no levantas la cabeza hasta que yo te lo ordene. ¿Entendido? —le advirtió en un tono grave, casi una orden de protección absoluta.

Elena sintió un vuelco cálido en el pecho a pesar de la gravedad de la situación. Asintió despacio, sin apartar los ojos de los suyos.

—Entendido.

En ese preciso instante, el comunicador de la mesa de control estalló con una interferencia estática antes de que la voz de Gabriel resonara con urgencia:

—¡Alerta en el sector norte! Dos vehículos sin luces acaban de ingresar por el callejón trasero. Se están deteniendo frente a la puerta de carga del almacén 7. Son al menos seis hombres armados.

Matteo se enderezó de inmediato, recuperando la fría máscara del estratega letal.

—Es el equipo de avanzada de los Barzini —murmuró Matteo, ajustándose los guantes tácticos—. Van a intentar asegurar los contenedores antes de moverlos con los camiones de transporte.

—Matteo —intervino Elena con rapidez, señalando una de las pantallas térmicas secundarias que mostraba un callejón lateral—. Mira la ruta de aproximación. No se estacionaron de frente a la puerta principal como lo haría un grupo de asalto común. Están flanqueando los muros laterales. Saben que este almacén tiene salidas secundarias.

Matteo analizó el movimiento en la pantalla durante un segundo. Elena tenía razón; los atacantes operaban con tácticas de guerrilla urbana, anticipándose a una posible emboscada.

—Gabriel —ordenó Matteo a través de la radio privada, con voz cortante y precisa—, diles a Luca y a Salvatore que no cierren el callejón todavía. Dejen que entren en la nave principal. Que muerdan el anzuelo por completo. Cuando los dos contenedores estén rodeados y abran el sistema de rastreo, cerramos las puertas del callejón como una ratonera.

—Recibido, Matteo. Esperamos luz verde. —respondió la voz de Gabriel desde la estática.

Los minutos siguientes transcurrieron en un silencio absoluto dentro del puesto de mando. A través de las cámaras de visión nocturna, Matteo y Elena observaban cómo las siluetas oscuras de los hombres armados se movían con sigilo por el perímetro del almacén abandonado. Llevaban pasamontañas oscuros y fusiles con silenciadores acoplados.

Uno de ellos, evidentemente el líder del comando, hizo una seña con la mano y dos de sus subordinados forzaron el candado de la puerta de carga lateral con una palanca hidráulica. El pesado panel metálico se deslizó hacia un lado con un chirrido sordo que se perdió entre el ruido de la llovizna.

Los hombres de los Barzini ingresaron a la nave principal con las armas en alto, iluminando las esquinas con linternas acopladas a los cañones. Se dirigieron directamente hacia los dos grandes contenedores metálicos que simulaban albergar la tecnología robada en Newark.

—Están examinando los paneles de seguridad —susurró Elena, señalando el monitor central donde el equipo de asalto rodeaba la carga—. Van a activar el código maestro en menos de treinta segundos.

Matteo levantó la radio con parsimonia, manteniendo la vista fija en la pantalla.

—Es el momento —dijo en un tono gélido y definitivo—. Cierren la ratonera.

En cuestión de segundos, el infierno se desató en el callejón de Queens.

Los focos de alta potencia instalados discretamente en las cornisas de los edificios adyacentes se encendieron de golpe, inundando el patio exterior con una luz cegadora que atrapó a los hombres de los Barzini en plena confusión. Al mismo tiempo, los vehículos de los capitanes Luca y Salvatore bloquearon ambos extremos del callejón con los neumáticos chirriando sobre el asfalto mojado.

—¡Tirados en el suelo! ¡Manos sobre la cabeza! —resonó el grito amplificado de Gabriel a través de un megáfono desde la posición elevada.

Dentro de la nave, los mercenarios intentaron replegarse hacia la puerta de carga, pero se encontraron con el fuego de cobertura milimétrico de los tiradores de los Romano, que destrozaron los marcos de las puertas sin herir de gravedad a los objetivos, bloqueando cualquier intento de huida.

Un intercambio corto pero intenso de disparos sacudió el aire durante menos de un minuto, hasta que el sonido de las armas metálicas cayendo al suelo resonó contra el pavimento del almacén.

—¡El perímetro está asegurado! —informó Gabriel por la radio, con la respiración agitada—. Tenemos a cuatro hombres rendidos en el interior y al líder neutralizado en la entrada. Ninguna baja de nuestro lado.

Matteo exhaló un suspiro imperceptible de alivio, aunque su rostro conservaba la dureza del acero. Se giró hacia Elena, que seguía con los ojos fijos en las pantallas donde el operativo había concluido con éxito absoluto.

—La trampa funcionó —dijo Matteo en voz baja, abriendo la puerta de la furgoneta—. Quédate aquí, Elena. Voy a interrogar al líder personalmente. Quiero saber quién les dio los códigos de Newark desde el interior de nuestras propias filas.

Elena asintió, aunque esta vez sus ojos verdes brillaban con una resolución que anticipaba su respuesta.

—No me voy a quedar aquí esperando, Matteo —respondió ella, tomando su abrigo impermeable y ajustándoselo con firmeza—. Dijiste que éramos una unidad. Si vas a enfrentar al líder de los Barzini para descubrir quién nos traicionó, estaré a tu lado cuando le quites la máscara.

Matteo la miró fijamente un instante, sopesando su insistencia antes de esbozar una sonrisa breve y oscura.

—Ven conmigo entonces —dijo, ofreciéndole la mano para descender de la furgoneta—. Vamos a limpiar la casa de una vez por todas.

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