Ella estaba muy enferma y paso su vida en hospitales, Pero reencarna como una hermosa mujer de cabello celeste, que solo quiere ser feliz.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
**Todas las novelas son independientes**
NovelToon tiene autorización de LunaDeMandala para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Sobrino 1
Los días siguientes confirmaron las sospechas del conde.
su sobrino no dejaba de hablar de Aria.
Durante el desayuno, preguntaba cuándo podrían preparar las galletas.
Durante la comida, quería saber si la señorita Vizconti prefería los dragones rojos o los negros.
Y, por las noches, antes de acostarse, recordaba que debían enviarle una invitación.
Niccolo comenzó a sospechar que su sobrino había encontrado una nueva afición.
Una afición llamada Aria Vizconti.
—Tío, ¿crees que le gustan los gatos?
—No lo sé, Nino.
—¿Y los zorros?
—Tampoco lo sé.
—¿Y los dragones?
Niccolo suspiró.
—Estoy seguro de que le gustan los dragones.
Nino sonrió satisfecho.
—Entonces haremos muchos.
El conde Sartori apoyó la frente sobre una mano.
[¿Por qué no puede obsesionarse con algo sencillo, como los caballos?].
Pero no.
Su sobrino había decidido que la señorita Aria Vizconti era la persona más interesante que había conocido.
Y Niccolo tenía la desagradable sensación de que iba a escuchar aquel nombre durante mucho, mucho tiempo.
Una mañana, Nino apareció en el despacho de su tío con una hoja de papel entre las manos.
Niccolo estaba revisando varios documentos cuando el pequeño se acercó al escritorio.
—Tío.
—¿Sí, Nino?
—Necesito que escribas una carta.
El conde levantó la cabeza.
—¿Una carta?
—Sí. Para la señorita Aria.
Niccolo dejó la pluma sobre el escritorio.
[Ya hemos llegado a esto].
—¿Qué quieres escribirle?
Nino colocó la hoja frente a él.
—Quiero invitarla a nuestra casa para hacer las galletas.
El conde observó el papel.
Después miró a su sobrino.
—Nino, hay algo que debes comprender.
El niño frunció el ceño.
—¿Qué?
—No sería apropiado que yo invitara personalmente a la señorita Vizconti a nuestra residencia sin una razón formal.
Nino parpadeó.
—¿Por qué?
Niccolo se aclaró la garganta.
—Porque soy un hombre soltero y ella es una mujer soltera. En nuestra sociedad, una invitación privada podría dar lugar a comentarios innecesarios.
El pequeño lo miró en silencio.
Después preguntó..
—¿Y?
Niccolo sintió que su paciencia comenzaba a agotarse.
—No quiero que la gente piense que tengo intenciones románticas hacia ella.
Nino inclinó la cabeza.
—Pero la señorita Aria no te soporta.
El conde se quedó inmóvil.
Silencio.
Absoluto silencio.
[¡¿Por qué insiste en recordármelo?!].
Nino continuó con la mayor naturalidad del mundo.
—Ella es mi amiga. No la tuya. Así que no importa si tú le escribes la invitación.
Niccolo cerró los ojos.
Era increíble.
Su sobrino había encontrado una manera de utilizar cada una de sus propias palabras en su contra.
Y lo peor era que tenía razón.
La señorita Vizconti no parecía tener ningún interés en él.
De hecho, probablemente preferiría recibir una invitación escrita por el cocinero antes que una carta personal de Niccolo Sartori.
El conde suspiró.
—Está bien. Prepararemos la invitación.
Nino sonrió de inmediato.
—¡Gracias, tío!
Niccolo tomó una hoja nueva.
—Pero tendrás que dictarme lo que quieres decir.
El pequeño se acercó al escritorio.
Pensó durante unos segundos.
Después comenzó a hablar con una seriedad extraordinaria.
—Querida señorita Aria Vizconti...
Niccolo escribió.
—Me gustaría invitarla a nuestra casa para preparar galletas con forma de dragón.
El hombre continuó escribiendo.
—También podemos hacer zorros, conejos y gatos. Pero no sabemos qué animal es el de la fiesta, así que quizá usted pueda ayudarnos.
Niccolo tuvo que detenerse un instante.
Miró a su sobrino.
—¿Es necesario incluir esa parte?
Nino asintió.
—¡Por supuesto! Es muy importante.
El conde volvió a escribir.
—Espero que pueda venir pronto. Su amigo, Nino Sartori.
Cuando terminó, dejó la pluma.
—¿Así está bien?
Nino observó la carta.
Después frunció el ceño.
—Falta algo.
Niccolo suspiró.
—¿Qué falta?
El niño tomó la pluma.
Con una concentración admirable, escribió su nombre al final de la invitación.
Las letras eran grandes, desiguales y estaban ligeramente inclinadas.
La firma de un niño pequeño.
Niccolo observó el resultado.
Era evidente que Nino había escrito su nombre con muchísimo esfuerzo.
—Perfecto
El conde no pudo evitar sonreír.
A pesar de todas las dificultades, era imposible no sentirse conmovido por el entusiasmo de su sobrino.
Nino estaba verdaderamente ilusionado.
No quería una fiesta.
No quería juguetes caros.
Ni siquiera estaba pidiendo un regalo.
Solo quería volver a ver a una joven que había sido amable con él.
Y eso hizo que Niccolo sintiera una nueva punzada de vergüenza.
Porque, si no hubiera sido tan arrogante aquella noche, quizá Aria habría aceptado la invitación sin ninguna dificultad.
Ahora tendría que esperar que la señorita Vizconti estuviera dispuesta a olvidar el desagradable encuentro.
—Muy bien. Enviaremos la carta a la residencia Vizconti.
Nino sonrió de oreja a oreja.
—¡Estoy seguro de que vendrá!
Niccolo no compartía aquella seguridad.
Pero decidió no desanimarlo.
Después de todo, la invitación no estaba dirigida a él.
Estaba dirigida a un niño que quería hacer galletas con su nueva amiga.
Y quizá eso fuera suficiente.
La carta llegó a la mansión Vizconti al día siguiente.
Aria se encontraba en el jardín, leyendo un libro sobre las propiedades de los minerales mágicos, cuando una doncella se acercó con un sobre.
—Señorita, ha llegado una invitación para usted.
Aria levantó la mirada.
—¿Una invitación?
Tomó el sobre y examinó el remitente.
La familia Sartori.
Su expresión se volvió pensativa.
[¿Niccolo Sartori?].
Por un instante, recordó el jardín, las acusaciones absurdas y la manera en que aquel hombre había intentado disculparse sin dejar de comportarse como un arrogante.
Su sonrisa desapareció.
[Espero que no sea una invitación suya].
Abrió el sobre.
Desplegó la carta.
Y comenzó a leer.
A medida que avanzaba por las líneas, su expresión cambió.
Primero, sorpresa.
Después, incredulidad.
Y finalmente, una sonrisa tan tierna que la doncella que la acompañaba no pudo evitar preguntarse qué contenía aquella carta.
Aria volvió a leer el final.
Su amigo, Nino Sartori.
Debajo aparecía una firma infantil, escrita con letras grandes e irregulares.
Aria se llevó una mano al pecho.
—¡Oh, no!
La doncella parpadeó.
—¿Señorita?
Aria miró la carta.
Recordó los ojos oscuros de Nino, su pequeña cicatriz y la manera en que había sonreído cuando acordaron preparar galletas.
Recordó también su promesa.
No olvides las galletas.
La joven sintió que el corazón se le llenaba de calidez.
[¡Ese niño!].
No podía rechazar aquella invitación.
No cuando Nino había escrito su nombre con tanto esfuerzo.
No cuando se había tomado la molestia de pensar en los animales que podían convertir en galletas.
Y, desde luego, no cuando había firmado la carta con aquella letra tan adorable.
Aria sonrió.
—Aceptaré.
La doncella inclinó la cabeza.
—¿Desea que prepare una respuesta formal, señorita?
—Sí, por favor.
Aria volvió a mirar la invitación.
—Dile que estaré encantada de visitarlo.
Hizo una pausa.
Después añadió, con una sonrisa traviesa..
—Y que espero que tengan suficiente harina. Vamos a necesitar mucha.
La doncella sonrió.
—Por supuesto, señorita.
Cuando se quedó sola, Aria apoyó la carta sobre su regazo.
Miró hacia el jardín.
El sol brillaba sobre las flores y una brisa suave movía las hojas de los árboles.
La vida era maravillosa.
Había conocido a personas interesantes, descubierto lugares hermosos y encontrado un pequeño amigo al que deseaba volver a ver.
Y ahora tenía una invitación para preparar galletas.
¿Qué más podía pedir?
Aria tomó una pluma y comenzó a redactar una respuesta para Nino.
Por supuesto, se aseguró de que fuera lo suficientemente elegante para una dama noble.
Pero también lo suficientemente cálida para que un niño de cinco años pudiera comprender que estaba deseando volver a verlo.
Cuando terminó, dejó la pluma sobre la mesa.
Sonrió.
[¡Prepárate, joven Sartori! ¡Vamos a hacer las mejores galletas de todo Vagur!].
Después pensó en algo más.
Algo que hizo que su sonrisa se volviera ligeramente traviesa.
[Espero que Niccolo Sartori no esté planeando recibirme personalmente].
Se quedó pensando.
Y después se encogió de hombros.
[En fin. Si aparece, puedo ignorarlo].
Porque, para Aria, aquella visita tenía un único propósito.
Hacer galletas con su pequeño amigo.
Y no permitiría que ningún conde arrogante arruinara una actividad tan importante.
Que tierno