Alexia es una chica pobre y Milton es el famoso matón escolar. A cambio de pagar su matrícula escolar Milton le pide clases particulares. Qué podría terminar pasando entre ellos?
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Capítulo 8
El aire en la vasta biblioteca de la mansión Vance era denso, impregnado con el aroma a cuero viejo, papel antiguo y el sutil toque de cedro que parecía seguir a Milton a dondequiera que fuese. Alexia Mendoza se acomodó las gafas sobre el puente de la nariz, los dedos aferrados con desesperación a las páginas de un manual de cálculo avanzado. Sus ojos verdes, habitualmente vivaces pero hoy velados por una profunda fatiga, repasaban una y otra vez los mismos ejercicios de derivadas.
A pocos metros, reclinado con una indolencia estudiada en un sillón orejero de terciopelo burdeos, Milton Vance parecía estar en cualquier otro lugar del universo. Con su metro noventa de estatura, sus piernas largas cruzadas con despreocupación y una mano apoyada en la nuca, sus ojos negros no miraban el libro abierto sobre su regazo. La observaban a ella.
—Milton —murmuró Alexia, intentando inyectar autoridad en su voz, aunque el resultado sonó más a una súplica tímida que a una orden—. Si no prestas atención al teorema de límites, el examen del lunes será un desastre absoluto. Y no importa cuántas veces intente justificar tus notas; el profesor no pasará por alto una hoja en blanco.
Milton soltó un suspiro perezoso, un sonido gutural que resonó en el silencio reverente de la estancia. No se inmutó. Su complexión fuerte y su mandíbula marcada parecían esculpidas para la confrontación, pero en ese momento, su expresión era de una intensidad desconcertante.
—El cálculo puede esperar, Alexia —replicó él, su voz grave rozando las paredes de la habitación con una caricia áspera—. Llevas veinte minutos mirando la misma línea del ejercicio. No estás pensando en matemáticas. Estás pensando en lo que pasó esta mañana en el pasillo de la escuela.
Alexia sintió que la sangre se le retiraba del rostro, dejándola pálida. El recuerdo de las burlas murmuradas por las chicas en el baño, el golpe seco contra los casilleros y cómo el mundo parecía encogerse para aplastarla seguía fresco, latiendo bajo su piel como un hematoma invisible. Bajó la vista, incapaz de sostener la negrura absorta de la mirada de Milton. Las marcas invisibles del miedo eran demasiado evidentes para alguien tan observador como él.
—No pasó nada —mintió ella en un susurro, apretando el bolígrafo con tanta fuerza que sus nudillos adquirieron un tono marfil.
Milton se puso en pie con un movimiento fluido y repentino. Su imponente altura se cernió sobre la mesa de estudio, bloqueando la tenue luz de la lámpara de escritorio. Para una chica de baja estatura como Alexia, estar cerca de él siempre implicaba una ligera sensación de vértigo, una conciencia aguda de la diferencia física entre ambos. Él dio la vuelta al escritorio sin prisa, acortando la distancia hasta detenerse demasiado cerca, invadiendo su espacio vital con una presencia abrumadora.
—Mientes mal, Mendoza —dijo él bajando la voz, inclinándose ligeramente hacia ella hasta que el calor de su aliento rozó su sien—. Te vi encogerte. Vi cómo permitiste que esas idiotas te pisaran sin siquiera intentar levantar la barbilla. Y te lo advertí: no toleraré que mi tutora tenga alma de felpudo.
Alexia levantó la cabeza de golpe, indignada por el calificativo, aunque el temblor en sus labios traicionaba su coraje.
—¿Y qué esperas que haga, Milton? ¿Que las golpee? No soy como tú. No voy por la vida intimidando a todo el mundo para conseguir lo que quiero.
—No te pido que seas como yo —replicó él con brusquedad, sus ojos negros destellando con una chispa peligrosa—. Te pido que dejes de ser una víctima. Estudiar teoría no te salvará cuando alguien decida romperte por completo. No basta con saber resolver ecuaciones si no sabes defenderte. Necesitas aprender a pelear, Alexia. Para que nadie, ni tus padres, ni esas imbéciles en el baño, ni ningún idiota en la calle, vuelva a atreverse a tocarte jamás.
El silencio que siguió fue absoluto. Alexia abrió los ojos de par en par, perpleja ante la propuesta.
—¿Pelear? ¿Estás loco?
—Pactamos un trato —sentenció Milton, apoyando ambas manos en el borde de la mesa, encerrándola en su órbita—. Tú me enseñas matemáticas; yo te enseño a sobrevivir. Este fin de semana, en el gimnasio privado. No acepto un no por respuesta.
La tensión entre ambos era un cable de alta tensión a punto de romperse. Alterada por la cercanía, por la intensidad de su mirada y por el torbellino de emociones contradictorias que él despertaba en ella —gratitud, miedo, y una incipiente y confusa atracción—, Alexia se puso de pie de un salto con la intención de poner distancia.
Sin embargo, el destino, o la mala fortuna, conspiró en su contra. El borde de la pesada alfombra persa que cubría el suelo de madera se había levantado apenas unos centímetros. El tacón del zapato de Alexia se enganchó en el tejido con un tropiezo seco.
—¡Cuidado! —exclamó Milton por reflejo.
Pero fue tarde. Alexia perdió el equilibrio por completo y cayó hacia adelante con la fuerza de un proyectil desbocado. Chocó de lleno contra el pecho de Milton, cuyo impacto sólido la detuvo como una muralla de piedra. El impulso hizo que él retrocediera un paso, perdiendo momentáneamente el equilibrio antes de girarse para amortiguar la caída, haciendo que ambos terminaran tropezando y cayendo de forma aparatosa sobre la amplia y mullida alfombra de la biblioteca.
El mundo pareció detenerse en el instante en que sus cuerpos colisionaron contra el suelo.
Alexia quedó atrapada bajo la sólida y pesada estructura de Milton, quien había apoyado los codos a ambos lados de su cabeza para no aplastarla por completo. El choque de sus alientos fue inmediato, caliente y desordenado. El pulso de Alexia se disparó a un ritmo frenético, retumbando en sus propios oídos como un tambor de guerra.
Y entonces, en medio de la confusión del impacto físico y el mareo del momento, ocurrió. Al intentar incorporarse con premura, los movimientos torpes de ambos desalinearon la distancia. Sus labios se encontraron en un beso completamente involuntario.
Fue un roce breve, accidental, pero de una intensidad eléctrica devastadora. Los labios de Milton eran firmes, cálidos, con un toque imperceptible a café amargo; los de Alexia, temblorosos y abiertos por la sorpresa. Un escalofrío violento recorrió la columna vertebral de la chica desde la nuca hasta los talones, paralizándola por completo. El aire pareció abandonar la habitación.
Durante unos segundos que se antojaron eternos, ninguno de los dos se movió. El silencio en la biblioteca era sepulcral, cargado de un nerviosismo denso y palpable. Los ojos negros de Milton, oscurecidos por algo indescifrable, se clavaron en los labios de Alexia antes de ascender lentamente para encontrar su mirada verde, que ahora suplicaba una tregua al caos. El pecho de Milton subía y bajaba con fuerza contra el de ella, un recordatorio físico de que su control férreo tambaleaba.
—Alexia... —murmuró él, con la voz grave convertida en un ronco susurro que apenas despegó de sus labios.
Ella reaccionó como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Empujó sus hombros con toda la fuerza que le quedaban en los brazos, incorporándose de golpe y tambaleándose hacia atrás hasta chocar contra el respaldo de una silla cercana. Tenía las mejillas encendidas, ardiendo como si el fuego la consumiera por dentro, y los labios ligeramente hinchados por el contacto imprevisto.
Milton se puso en pie con una lentitud deliberada. No apartó los ojos de ella ni un solo segundo. Su expresión era indescifrable, una mezcla de sorpresa contenida y un brillo de posesividad que hizo que el corazón de Alexia volviera a galopar sin control. Ninguno de los dos pronunció una sola palabra sobre lo ocurrido; el peso del accidente flotaba en el ambiente como una presencia viva, invisible pero imposible de ignorar.
Al día siguiente, la atmósfera en el instituto cambió de forma radical. Alexia cruzó las puertas de la entrada con el temor de siempre, esperando las habituales miradas de desprecio o los murmullos a sus espaldas. Pero descubrió muy pronto que las reglas del juego habían sido reescritas durante la noche.
Milton Vance había decidido marcar territorio.