Selene tiene veintidós años y un matrimonio que es su propia jaula de oro. Para su esposo, el implacable magnate Maximiliano Valente, ella no es más que una niña interesada que se vendió por un apellido de peso y una cuenta bancaria sin límites. Convencido de que Selene solo busca su dinero, Maximiliano se dedica a humillarla, refugiándose en los brazos de una amante manipuladora que alimenta su desprecio con mentiras.
Pero Maximiliano ha cometido un error fatal: confundir el silencio de Selene con sumisión absoluta. Tras una noche de crueldad insoportable, Selene decide que ya no le importa su fortuna ni su perdón. Mientras él cree tener todo bajo control, ella empieza a preparar su desaparición silenciosa, dispuesta a empezar de cero, lejos de su opresión.
Maximiliano Valente está a punto de descubrir que el desprecio tiene un precio... y que cuando Selene se marche, el vacío que deje será algo que ni todos sus millones podrán llenar.
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Luna de hiel
Hace dos años.
La ceremonia transcurrió sin alteración alguna, al menos para los ojos de los pocos invitados selectos que llenaban la capilla privada de la mansión Valente. Selene caminó hacia el altar como quien camina hacia la guillotina. Aunque se veía hermosa, envuelta en nubes de encaje y seda, en sus ojos no se reflejaba ni un ápice de la felicidad que una novia debía sentir. Eran dos pozos azules, fijos y vidriosos, que miraban al frente sin ver realmente nada.
A su lado, Maximiliano la observaba de reojo con una mezcla de fascinación estética y desprecio profundo. Él ya no veía a la joven dulce de la gala; veía a la hija de Roberto Arismendi, una mujer que —según su retorcida lógica— había aceptado ser vendida sin pestañear. Maximiliano estaba convencido de que su "inversión" no era tan inocente como aparentaba. Pensaba que Selene era una actriz consumada que solo esperaba el momento de hincarle el diente a su fortuna, por lo que juró que no tendría ningún tipo de piedad con ella.
La hora de salir a la supuesta "luna de miel" llegó demasiado pronto. Selene sintió que el pánico le oprimía la garganta; ahora estaría a solas con el hombre que la había comprado y al que ella, para su propia desgracia, seguía amando a pesar de todo.
Salieron del salón de fiestas bajo una lluvia de pétalos blancos que se sentían como piedras sobre la piel de Selene. Al subir al auto de lujo que los llevaría al aeropuerto privado, el silencio entre ambos se volvió un muro de granito. Maximiliano ni siquiera le dirigió la palabra hasta que estuvieron a bordo de su jet personal, rumbo a una isla privada en el Caribe.
—Puedes quitarte ese disfraz de virgen mártir, Selene —soltó Maximiliano de repente, desatándose la corbata con un gesto violento—. Ya estamos solos. Ya tienes el anillo y el apellido. No hace falta que sigas fingiendo que te duele el alma.
Selene lo miró, apretando el ramo de flores contra su pecho hasta que los tallos crujieron.
—No estoy fingiendo, Maximiliano. De verdad este día debió ser el más hermoso de mi vida... Sin tan solo no hubiera pasado lo que paso con...
Maximiliano se tensó por un microsegundo, pero recuperó su máscara de hielo de inmediato. Soltó una risotada seca que erizó los vellos de Selene.
—Eres una muy buena actriz, si no supiera quien eres en realidad seguramente hubiera caido en tu tratro.
—No se de que estas hablando, yo no estoy fingiendo. De verdad...
—¿La verdad? La verdad es que tu padre estaba dispuesto a lanzarte a los leones con tal de salvar su empresa de la quiebra. Yo solo fui el que pagó el precio más alto. No intentes culpar a nadie de tu propia ambición. Aceptaste casarte conmigo porque sabías que conmigo nunca te faltaría un diamante en el cuello.
—¡Me casé contigo porque te amo! —gritó Selene, con las lágrimas finalmente desbordándose.
Él se levantó y se acercó a ella, invadiendo su espacio hasta que Selene quedó atrapada contra el asiento de cuero. La tomó de la barbilla con una fuerza que rozaba el dolor, obligándola a mirarlo.
—No vuelvas a usar la palabra "amor" conmigo. Me das náuseas. Eres una Arismendi; el engaño corre por tus venas. Esta noche, y las noches que sigan, solo serás una propiedad más en mi balance de activos. Cumplirás con tus deberes de esposa y, a cambio, yo mantendré a tu patética familia fuera de la calle. Ese es el trato.
Esa primera noche en la isla fue el inicio del fin. Maximiliano no fue un esposo; fue un carcelero. No hubo romance, solo una fría toma de posesión que dejó a Selene sintiéndose vacía, como si su cuerpo ya no le perteneciera. Él se encargó de recordarle, con cada palabra y cada gesto de desprecio, que ella era una mercancía cara, pero mercancía al fin.
Presente.
Selene sacudió la cabeza para alejar los fantasmas de aquella luna de hiel. Se encontraba en su habitación de la mansión, dos años después de aquel día fatídico. Maximiliano acababa de salir, seguramente a encontrarse con Alessandra, dejando a Selene con la excusa de una "reunión de emergencia".
La humillación de esa noche de bodas había sido el motor que la mantuvo viva durante dos inviernos de soledad. Selene se puso en pie y tomó la mochila que había escondido bajo la cama. Ya no era la niña asustada de la isla.
Revisó su teléfono. Tenía un mensaje de un número desconocido: "El transporte está listo en la salida de servicio. Tienes diez minutos".
Era su oportunidad. Maximiliano estaba demasiado ocupado despreciándola y disfrutando de su amante como para imaginar que su "inversión" estaba a punto de desaparecer de su vida para siempre. Selene dejó su anillo de bodas sobre la almohada, justo donde él lo vería al regresar. Junto al anillo, no dejó una carta de amor, ni siquiera una de odio. Solo una pequeña nota con tres palabras que quemarían el orgullo de Maximiliano Valente:
"Contrato rescindido. Selene."
Caminó hacia la puerta de servicio con el corazón martilleando contra sus costillas. Sabía que si Maximiliano la atrapaba, el castigo sería terrible, pero el miedo a quedarse en esa mansión era mucho mayor que el miedo a su furia.
Al cruzar el umbral hacia la oscuridad de la noche, Selene Arismendi respiró por primera vez en tres años. La huida había comenzado.