Tras seis años en Estados Unidos forjándose en finanzas, leyes y artes marciales para no ser jamás una presa fácil ni un adorno mafioso, Martina regresa a Europa lista para blindar el imperio de su familia. No busca romance ni piensa acatar imposiciones, mucho menos tolerar la sombra que sus padres le asignan a la fuerza: un guardaespaldas taciturno, implacable y con una arrogancia que enciende su furia desde el primer segundo.
Lo que ella ignora es que detrás de ese custodio se oculta Dereck, el futuro jefe del sindicato criminal más poderoso del continente y el prometido de la infancia cuyo rostro ella borró de su memoria.
Convencido de que la hija del capo volvió convertida en una consentida frívola y libertina, Dereck asume la identidad de un simple escolta para evaluarla antes de cerrar el matrimonio pactado.
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Capítulo 24: Fuego sobre Brianza
El ascenso por la caja de la escalera de emergencia hacia la superficie no admitió vacilaciones.
Luca Moretti subía los peldaños de dos en dos, con el teléfono de radio pegado a la oreja izquierda y la respiración rota por el esfuerzo. Su cerebro, habituado a las jerarquías inflexibles del bajo mundo italiano, no lograba procesar la anomalía: el código alfa-tres-cero que el escolta de su hermana había pronunciado con una naturalidad glacial solo existía en los manuales de contrainteligencia de la Alianza Continental; una clave reservada a los comandantes en jefe de los sindicatos del norte para declarar el estado de combate abierto en territorio aliado.
A su espalda, Martina corría con la ligereza de una sombra armada.
Había despojado la chaqueta del traje sastre para quedarse en chaleco y camisa oscura arremangada. En su mano derecha empuñaba la Glock 43, pero sus ojos castaños no vigilaban los descansillos de hormigón: estaban clavados en la espalda ancha de Dereck.
Cada zancada del hombre era una confirmación incontestable de la farsa. No había la rigidez reactiva de un mercenario a sueldo; había la cadencia medida, segura y letal de un oficial guiando una vanguardia a través del fuego.
¿Quién demonios eres?, la pregunta martilleaba en las sienes de Martina con más violencia que la sirena de alarma de la torre. El recuerdo de sus labios en la cabaña, el roce áspero de sus dedos sobre su piel desnuda y esa promesa susurrada de no retroceder jamás colisionaban ahora contra la certeza de haber dormido con el enemigo más sofisticado que jamás había cruzado los Alpes.
En la dársena privada del aeródromo militar de Bresso, al norte de la periferia milanesa, la noche se desgarraba bajo el aullido sordo de dos turbinas aeronáuticas.
Un helicóptero táctico NHIndustries negro mate, desprovisto de matrículas civiles o insignias nacionales, mantenía los rotores girando a bajas revoluciones sobre la pista mojada. A los costados de la compuerta corredera abierta aguardaban cuatro hombres con uniformes de asalto en camuflaje nocturno urbano, cascos balísticos integrales con visores térmicos y fusiles de asalto compactos HK416 con silenciadores integrados.
Al ver emerger a Dereck del túnel de acceso a la pista, los cuatro operadores se cuadraron al unísono.
No hubo un saludo verbal que delatara rangos en suelo abierto, pero la inclinación milimétrica de las cabezas y el movimiento sincronizado con el que despejaron el acceso a la cabina fueron gestos de sumisión militar absoluta. Una reverencia que nadie en Europa le rendía a un simple guardaespaldas.
Luca se detuvo en seco sobre el asfalto empapado, con los ojos desorbitados.
—Esto no es un equipo de Como —soltó el menor de los Moretti, con la mano crispada sobre la culata de su arma—. Estos bastardos son de las fuerzas de élite del Báltico. ¿Qué mierda está pasando aquí, Martina?
—Sube al helicóptero si quieres ver a nuestro padre con vida, Luca —cortó Martina, pasando a su lado sin mirar atrás, enfrentando la ráfaga de aire caliente que los rotores empujaban contra el suelo.
Al cruzar la compuerta, uno de los operadores le tendió un chaleco balístico modular de placas de carburo de boro.
Dereck ya estaba dentro, de pie en el centro de la bahía de carga con una mano aferrada a la cincha del techo. Se había despojado del abrigo civil y se ajustaba un correaje táctico sobre el pecho con movimientos mecánicos. En sus facciones no quedaba el menor rastro del custodio silencioso: su mandíbula era una roca, sus ojos grises eran dos cuchillas de pedernal y una frialdad implacable envolvía cada una de sus respiraciones.
Se giró hacia Martina, extendiendo la mano para ajustarle el cierre lateral del chaleco protector.
Martina le apartó los dedos con un golpe seco de muñeca.
—No me vuelvas a poner una mano encima —siseó ella entre el zumbido ensordecedor de los motores, clavándole la mirada con un fuego que hizo que uno de los soldados del fondo desviara la vista por puro instinto de supervivencia—. Sé colocarme mi propio blindaje.
Dereck sostuvo su mirada a escasos centímetros. En sus ojos grises no hubo sorpresa ni reproche; solo una devoción oscura, voraz y trágica que ardía a pesar de la tormenta que se cernía sobre ellos.
—Vas a llevar un fusil corto en el asalto —ordenó Dereck, bajando el tono a un murmullo cavernoso que solo ella pudo escuchar bajo el estruendo mecánico—. El ala norte de la villa ya colapsó. Kovačević tiene al menos doce mercenarios con blindaje pesado rodeando el despacho de Don Lorenzo. No van a tomar prisioneros.
—Entonces no dejaremos a ninguno vivo para que declare —respondió Martina con una sonrisa de acero.
Tomó un fusil de asalto HK416 de la armería de pared del helicóptero, comprobó la tensión del muelle del cerrojo, verificó la alineación de la mira holográfica y encajó un cargador translúcido de treinta proyectiles con un chasquido sordo. Todo en menos de cuatro segundos.
A su lado, Dereck observó la secuencia. Una punzada violenta de orgullo y posesión salvaje le tensó las costillas: la mujer a la que estaba a punto de confesarle la peor de las traiciones era el ser más letal, hermoso y peligroso que jamás empuñaría un arma a su lado.
El helicóptero despegó en un salto vertical agresivo, inclinando el morro hacia el norte a más de doscientos cincuenta kilómetros por hora sobre las colinas oscuras de Brianza.
Desde el aire, la silueta señorial de Villa Moretti parecía un cuadro de guerra medieval iluminado por el infierno.
La columnata del ala norte ardía en llamas naranjas y humo denso tras el impacto de dos proyectiles antitanque. En el patio circular de grava, dos todoterrenos de los asaltantes estaban cruzados como parapetos, desde donde tiradores con ametralladoras ligeras castigaban las ventanas blindadas de la planta baja con ráfagas continuas. Los hombres de Don Lorenzo resistían atrincherados tras las puertas acorazadas de la biblioteca y el despacho principal, pero el fuego concentrado estaba desgastando el hormigón a un ritmo terminal.
El NHIndustries barrió la copa de los cipreses sin encender luces de navegación.
—¡Apertura de compuerta! —rugió Dereck a través del intercomunicador táctico.
El viento gélido de la noche irrumpió en la cabina.
El piloto ladeó el aparato sobre el jardín trasero, suspendiendo la máquina a escasos cuatro metros sobre el césped calcinado de la terraza este.
—¡Descenso rápido! —decretó Dereck—. ¡Limpien el perímetro de la columnata! ¡Martina y yo tomamos la entrada de la biblioteca!
Los cuatro operadores del norte saltaron en dos fracciones de segundo, rodando sobre el césped con la fluidez de fantasmas mecanizados y abriendo fuego selectivo con sus silenciadores antes de incorporarse.
Pff-pff. Pff-pff.
Los dos primeros centinelas de Kovačević apostados junto a las fuentes renacentistas cayeron sobre la piedra sin haber escuchado el sonido de los motores sobre sus cabezas.
Martina saltó al vacío sin dudar. Cayó flexionando las rodillas sobre la grava, amortiguando el impacto con la técnica perfecta de una paracaidista, y alzó el HK416 hacia la terraza.
Un tirador enemigo con pasamontañas emergió de entre los rosales en llamas apuntando un lanzagranadas hacia el helicóptero.
Martina apretó el disparador con dos toques quirúrgicos del índice:
Trac-trac.
El hombre se desplomó de espaldas con dos orificios en el centro del tórax, soltando el arma sobre las brasas.
A su costado, Dereck aterrizó como un coloso de guerra. Su fusil cobró vida al instante: abatió a tres mercenarios que intentaban retroceder hacia los todoterrenos, avanzando a paso vivo a través del humo sin conceder un solo metro de tregua.
Avanzaron en cuña hacia la arcada principal de la villa: Dereck cubriendo el ángulo alto hacia las balconadas, Martina barriendo los sótanos y las esquinas bajas. La sincronía entre ambos era tan perfecta, tan monstruosa en su efectividad, que los mercenarios balcánicos, acostumbrados a masacrar milicias desorganizadas, comenzaron a retroceder en pánico ante la embestida combinada de los dos demonios vestidos de negro.
La puerta de nogal de la biblioteca estaba astillada por los proyectiles, pero la barricada interior resistía.
Martina se pegó al marco de piedra, cambiando el cargador de su fusil con la mano izquierda vendada sin que el dolor le alterara el pulso.
—¡Papá! —gritó ella con una voz templada que atravesó el estruendo de los disparos residuales—. ¡Soy Martina! ¡El perímetro este está limpio!
Desde el interior de la estancia en ruinas se escuchó el crujido metálico de un cerrojo pesado retirándose.
La compuerta se abrió diez centímetros. La boca del cañón de la pistola de Don Lorenzo asomó primero, seguida por el rostro ceniciento y ensangrentado del patriarca. El capo supremo tenía el brazo izquierdo sujeto por una correa improvisada y la respiración rota, pero sus ojos oscuros conservaban el brillo indomable de la sangre Moretti.
Al ver a su hija de pie entre los casquillos humeantes, con el fusil en guardia y el rostro manchado de pólvora, Don Lorenzo soltó una exhalación pesada que pareció drenarle diez años de vida.
—Estás viva... —murmuró el viejo capo, abriendo la puerta por completo.
Pero la frase murió en su garganta.
Detrás de Martina, emergiendo de la nube de humo blanco que envolvía el jardín, Dereck dio un paso al frente. Bajó el fusil de asalto hacia el costado de su pierna, se despojó del pasamontañas táctico con un movimiento lento y clavó sus ojos grises de pedernal en el patriarca de los Moretti.
El silencio que cayó sobre la terraza en ruinas fue más devastador que cualquier detonación de mortero.
Don Lorenzo se quedó paralizado. Su mirada recorrió las facciones del gigante, la frialdad implacable de su porte y la insignia de un águila plateada sobre fondo negro que los cuatro operadores que custodiaban el jardín llevaban bordada en el pecho.
El patriarca no mostró sorpresa por la presencia de un custodio.
Mostró una reverencia absoluta. Una mezcla de alivio agónico y respeto dinástico que jamás en su vida le había ofrecido a ningún hombre bajo su techo.
Don Lorenzo bajó lentamente su arma, apoyó la mano sana sobre su bastón roto y bajó la cabeza un centímetro frente a Dereck.
—Viniste en persona... —dijo Lorenzo con una voz que tembló por primera vez en cincuenta años de reinado criminal—. Cumpliste tu palabra, muchacho.
Martina sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
Se giró despacio hacia su padre, con el corazón golpeándole las costillas con la fuerza de un proyectil a punto de perforar su carne. Sus ojos castaños saltaron de la sumisión de Don Lorenzo al rostro pétreo del hombre que había sido su sombra, su enemigo y su amante en las colinas de Rapallo.
—¿Muchacho? —susurró Martina, y su voz fue un hilo de seda rota que cortó el aire gélido de la noche—. ¿De qué estás hablando, padre?
Don Lorenzo levantó los ojos hacia su hija, con una expresión pesada, cargada de una culpa secular.
—Martina... —comenzó el patriarca con un suspiro áspero—. No es un custodio de Como. Este es el hombre con el que sellamos el destino de esta familia hace quince años en Viena.
El viejo capo extendió la mano hacia el gigante que permanecía inmóvil en mitad de los cadáveres.
—Este es Dereck Vestergaard. El futuro líder supremo de la Alianza del Norte. Tu prometido.
El mundo alrededor de Martina se desintegró en un abismo de silencio blanco.
Clavó los ojos en él.
En Dereck. En el hombre que la había llamado libertina y mimada en la intimidad de su mente. En el hombre que había vigilado cada uno de sus pasos, que había intervenido sus llamadas con Liam, que había besado cada una de sus cicatrices en el suelo de una cabaña frente a las brasas... mientras se ocultaba tras la máscara de un simple criado para juzgar si ella era digna de llevar su apellido.
Dereck dio medio paso hacia ella. Sus ojos grises, despojados por fin de cualquier mentira, ardían con una desesperación desnuda, culpable y voraz.
—Martina... —susurró él, extendiendo la mano hacia ella con la voz completamente rota.
Martina no retrocedió.
Levantó el cañón del HK416 con un movimiento fulminante, clavando la boca humeante del fusil directamente contra el centro del esternón de Dereck.
El chasquido del cerrojo amartillándose resonó en la noche como una sentencia de muerte.