La vida despreocupada de fiestas y alcohol del universitario Esteban Anderson da un vuelco total cuando una mañana encuentra una bebé en su porche con una nota de despedida. Tras confirmar por ADN que es su hija y comprobar que la madre nunca volverá, Esteban deja atrás los excesos para criarla solo. Entre trabajos de madrugada, clases universitarias y un amor incondicional, bautiza a la pequeña Isabella y descubre que el propósito más grande de su vida era convertirse en su padre.
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Capitulo 4
El grito desgarrador que salió de la canasta rompió el silencio de la casa como si fuera de cristal. Ya no era un suspiro suave ni un gemido despacio; era un llanto fuerte, desesperado y continuo, el sonido inconfundible de un ser humano que tenía hambre y que no entendía por qué demonios estaba en medio de un porche frío.
—¡Ay, por el amor de Dios, Esteban! ¿Qué es eso? ¡Cierra la puerta que entra un frío horrible! —la voz de mi mamá retumbó desde el pasillo de la entrada.
Ellos habían vuelto de hacer las compras mucho antes de lo previsto. Al entrar con las bolsas del supermercado en las manos, mi papá se quedó congelado a mitad del recibidor y mi mamá dejó caer una bolsa de naranjas que rodaron ruidosamente por el piso de madera. Sus rostros pasaron de la sorpresa al absoluto espanto en menos de un segundo al ver la canasta de mimbre en el suelo y a mí, parado en ropa interior frente a ellos, con los ojos abiertos como platos y las manos temblando.
—Mamá... papá... yo no sé qué hacer —balbuceé con la voz rota, sintiendo que el aire no me entraba en los pulmones—. Me tocó el timbre... salí y estaba ahí.
—¿De qué estás hablando, Esteban? ¿Estás loco? —gritó mi papá, dando un paso al frente con el ceño fruncido y una furia fría pintada en la cara—. ¿Qué broma absurda de tus amigotes es esta? ¿Trajiste a un perro o qué demonios...?
—¡No es un perro, Roberto, mírala! —chilló mi mamá, arrodillándose de golpe junto a la canasta a pesar de las bolsas de compras—. ¡Santo cielo! Es una bebé. ¡Es una recién nacida!
El llanto de la niña se elevó de tono, convirtiéndose en un chillido agudo que nos dejó a todos sordos y sin saber cómo reaccionar. Mi papá se acercó con paso torpe, se paró junto a mi mamá y se quedó mirando el interior de la canasta con los ojos desorbitados, negando con la cabeza como si con eso fuera a borrar lo que estaba viendo. Entre las mantas, la pequeña movía los puños con desesperación, la carita se le había puesto roja y no paraba de llorar.
—Esto es una locura. Una absoluta pesadilla —murmuró mi papá pasándose las manos por el cabello con desesperación—. ¡Llama a la policía, Elena! ¡Saca el teléfono y llama a las autoridades ahora mismo! ¡Esto es abandono de menores! ¡Alguien vino a dejar este problema aquí a nuestra puerta!
—¡Espera, Roberto, no grites más que la vas a asustar peor! —lo regañó mi mamá con los ojos llenos de lágrimas, estirando los brazos con mucha torpeza para levantar a la bebé de la canasta.
La sostuvo contra su pecho con una mezcla de miedo y ternura instintiva. La criatura era tan liviana que parecía una pluma. En cuanto sintió el calor de los brazos de mi mamá, el llanto bajó un poco de intensidad, convirtiéndose en pequeños sollozos temblorosos mientras la pequeña abría y cerraba la boca buscando algo.
—Tiene hambre —dijo mi mamá con la voz quebrada, mirándome fijamente a los ojos de una manera que me hizo sentir el ser más despreciable del planeta—. Esteban... ¿qué significa la nota? En el porche vi un papel... ¿de dónde salió esto?
Agaché la cabeza, sintiendo un nudo gigante en la garganta que me ahogaba. Caminé despacio hacia la entrada, levanté el papel mojado que se había caído al suelo y se lo entregué a mi papá con los dedos entumecidos. Mi papá lo leyó en voz alta, y cada palabra que pronunciaba sonaba como una bofetada directa en la cara.
"Me diste la mejor noche de mi vida, pero no puedo cuidarla y tampoco criarla."
Un silencio espeso y pesado se apoderó de la sala. El único sonido que quedaba era el resuello de la bebé y la lluvia golpeando las ventanas. Mis padres me miraron con una mezcla de indignación, incredulidad y una profunda decepción que me dolió más que cualquier grito.
—¿Una noche? —preguntó mi papá con una voz baja y peligrosa, dando un paso hacia mí—. ¿De qué está hablando esta nota, Esteban? ¿Acaso tú...?
—Fue la semana pasada... en la fiesta de Lucas... —balbuceé, sintiendo que las lágrimas querían salir por la vergüenza y el pánico—. No me acuerdo bien... estaba muy borracho... no sé quién era... juro que no sabía nada de esto, papá.
—¡Eres un imbécil! —estalló mi papá, golpeando la pared con la palma de la mano con tanta fuerza que me sobresalté—. ¡Te la pasas de fiesta en fiesta, emborrachándote sin importarte nada, y mira el resultado! ¡Una criatura indefensa tirada en la puerta de nuestra casa porque tú no tuviste la decencia de cuidarte!
—¡Roberto, ya basta! —lo cortó mi mamá con los ojos bañados en llanto, acurrucando a la bebé con fuerza—. Las culpas y los gritos ahorita no sirven de nada. La niña tiene hambre, se está muriendo de hambre y nosotros no tenemos ni fórmula ni pañales en esta casa. ¡Esteban, ve a la cocina y busca leche! ¡Haz algo útil de una vez en tu vida!
Salí corriendo hacia la cocina como si me persiguiera un demonio. Abrí la nevera y las alacenas con desesperación, tirando tazas y buscando cualquier cosa que pudiera servir. No había fórmula para bebés, por supuesto que no. Lo único que encontré fue un cartón de leche entera y un poco de avena. Me puse a temblorosamente a calentar agua en una olla pequeña, mezclándola con la leche en un vaso limpio, intentando inventar una especie de alimento tibio con lo que tenía a la mano.
Regresé a la sala con el vaso humeante. Mis papás estaban sentados en el sofá de la sala. Mi mamá intentaba calmar a la pequeña, que había vuelto a romper en llanto con más fuerza, pataleando con sus diminutos pies cubiertos por unas medias blancas.
—¿Qué es eso que trajiste? —preguntó mi papá con la ceja levantada, mirándome con desconfianza.
—Leche... con un poco de agua tibia... no tenemos más nada —dije con la voz temblando.
—¡Esteban, idiota, los recién nacidos no pueden tomar leche entera de cartón! ¡Les hace daño al estómago! —gritó mi mamá llevándose las manos a la cabeza.
—Pero no tenemos otra cosa, mamá! ¿Qué hacemos entonces? ¡Se está muriendo de hambre!
El caos dentro de la sala alcanzó su punto máximo. Mi mamá insistía en que debíamos llamar a los servicios sociales y a la policía de inmediato para que se llevaran a la bebé a un hogar de acogida, argumentando que nosotros no estábamos preparados, que yo era un estudiante irresponsable y que mi vida se iba a destruir por completo. Mi papá, por otro lado, paseaba de un lado a otro de la sala con los brazos cruzados, discutiendo sobre el qué dirán los vecinos, la vergüenza pública y el enorme peso moral de abandonar a nuestra propia sangre en manos del estado.
—Si llamamos a la policía, se la van a llevar a un refugio, Roberto —dijo mi mamá con la voz rota, mirando a la pequeña que se había calmado un segundo al sentir el calor de sus manos—. Es nuestra sangre. Es una criatura inocente que no tiene la culpa de las tonterías de este muchacho.
—¿Y qué propones, Elena? ¿Que la adoptemos nosotros y le arruinemos la vida a Esteban para siempre? ¡Él apenas puede pasar sus materias de la universidad! —respondió mi papá con frustración, deteniéndose frente a mí—. ¿Te das cuenta de lo que esto significa, Esteban? Si esta niña es tu hija, te vas a tener que hacer cargo. Ya no hay fiestas, ya no hay salidas, ya no hay bromas. Se acabó la infancia para ti.
Yo me quedé de pie en medio de la sala, sosteniendo el vaso de leche tibia entre las manos, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies. Miré a la pequeña, que había abierto los ojos y me miraba fijamente con una curiosidad inocente, como si estuviera esperando a ver qué decisión tomaba yo.
En medio de los gritos de mis padres, las discusiones sobre la policía, la moral y el miedo absoluto que me invadía el cuerpo, tragar saliva con fuerza. El peso moral de la situación me aplastaba el pecho, pero en el fondo de mi cabeza, mientras el llanto de la bebé volvía a sonar, supe que ya no había vuelta atrás.