Alana Storm, hija de una de las casas ducales más poderosas del Imperio, entrega su corazón al príncipe heredero y termina convertida en emperatriz. Sin embargo, el amor que tanto anheló solo la conduce a la traición y a la muerte, asesinada por las concubinas del hombre al que amó.
Cuando despierta seis años en el pasado, comprende que ha recibido una segunda oportunidad. Decidida a cambiar su destino, descubre que posee una magia ancestral dormida y que el enigmático segundo príncipe, Maximiliano Ross, siempre la había amado en silencio.
Mientras busca vengarse y proteger a quienes ama, deberá decidir si el camino hacia el poder la convertirá en aquello que más desprecia o si aún existe un futuro diferente.
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LA DULZURA DE UNA MENTIRA
Después de aquel encuentro en la casa de té, Alana no pudo evitar pensar en el príncipe Aurelio más de lo que le habría gustado admitir.
No era algo que quisiera confesar.
Ni siquiera a sí misma.
Cada vez que cerraba los ojos, recordaba la forma en que él había pronunciado su nombre, la elegancia de sus movimientos y aquella breve sonrisa que, aunque había durado solo unos segundos, ella había guardado como un tesoro.
Sabía que no debía hacerse demasiadas ilusiones.
Aurelio ya no era el heredero del reino.
Seguía siendo un hombre de la realeza, rodeado de responsabilidades, expectativas y obligaciones que iban mucho más allá de los sentimientos personales.
Pero aun así, su corazón no parecía entender de razones.
—Lady Alana, ¿se encuentra bien? —preguntó una de sus doncellas una mañana.
Alana levantó la mirada sorprendida.
—¿Por qué preguntas?
—Porque lleva varios minutos mirando el mismo libro sin pasar la página.
La joven se sonrojó ligeramente y cerró el libro.
—Solo estaba distraída.
La doncella sonrió con discreción.
—Quizás pensando en cierta persona.
Alana abrió los ojos sorprendida.
—¡No digas esas cosas!
La joven rió suavemente.
Pero, aunque intentó negarlo, la verdad era evidente.
Por primera vez en mucho tiempo, Alana sentía ilusión por algo.
Y esa ilusión tenía un nombre.
Aurelio.
Los días siguientes, Isabella continuó visitando la residencia Storm con la misma frecuencia de siempre.
Nada había cambiado en apariencia.
Seguía llegando con regalos pequeños.
Seguía compartiendo tardes de té.
Seguía escuchando a Alana hablar sobre libros, música y sueños.
Pero ahora Isabella observaba cada detalle.
La forma en que Alana sonreía cuando mencionaban al príncipe.
La manera en que intentaba ocultar su emoción.
La esperanza silenciosa que comenzaba a crecer dentro de ella.
Y aquello confirmaba sus sospechas.
Alana realmente estaba interesada en Aurelio.
Una tarde, mientras ambas caminaban por el jardín, Isabella decidió dar el primer paso.
—Alana, ¿puedo preguntarte algo?
—Claro.
—¿Qué opinas del príncipe Aurelio?
La pregunta tomó a Alana desprevenida.
Se detuvo junto a un grupo de rosas blancas.
—¿Del príncipe?
—Sí.
Alana bajó la mirada.
—Creo que es una persona admirable.
—¿Solo eso?
Isabella sonrió ligeramente.
Alana dudó.
—Creo que... es alguien a quien me gustaría conocer mejor.
Esa respuesta fue suficiente.
Isabella comprendió que el sentimiento apenas estaba naciendo.
Todavía era pequeño.
Todavía podía ser controlado.
—Alana, sabes que puedes confiar en mí, ¿verdad?
—Por supuesto.
Aquella respuesta salió sin pensar.
Y por un instante Isabella sintió algo parecido a culpa.
Porque la confianza de Alana era absoluta.
—Entonces permíteme darte un consejo.
Alana asintió.
—Cuando se trata de un hombre como el príncipe Aurelio, debes ser cuidadosa.
—¿Cuidadosa?
—Los hombres que nacen con poder están acostumbrados a que las personas intenten agradarles. A veces, lo que más llama su atención es alguien que no parece buscar nada de ellos.
Las palabras parecían sabias.
Incluso amables.
Pero escondían una intención.
Isabella quería que Alana dudara.
Que dejara de actuar con naturalidad.
Que comenzara a pensar demasiado cada palabra frente a Aurelio.
—¿Crees que he hecho algo mal? —preguntó Alana con cierta preocupación.
Isabella inmediatamente tomó sus manos.
—No, querida. No quise decir eso.
Su expresión se volvió dulce.
—Solo quiero ayudarte.
Y esas palabras fueron suficientes.
Porque Alana no vio una manipulación.
Vio apoyo.
Pocos días después llegó una invitación para un evento organizado por una de las familias más importantes de la corte.
Sería una velada elegante donde asistirían varios miembros de la nobleza.
Incluyendo el príncipe Aurelio.
Alana sintió que su corazón se aceleraba al leer la invitación.
Era una oportunidad para verlo nuevamente.
Durante varios días, dedicó tiempo a elegir el vestido adecuado.
No quería parecer exagerada.
Solo quería verse hermosa.
Cuando finalmente decidió cuál usaría, invitó a Isabella para pedir su opinión.
La joven Valtier observó el vestido durante unos segundos.
Era elegante.
Delicado.
Perfecto para Alana.
—Es realmente hermoso.
Alana sonrió.
—¿Lo dices en serio?
—Por supuesto.
Hizo una pequeña pausa.
—Aunque...
La sonrisa de Alana disminuyó.
—¿Aunque?
Isabella tocó suavemente la tela.
—Quizás es un poco llamativo para una ocasión donde estará Su Alteza.
Alana miró el vestido confundida.
—¿Crees que no es adecuado?
—No dije eso.
Isabella negó rápidamente.
—Solo pienso que algunas damas podrían interpretarlo como si estuvieras intentando llamar demasiado la atención.
Aquella frase quedó suspendida en el aire.
Alana observó nuevamente el vestido.
Por primera vez, algo que le había gustado comenzó a parecerle incorrecto.
—No quiero que piensen eso.
—Lo sé.
Isabella sonrió.
—Por eso estoy aquí.
Esa tarde ayudó a Alana a elegir otro vestido.
Uno más sencillo.
Igualmente hermoso.
Pero mucho menos llamativo.
Alana se sintió agradecida.
—No sé qué haría sin ti.
Isabella respondió con una sonrisa.
—Para eso están las amigas.
La noche del evento llegó.
La mansión donde se celebraba la reunión brillaba con cientos de luces.
Los nobles conversaban mientras la música llenaba el salón principal.
Alana llegó acompañada por su familia.
Su vestido era elegante, pero discreto.
Recibió algunos cumplidos, aunque ninguno logró tranquilizar completamente la pequeña inseguridad que Isabella había dejado en su corazón.
Entonces vio a Aurelio.
El príncipe estaba conversando con varios nobles.
Su presencia dominaba el salón.
Alana sintió nuevamente aquella emoción.
Pero antes de poder acercarse, observó algo.
Isabella ya estaba allí.
Y Aurelio la miraba.
No de la misma forma en que miraba al resto.
Era una expresión más cálida.
Más cercana.
Alana se quedó quieta durante unos segundos.
No comprendía por qué aquella escena le provocaba una sensación extraña.
Quizás solo era porque Isabella era encantadora.
Quizás era normal que todos disfrutaran de su compañía.
Intentó convencerse de ello.
Sin embargo, algo dentro de ella se sintió pequeño.
Esa noche, Isabella logró exactamente lo que quería.
No necesitó alejar a Alana.
No necesitó decir una sola palabra cruel.
Solo consiguió que, por primera vez, Alana comenzara a compararse.
Mientras tanto, desde el otro extremo del salón, Aurelio observaba la escena.
Isabella se acercó discretamente.
—¿Lo notaste?
—Sí.
—Ya empieza a dudar.
Aurelio guardó silencio.
—No me gusta verla así.
Por un instante, Isabella lo miró sorprendida.
Pero la expresión del príncipe cambió rápidamente.
—Es necesario.
Ella sonrió.
—Lo sé.
Ambos sabían que habían dado el primer paso.
Pequeño.
Casi invisible.
Pero suficiente.
Porque las grandes caídas no comienzan con un golpe.
Comienzan con una pequeña grieta.
Y esa noche, sin saberlo, Alana permitió que la primera grieta apareciera en su corazón.
la union hace la fuerza