Él tenía una sola misión: protegerla.
Ella tenía una sola regla: no enamorarse de él.
Victoria Bennett tiene el matrimonio que cualquier mujer envidiaría.
Un esposo millonario. Una mansión de ensueño. Una vida rodeada de lujos.
Pero detrás de las puertas cerradas, su matrimonio es una pesadilla.
Su esposo, Alexander Blackwood, es un hombre poderoso, controlador y posesivo que se ha encargado de destruir poco a poco la seguridad y la autoestima de Victoria. Para el mundo son una pareja perfecta. Para ella, él es la razón por la que cada noche tiene miedo de volver a casa.
Hasta que Alexander contrata a Fernando Ferrara, un exmilitar convertido en guardaespaldas, para proteger a su esposa.
Fernando sabe perfectamente cuáles son sus límites.
Victoria es su jefa.
La esposa de su jefe.
Una mujer prohibida.
Pero también es la mujer que intenta esconder sus lágrimas cuando cree que nadie la está mirando.
Él comienza protegiéndola de peligros externos...
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Capitulo 14: Una voz del pasado
VICTORIA
No podía apartar los ojos de la grabadora.
—¿Qué quieres decir con que me conoce?
Marcus permaneció en silencio.
Fernando se acercó.
—Marcus.
—No puedo decirlo todavía.
—¿Por qué?
—Porque si me equivoco, la ponemos en peligro.
—Ya está en peligro.
Marcus me miró.
—Precisamente por eso.
El fuego continuaba consumiendo el almacén detrás de nosotros.
Sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos.
—Tenemos que irnos —dijo Marcus.
Fernando asintió.
Me tomó de la mano.
Y por primera vez no me aparté.
Regresamos a la mansión antes del amanecer.
Alexander seguía desaparecido.
Eso debería haberme preocupado.
Pero, extrañamente, lo que más miedo me daba era descubrir la verdad.
Nos reunimos en una habitación segura.
Fernando colocó la grabadora sobre la mesa.
—¿Funciona?
Marcus asintió.
—Sí.
—Entonces escuchemos.
Marcus pulsó el botón.
Primero se escuchó estática.
Después una voz.
La voz de Alexander.
—No puedo hacerlo.
Mi corazón se detuvo.
—Tienes que hacerlo —respondió otra voz.
Una voz masculina.
Desconocida.
—Ella ya sabe demasiado.
Alexander respondió:
—Victoria no sabe nada.
—Lo descubrirá.
—No si el accidente funciona.
Sentí que se me helaba la sangre.
Fernando me miró.
Yo no podía moverme.
La grabación continuó.
—¿Y Cross?
—Él será el responsable.
—¿Y si sobrevive?
—No sobrevivirá.
Marcus apretó los puños.
La voz desconocida volvió a hablar.
—¿Y Victoria?
Hubo silencio.
Entonces Alexander respondió:
—Ella tampoco puede hablar.
La grabación se detuvo.
Nadie dijo nada.
Durante varios segundos solo escuchamos nuestra propia respiración.
—Dios... —susurré.
Fernando se acercó.
—Victoria.
—Quería matarme.
—Sí.
—Mi propio esposo quería matarme.
Fernando no respondió.
Porque ambos sabíamos que ya no había manera de negar la verdad.
Marcus tomó la grabadora.
—Hay más.
—¿Qué?
—La grabación está incompleta.
Fernando frunció el ceño.
—¿Cuánto falta?
—Aproximadamente cuatro minutos.
—¿Dónde están?
Marcus señaló la grabadora.
—La memoria fue cortada.
—¿Puedes recuperarlos?
—Tal vez.
Pasaron casi dos horas.
Marcus trabajaba sobre un ordenador mientras Fernando permanecía junto a la ventana.
Yo estaba sentada frente a ellos.
No había dormido.
No podía.
Cada vez que cerraba los ojos veía el auto.
La lluvia.
La sangre.
Y a Alexander.
Entonces Fernando se acercó.
—¿Estás bien?
Solté una risa amarga.
—No.
Se sentó frente a mí.
—Es una respuesta honesta.
—Toda mi vida pensé que el problema era yo.
Fernando frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque él siempre me hacía creer que todo era culpa mía.
Bajé la mirada.
—Si estaba enojado, era por mi culpa.
—Victoria...
—Si gritaba, era porque yo lo provocaba.
Fernando tomó mi mano.
—Nada de eso fue tu culpa.
Lo miré.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Porque nadie merece tener miedo de la persona que dice amarlo.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Y tú?
—¿Qué?
—¿Alguna vez has tenido miedo de alguien que amabas?
Fernando guardó silencio.
—Sí.
Esperé.
Pero no respondió.
—No tienes que contármelo.
—Algún día.
Sus ojos se encontraron con los míos.
—Cuando sea el momento.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
Fernando seguía sosteniendo mi mano.
Ninguno de los dos la soltó.
—Fernando...
—Victoria...
Nos quedamos a centímetros.
Esta vez ninguno retrocedió.
Su mano subió lentamente hasta mi rostro.
Me acarició la mejilla.
Cerré los ojos.
Y por un instante olvidé todo.
El peligro.
Alexander.
La grabación.
La mansión.
Solo existíamos nosotros.
Fernando acercó su rostro.
Nuestros labios estuvieron a punto de encontrarse.
Pero un ruido nos hizo separarnos.
Marcus.
—Encontré algo.
Nos levantamos inmediatamente.
—¿Qué? —preguntó Fernando.
Marcus giró la pantalla.
—Recuperé treinta y siete segundos.
La grabación comenzó.
La voz desconocida volvió a escucharse.
—Si ella sobrevive, buscará la verdad.
Alexander respondió:
—No lo hará.
—¿Por qué estás tan seguro?
—Porque cuando despierte no recordará nada.
Mi sangre se congeló.
Fernando me miró.
—¿Qué significa eso?
Marcus continuó reproduciendo.
—La llevaremos a la clínica.
Alexander preguntó:
—¿Y Cross?
—Pensará que murió.
—¿Y la memoria?
La voz desconocida respondió:
—La encontraremos.
La grabación terminó.
Me quedé inmóvil.
—Me borraron la memoria.
Marcus negó.
—No exactamente.
—¿Entonces?
—Te sedaron.
Fernando frunció el ceño.
—¿Y por qué ella no recuerda seis horas?
Marcus señaló la pantalla.
—Porque durante esas seis horas ocurrió algo que todavía no sabemos.
—¿Qué?
Marcus abrió otro archivo.
Era una fotografía.
Una habitación de hospital.
Yo estaba en una cama.
Alexander estaba junto a mí.
Y a su lado había un médico.
Reconocí su rostro.
Me levanté de golpe.
—No.
Fernando se acercó.
—¿Lo conoces?
—Sí.
—¿Quién es?
—El médico que me atendió después del accidente.
Marcus amplió la fotografía.
En el fondo aparecía una placa.
Dr. Jonathan Reed.
Me quedé sin respiración.
—Él murió hace seis meses.
Fernando me miró.
—¿Estás segura?
Asentí.
—Lo anunciaron en las noticias.
Marcus abrió otro archivo.
—Entonces tenemos un problema.
—¿Cuál?
Marcus señaló la fecha de la fotografía.
La fotografía fue tomada tres días después de su supuesta muerte.
Silencio.
Fernando miró la pantalla.
—Esto no tiene sentido.
Marcus negó lentamente.
—Sí tiene.
—¿Cuál?
Marcus levantó la mirada.
—Alguien está falsificando muertes.
Mi teléfono vibró.
Número desconocido.
Un mensaje.
«YA DESCUBRIERON DEMASIADO.»
Después llegó otro.
«PERO TODAVÍA NO SABEN QUIÉN ERA EL HOMBRE DEL UNIFORME.»
Sentí un escalofrío.
Fernando tomó el teléfono.
—¿Quién era ese hombre, Victoria?
Cerré los ojos.
Y entonces una memoria apareció.
Una memoria que llevaba un año enterrada.
Un hombre vestido con uniforme militar.
De pie frente al auto.
Mirándome.
Y diciendo:
«No te preocupes, Victoria. Tu esposo se encargará de todo.»
Abrí los ojos.
Miré a Fernando.
—Yo conozco esa voz.
—¿De quién es?
Mis labios temblaron.
—Es la voz de mi hermano.