BL!!
¿Castigar a tu lobo por llamar destinado al vampiro que se casará con tu hermana?
¿Negar el instinto , los celos y la decepción de un lobo?
Para Nyx que su lobo llame destinado a Lazarus es un error, solo es un chupasangre engreído que se casara con su hermana por el bien de ambos reinos , ¿porque importarle?
Lo mejor sería negarlo y solo proteger su reino de la amenaza externa que advierte que le quitarán su alma……
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No te metas
Nyx no consiguió dormir.
No por Ronen.
Tampoco por lo ocurrido junto al lago.
Era Lazarus.
Más exactamente, una pregunta que no dejaba de darle vueltas en la cabeza.
¿Cómo sabía su nombre?
Nyx conocía a Lazarus desde hacía relativamente poco. Nunca le había hablado de Ronen. Ni siquiera Isolde había mencionado demasiado aquel asunto delante de los vampiros.
Entonces, ¿de dónde lo había sacado?
Se levantó de la cama y caminó hasta la ventana.
El castillo estaba en silencio.
—No me gusta.
Su lobo permaneció tranquilo.
Nyx frunció el ceño.
—No hablo de Ronen.
Miró hacia el pasillo.
—Hablo de ese chupasangre.
Aquello era diferente.
No le gustaba que Lazarus supiera cosas sobre él que nunca le había contado.
No le gustaba que apareciera constantemente.
No le gustaba que conociera sus lugares favoritos.
Y, sobre todo, no le gustaba que estuviera merodeando cerca de su vida.
Su lobo gruñó suavemente.
Nyx lo señaló.
—Exactamente.
Aunque sabía que su lobo probablemente estaba pensando en algo completamente diferente.
A la mañana siguiente, Nyx encontró a Lazarus en el patio.
El vampiro estaba conversando con Isolde.
Nyx se detuvo al verlos.
No sintió celos.
Eso se dijo.
Simplemente estaba irritado.
Mucho.
Caminó directamente hacia ellos.
—Lazarus.
El vampiro giró la cabeza.
—Buenos días.
—Necesito hablar contigo.
Isolde miró a ambos.
—Los dejo solos.
—No hace falta —dijo Nyx.
—Sí hace falta —respondió ella, y se marchó con una sonrisa.
Nyx esperó hasta que estuvieron solos.
—¿Cómo sabes quién es Ronen?
Lazarus permaneció tranquilo.
—Ya te dije que escuché hablar de él.
—¿Dónde?
—No recuerdo.
—Eso no me sirve.
Lazarus levantó una ceja.
—¿Por qué te preocupa tanto?
—Porque es asunto mío.
—Exactamente.
Nyx frunció el ceño.
—Entonces deja de investigar mi vida.
La sonrisa de Lazarus desapareció ligeramente.
—No estoy investigando tu vida.
—Sabes cosas que nunca te conté.
—Puede que haya personas que hablen.
—Pues deja de escucharlas.
Lazarus lo observó en silencio.
Nyx dio un paso hacia él.
—Y otra cosa.
—¿Sí?
—No quiero encontrarte cerca del lago.
Lazarus parpadeó.
—¿Por qué?
—Porque es mi lugar.
—No sabía que habías comprado el lago.
—Sabes perfectamente lo que quiero decir.
Lazarus sonrió de lado.
—¿Te preocupa que aparezca mientras estás con Ronen?
Nyx se quedó rígido.
—No.
—Entonces, ¿qué te preocupa?
—Tú.
La respuesta salió demasiado rápido.
Lazarus dejó de sonreír.
Nyx se dio cuenta de lo que había dicho y aclaró inmediatamente:
—Me preocupa que estés merodeando por mi territorio sin avisar.
—Ah.
Lazarus asintió lentamente.
—Eso es diferente.
Nyx lo señaló.
—Exactamente.
Se dio la vuelta.
—Así que mantente lejos.
—Haré lo posible.
Nyx siguió caminando.
Pero apenas se alejó unos metros, su lobo comenzó a gruñir.
Nyx apretó los dientes.
—No.
Destinado.
—No quiero saberlo.
Destinado.
—Y tampoco quiero que ese chupasangre se acerque.
Su lobo guardó silencio.
Nyx suspiró.
Porque había algo que no quería admitir.
No sabía por qué Lazarus le provocaba aquel instinto de protección territorial.
Pero cada vez que pensaba en él cerca del lago, algo dentro de Nyx se ponía en alerta.
Y no era miedo.
Era una sensación mucho más primitiva.
Como si una parte de él quisiera mantener a Lazarus cerca…
Mientras otra parte quería alejarlo de todo lo que consideraba suyo.
......................
La noche había caído sobre el territorio Hestrongord.
Nyx caminaba solo por el límite del bosque, con una mano apoyada sobre la empuñadura de su espada.
No había nadie a su lado.
Nadie debía estarlo.
Había pedido esa guardia precisamente por eso.
Necesitaba estar solo.
El viento frío movía las ramas sobre su cabeza mientras avanzaba entre los árboles. La luna apenas iluminaba el camino y, a lo lejos, podían escucharse los sonidos de los animales nocturnos.
Nyx respiró profundamente.
Por primera vez en varios días, no tenía que escuchar voces ajenas.
No tenía que soportar comentarios.
No tenía que fingir que todo estaba bien.
Solo estaba él.
Y sus pensamientos.
—Perfecto… —murmuró para sí.
Pero la tranquilidad duró poco.
Porque apenas dejó de escuchar el ruido de sus propias pisadas, su mente comenzó a llenarse de cosas que llevaba días intentando ignorar.
La alianza.
Los ataques.
La Iglesia de la Purificación.
El símbolo plateado.
Los cuerpos encontrados.
La amenaza contra su lobo.
Y, por supuesto…
Lazarus.
Nyx apretó la mandíbula.
—No.
No quería pensar en él.
Había demasiadas cosas más importantes.
Se detuvo junto a uno de los árboles que marcaban la frontera y observó la oscuridad.
Nada.
Todo estaba tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Su instinto le decía que debía permanecer alerta, pero su mente estaba en otra parte.
Recordó la primera vez que su lobo había pronunciado aquel nombre.
Destinado.
Nyx cerró los ojos.
Todavía podía sentir aquella palabra recorriendo su interior.
Había intentado ignorarla.
Había intentado castigar a su propio lobo.
Incluso había intentado convencerse de que todo era una confusión provocada por la luna.
Pero ya no podía engañarse.
Su lobo seguía reconociendo a Lazarus.
Y eso era precisamente lo que más lo molestaba.
Porque los vampiros no tenían vínculos destinados.
Ellos elegían.
Los lobos encontraban.
Entonces…
¿Qué significaba Lazarus para él?
Nyx abrió los ojos.
—Nada.
La respuesta salió demasiado rápido.
Se quedó en silencio.
Después soltó una pequeña risa sin humor.
—Claro. Nada.
Si Lazarus no significaba nada, ¿por qué había comenzado a reconocer su presencia incluso antes de verlo?
¿Por qué su cuerpo reaccionaba cuando el vampiro estaba cerca?
¿Por qué su lobo se comportaba de aquella manera?
Y, peor aún…
¿Por qué le había molestado tanto la posibilidad de que Lazarus pudiera acercarse demasiado a Isolde?
Nyx negó con la cabeza.
Eso era sencillo.
Era su hermana.
La protegería de cualquiera.
No tenía nada que ver con Lazarus.
Nada.
Su mirada se perdió entre los árboles.
Entonces apareció otro pensamiento.
Ronen.
Nyx bajó lentamente la mirada.
Ronen pertenecía al pasado.
Eso era todo.
Habían compartido una historia.
Habían vuelto a encontrarse.
Y Nyx no se arrepentía de lo ocurrido.
Pero aun así…
Había algo que no lograba comprender.
¿Por qué, después de estar con Ronen, había pensado en Lazarus?
Nyx frunció el ceño.
—Esto es ridículo.
Se pasó una mano por el cabello.
Había pasado demasiado tiempo intentando entender cosas que no quería entender.
Quizás lo mejor era dejar de hacerlo.
Quizás podía seguir con su vida.
Podía proteger a su reino.
Podía investigar los ataques.
Podía mantener a su hermana a salvo.
Y podía ignorar al maldito vampiro.
Sí.
Eso era exactamente lo que haría.
Su lobo permaneció en silencio.
Nyx esperó unos segundos.
Nada.
—¿Ni siquiera vas a discutir conmigo?
Silencio.
Nyx soltó una pequeña sonrisa.
—Pensé que te gustaba llevarme la contraria.
El lobo continuó callado.
Y esa ausencia de respuesta le resultó extrañamente incómoda.
Nyx se apoyó contra el tronco del árbol y miró hacia el cielo.
Tal vez su lobo también estaba cansado.
Cansado de que él negara algo que, en el fondo, ambos sabían.
Nyx cerró los ojos.
Por un instante imaginó aquellos ojos rojizos.
Aquella sonrisa arrogante.
Aquella voz que siempre parecía saber exactamente qué decir para irritarlo.
Lazarus.
Nyx abrió los ojos de golpe.
—No.
Esta vez fue más firme.
—No voy a enamorarme de un vampiro.
El bosque permaneció en silencio.
Nyx respiró profundamente.
—Y mucho menos de uno tan insoportable.
Una rama crujió a lo lejos.
Nyx inmediatamente tomó su espada y se puso en posición de defensa.
Sus sentidos se agudizaron.
Miró entre los árboles.
Nada.
Esperó.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Finalmente vio un pequeño animal salir de entre los arbustos y desaparecer nuevamente.
Nyx bajó el arma.
—Genial.
Guardó la espada.
La noche continuó avanzando.
Y mientras permanecía completamente solo en aquella frontera, Nyx comprendió algo que no quería admitir.
No le daba miedo estar solo.
Lo que comenzaba a darle miedo era acostumbrarse a no estarlo.