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Me enamoré del capo más temido

Me enamoré del capo más temido

Status: Terminada
Genre:Romance / Posesivo / Centrado emocionalmente / Mafia / Dominación / Esclava / Sirvienta / Romance oscuro / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Camila Cordero no tiene tiempo para enamorarse. Entre sus estudios, un trabajo agotador y una familia que nunca deja de pedirle dinero, apenas consigue mantenerse a flote. Por eso Dante Salazar, su vecino reservado, parece solo un hombre extraño que prepara sopa de fideo y carga demasiados secretos.
Pero Dante no es un hombre cualquiera. En las calles de Ciudad Bravo lo conocen como el Tigre: el dueño de un imperio construido entre negocios clandestinos, pactos de sangre y enemigos que esperan verlo caer.
Cuando Camila descubre quién es en realidad, ya es demasiado tarde para alejarse. Ella ha visto la violencia de la que es capaz, pero también al hombre herido que nadie más conoce. Y cuando decide arriesgar la vida para salvarlo, cruza una línea de la que ninguno de los dos podrá regresar.
Entre capos rivales, políticos corruptos, traiciones y una guerra que amenaza con destruirlos, Camila deberá decidir si amar al Tigre significa rescatar al hombre que vive bajo su piel… o perderse con él.
Porque en Ciudad Bravo nadie ama sin pagar un precio. Y el Tigre jamás suelta lo que considera suyo.

NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21

Capítulo 21: ¿Así son los del hampa?

Camila bajó, porque si no bajaba él subía, y no quería que la tormenta lo agarrara en la calle. Dante entró chorreando, con un abrigo empapado y, contra todo pronóstico, con dos bolsas de comida caliente en la mano.

—Con esta tormenta hay que comer caliente —dijo, como si no hubieran pasado dos semanas sin hablarse, como si nada—. Traje pozole. Del bueno.

Y así, sin discursos, sin disculpas, rompió el hielo de la guerra fría. Puso los platos en la mesa, sirvió, le acercó una silla. Camila lo miró hacer, con el pelo todavía mojado, y sintió que el coraje de dos semanas se le deshacía sin permiso.

Dos semanas. Dos semanas en las que ella había ensayado mil discursos: le iba a decir que no quería volver a verlo, que un asesino no era vida para nadie, que se iba a la otra punta del país. Y ahora él estaba ahí, empapado, con pozole, y todos los discursos se le habían borrado de la cabeza. Porque la verdad, la vergonzosa verdad que Camila no le confesaría ni a Fernanda, era que lo había extrañado cada uno de esos catorce días, con una tozudez que ni el miedo ni la sangre habían podido apagar.

Se sentó. Comieron en silencio un rato, con la lluvia golpeando los vidrios, y ese silencio, en vez de incómodo, fue casi un descanso.

Y entonces Camila, que llevaba dos semanas guardándose preguntas, las soltó todas de golpe, a quemarropa.

—Necesito saber. —Dejó la cuchara—. Y quiero que me digas la verdad, aunque sea horrible. ¿Todos los que te rodean son asesinos?

Dante la miró, y para su sorpresa, contestó. Sin rodeos, sin adornar.

—No. Entre los del hampa hay de todo, igual que entre los tuyos. Hay gente vil que mata por gusto, y hay gente que cayó ahí por hambre y sigue siendo decente a su modo. Beto sería incapaz de tocar a un niño. Mauro mata sin temblar, pero se moriría por su hija. No es tan distinto de tu facultad, gata. Ahí también hay Reginas.

—¿Y las armas? Vi las armas en el yate.

—Entran por mar. De contrabando. Este país está rodeado de agua y de frontera; todo entra si sabes por dónde.

Camila lo miraba comer, buscando en su cara al monstruo y al hombre a la vez, sin lograr separarlos. Era un experimento raro: preguntarle cosas terribles a alguien y verlo contestar con la misma naturalidad con que otro habla del clima. Y sin embargo, esa franqueza —esa falta de disfraz— era, a su modo torcido, un respeto. No le mentía. No la trataba como a una niña a la que hay que esconderle el mundo.

—¿Y tú…? —A Camila le costó—. ¿Tú matas? Con tus manos.

Dante dejó pasar un segundo.

—Cargo un arma. Soy el único de los míos que la porta siempre. Pero con mis manos, ejecutar, casi nunca. —La miró de frente—. Salvo a los traidores. A un traidor lo mato yo. Porque el que traiciona una vez traiciona siempre, y en mi mundo eso se paga con quien lo hizo, no se delega. Es la única regla que no rompo.

—¿Y quién manda? ¿Quién es el jefe de todo eso? ¿Don Genaro?

—No. —Dante removió el pozole—. El jefe soy yo, gata. Yo mando.

Lo dijo sin orgullo y sin vergüenza, como quien dice su oficio. Camila se quedó callada, asimilándolo. El vecino de la sopa de fideo. El jefe.

Y entonces, quizá por la tormenta, quizá porque estaba cansado de cargarlo solo, Dante hizo algo que no había hecho con nadie: le abrió su historia.

—Mi madre se enfermó cuando yo tenía trece años —empezó, con la vista en el plato—. Grave. De esas enfermedades que se comen a una persona despacio y cuestan una fortuna curar. Nosotros no teníamos ni para comer. —Apretó la mandíbula—. Dejé la escuela. Me lancé a la calle a conseguir dinero como fuera, porque necesitaba una fortuna y la necesitaba rápido. Empecé cargando cosas que no debía, llevando recados, y de ahí para abajo. O para arriba, según cómo lo veas.

—¿Y tu papá?

Dante soltó una risa seca, sin gracia.

—Nunca supe quién fue. Mi madre, de joven… —Escogió las palabras—. Vivía de los hombres. Llevaba muchos a la casa. Yo crecí viendo entrar y salir a desconocidos, y ninguno se quedó, y ninguno fue mi padre, o cualquiera pudo serlo. —Se tocó, sin darse cuenta, la medalla negra del cuello—. Lo único que me dejó fue esto. Y el nombre.

Camila lo escuchaba con el corazón encogido. Se imaginó al niño de trece años dejando la escuela para salvar a una madre enferma, entrando a un mundo del que ya no se sale.

—Al principio solo quería sobrevivir —siguió Dante, más bajo—. Curarla. Nada más. Junté dinero, y más dinero, y cada peso lo mandaba para sus tratamientos, para sus medicinas, para que no le faltara nada. Y mientras yo juntaba allá lejos, ella se apagaba aquí sola. —Se le endureció la voz—. Cuando por fin tuve la fortuna que necesitaba, ya no había a quién curar. Llegué un día tarde. Un solo día.

Camila sintió que se le cerraba la garganta. Un niño matándose por juntar dinero para una madre que se moría sin él al lado.

—Después de eso —dijo Dante— ya nada me importó gran cosa. Y un día me di cuenta de que, ahí abajo, yo podía decidir. Sobre el dinero. Sobre quién trabajaba y quién no. Sobre quién vivía y quién moría. Y cuando descubres que puedes decidir eso… ya no hay regreso, gata. Te vuelves otra cosa. —La miró—. Por eso te digo que no soy libre. No es que no quiera salir. Es que el que fui a los trece se murió con ella, y el que quedó no sabe vivir de otro modo. No sé ser bueno, Camila. No me enseñaron.

Camila, sin darse cuenta, se había recargado en su hombro. Afuera, la lluvia. Adentro, ese hombre enorme y peligroso confesándole que había sido un niño con hambre. Y la distancia de dos semanas, y de dos mundos, se le acortó de golpe. Sintió una ternura inmensa, dolorosa, por el niño que había sido y por el monstruo que la vida había hecho de él.

—¿Así… así son todos los del hampa? —preguntó, en un susurro, con los ojos húmedos—. ¿Todos empezaron siendo un niño que solo quería salvar a alguien?

A Dante se le movió algo en la cara. No contestó con palabras. Le tomó la barbilla, la giró hacia él, y aprovechó esa ternura de ella —y todo el deseo contenido de dos semanas de silencio— para besarla. Un beso hondo, de tormenta, que arrastró de un golpe el rencor, la distancia, el miedo.

Y esa noche, con el aguacero azotando los vidrios de la casita cerca de la Central, se reconciliaron del modo en que se reconcilian los que no saben decir perdón con la boca.

Afuera, la lluvia siguió cayendo sobre la ciudad y sobre dos personas que acababan de decidir, sin decirlo, quererse a pesar de todo.

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