En la víspera de su boda, Anastasia solo esperaba una noche de risas con sus amigas en su despedida de soltera. Sin embargo, una decisión impulsiva la lleva a cruzar la línea de lo prohibido. Embriagada por la emoción y el deseo de sentirse libre por última vez, despierta al día siguiente en la habitación de un hombre que no debería siquiera rozar en sus sueños.
Él no es un desconocido cualquiera: Damián Volkov, un magnate temido por su crueldad, un hombre sin piedad que mueve los hilos de negocios oscuros y que jamás perdona una traición. Un depredador que la ve como una presa que entró por voluntad propia a su guarida.
Lo que comenzó como un error se convierte en una obsesión peligrosa. Entre amenazas, secretos y una atracción que no debería existir, Anastasia descubrirá que una sola noche puede cambiarlo todo: su futuro, su matrimonio… y hasta su vida.
Porque en el mundo de Damián, nadie escapa sin pagar un precio.
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La despedida de soltera
Me llamo Anastasia Lincon.
Tengo 23 años y estoy comprometida con René Rusten, el hombre con el que he compartido los últimos cinco años de mi vida.
Cinco años deberían significar seguridad. Certezas. Un “para siempre” sin dudas y problemas.
Y aun así, últimamente, hay noches en las que me quedo mirando el techo preguntándome si de verdad conozco al hombre con el que voy a casarme.
Vivo con mi padre, mi madrastra y mi media hermana.
No es un hogar.
LEs un lugar donde aprendí a hacerme pequeña.
Mi madre murió el mismo día que nací. Nadie lo dice, pero su ausencia siempre está presente. En las miradas largas.
En los silencios incómodos.
En esa sensación constante de no terminar de encajar. Como si yo fuera un error que todos decidieron tolerar.
Hoy es mi despedida de soltera.
Mis amigas del trabajo organizaron todo. Empecé a trabajar a los dieciocho, no porque lo necesitara, sino porque estar fuera de casa se volvió una necesidad urgente. Las discusiones con mi media hermana nunca terminan. Y mi madrastra… ella siempre encontró la manera de recordarme que no soy su hija.
Así que aprendí a callar.
A aguantar.
A no poner a mi padre en medio.
—Ania, hola, mi niña.
Reconozco su voz desde la puerta mientras revuelvo el armario sin saber qué ponerme.
—Hola, papi —respondo, forzando una sonrisa que no siento del todo.
Se queda mirándome en silencio. Últimamente hace eso mucho. Como si quisiera decirme algo y no supiera cómo.
—No puedo creer que pronto te vayas de esta casa.
Camino hasta él y lo abrazo fuerte. Más fuerte de lo normal.
—Vendré seguido —le prometo—. No voy a desaparecer.
Suspira.
—Me alegra que hayas encontrado a un buen hombre.
—René es… muy lindo —digo—. Y me quiere mucho.
En ese momento mi madrastra aparece detrás de él.
—Te estamos esperando —dice, con ese tono frío que nunca cambia.
Mi padre intenta mantener la calma.
—Ania, venía a decirte que iremos a cenar y
—Hice reservación solo para tres personas —lo interrumpe ella, con una sonrisa tensa.
Mi padre frunce el ceño.
—No me importa. Pago una más.
Ella se da la vuelta, molesta. Yo respiro hondo.
—Papá, no te preocupes. Vayan ustedes. Mis compañeras pasarán por mí.
—Pero aún falta una semana para la boda…
—Lo sé. Pero con tantos preparativos quisieron hacerlo hoy.
Asiente, resignado.
—Cuídate —dice—. Y llámame si pasa algo.
Los observo desde la ventana mientras se alejan en el auto. Una parte de mí siente alivio. Otra, culpa.
Me baño con calma, dejando que el agua tibia me caiga por la espalda. Me pongo un vestido color rosado ajustado hasta las rodillas.
Zapatillas del mismo color.
El cabello suelto, apenas ondulado.
Me miro al espejo.
Me veo feliz.
Nerviosa.Y, muy en el fondo, asustada.
El celular vibra. Es René.
—¿Cómo está la novia más hermosa del mundo?
—Bien —respondo—. Ya casi lista para la despedida.
Silencio.
—Sabes que no me gusta eso.
—Solo un par de horas.
—Ania… eso no es propio de una joven decente. Escríbeme. Todo el tiempo..
Sonrío. En ese momento lo interpreto como preocupación.
—Está bien. Te amo.
—Y yo a ti.
Tomo un taxi. El lugar es un hotel. Mis amigas rentaron un salón privado.
Luces. Música. Risas. Todo me envuelve apenas entro.
—¡Por Ania y por su futuro junto al soltero más codiciado! —grita una de ellas.
Brindamos.
Mi copa se llena otra vez. Y otra.
—Esta noche es para disfrutar —me dicen—. Nada de pensar.
Luego entran varios hombres, casi desnudos. El lugar estalla en gritos y carcajadas. Mi celular vibra, pero alguien me lo quita de la mano.
—Hoy no —dicen—. Hoy eres libre.
Bebo más de lo que debería.
El tiempo empieza a desdibujarse.
El calor me sube de golpe. La piel me arde.
El aire pesa.
Me levanto buscando el baño, pero el pasillo parece moverse.
Entro a una habitación abierta y voy directo al baño. Me siento. Respiro.
Me echo agua en la cara.
No ayuda.
Las voces afuera se mezclan con la música. Me quito las zapatillas. El mareo empeora.
Salgo, pero una arcada me obliga a volver. Vomito. Intento limpiarme. Quiero pedir ayuda… pero mi lengua no responde.
Después, un sofá.
Un peso extraño en el cuerpo.
Mi mente grita que me mueva, que huya.
Mi cuerpo no reacciona.
La oscuridad cae sobre mí.
Es lo último que recuerdo antes de que todo se apague.