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MARIONETA: LAZOS DE SANGRE Y OBSESIÓN

MARIONETA: LAZOS DE SANGRE Y OBSESIÓN

Status: Terminada
Genre:CEO / Arrogante / Dominación / Completas
Popularitas:581
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa





Han transcurrido tres años desde aquella noche en que Antonia recuperó su libertad y Aarón comprendió que el amor no se encadena, sino que se respeta. Tres años en los que cada uno ha reconstruido su vida sobre las cenizas del pasado: Antonia brilla como actriz consagrada, dueña de su escenario y de su destino; Aarón ha redimido sus errores, saneado su imperio y se ha convertido en un hombre íntegro, serio y reservado, guiado por la lealtad y la palabra dada; Vicent ha construido junto a él una nueva etapa, firme y honesto; e Irina dirige con dedicación su fundación, transformando su experiencia en refugio para quienes lo necesitan.

La paz parece definitiva… hasta que las sombras regresan con un rostro aún más cruel.

El nuevo titiritero, Julian Van Thal, un hombre influyente, frío y sin escrúpulos, heredero de un imperio aún más vasto que el que alguna vez tuvo.

NovelToon tiene autorización de Marilinaa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 4

La función estaba en su punto más alto. Antonia ocupaba el centro del escenario, y cada palabra que pronunciaba, cada gesto, cada mirada, tenía al público completamente cautivado. La luz caía sobre ella como si fuera hecha a su medida, y en ese instante no era solo una actriz: era la dueña de todo lo que había bajo esas luces.

En la primera fila, sentado con la postura rígida y las manos entrelazadas sobre el regazo, estaba Julian Van Thal. Alto, impecablemente vestido, con rasgos finos y una mirada oscura que parecía pesar sobre todo lo que tocaba. Nadie lo conocía allí, y él no había venido por la obra ni por el aplauso. Había venido porque supo —y siempre se enteraba de todo— que allí había algo que merecía la pena ver. Y al verla, sintió algo que nunca antes le había ocurrido: una atracción tan intensa y repentina que casi le cortó el aliento. Pero no era admiración por su talento, ni cariño, ni amor. Era hambre. La certeza absoluta de que esa belleza, esa voz, esa gracia… no podían pertenecer al azar ni al público. Tenían que ser suyas.

Al terminar la función, mientras el salón estallaba en aplausos que él apenas escuchaba, Julian se quedó sentado, con los ojos fijos en ella como si pudiera ver a través de la tela de su vestido y de la piel misma. Su asistente, un hombre discreto que había estado a su lado años, se inclinó hacia él en voz baja:

—Es extraordinaria, señor. Su actuación ha conmovido a toda la sala.

Julian no apartó la mirada de Antonia, que saludaba al público con la cabeza alta y una sonrisa que iluminaba todo su rostro.

—No es solo extraordinaria —respondió él con voz suave pero cortante, como quien evalúa una pieza de museo—. Es perfecta. Tan delicada y tan fuerte a la vez. Como una obra maestra que alguien ha dejado expuesta cuando debería estar protegida. Cuidada. Poseída.

—¿Desea que la ponga en su agenda? ¿Que le consiga una entrevista? —preguntó su asistente, tomando nota mentalmente.

Julian negó lentamente, sin dejar de observarla.

—No. Las obras de arte no se entrevistan. Se adquieren. Y se cuidan para que nadie más las dañe ni las posea. Mírala… brilla demasiado para estar al alcance de cualquiera. No está hecha para el público. Está hecha para estar en un lugar donde solo yo pueda verla. Donde yo pueda decidir cuándo brilla y cuándo descansa.

—Señor… ella es una mujer libre —se atrevió a decir su asistente con cautela—. Tiene su propia vida, su propia familia… no es algo que se pueda simplemente comprar.

Julian giró la cabeza hacia él, y en sus ojos no había ira, sino una fría convicción que helaba la sangre.

—Todo se puede tener, si se tiene el poder y la paciencia suficientes. Ella cree que es libre ahora. Pero la libertad es una ilusión que se rompe tan pronto como alguien tira de los hilos correctos. Yo aprendí eso desde niño. Las personas son como marionetas: solo necesitan a alguien que sepa manejarlas bien. Y ella… —volvió a mirar a Antonia, que ya se retiraba entre bastidores— será mi obra más perfecta. La más preciada. Y nadie me la quitará. Nadie.

—¿Y si se resiste? —insistió el otro.

Julian sonrió, pero no llegó a sus ojos.

—Todas se resisten al principio. Creen que su voluntad es más fuerte que todo. Hasta que comprenden que la voluntad también se cansa. También se rinde. Yo la enseñaré a ser mía. Con paciencia. Con dedicación. Y cuando lo logre… me agradecerá que la haya salvado de ser de todos y de nadie.

Se levantó entonces, ajustándose la chaqueta con calma, como si ya la tuviera en la palma de su mano.

—Investígala —ordenó con firmeza—. Todo. Dónde vive, con quién, qué le importa, qué teme. Quiero saber cada detalle de su vida antes de que termine la semana. Porque no voy a esperar mucho para reclamar lo que merezco.

—Como ordene —asintió su asistente.

Julian dio un último vistazo al escenario vacío, donde la luz aún parecía conservar el rastro de ella.

—Será mía —susurró, más para sí mismo que para nadie más—. Cuerpo, alma y voz. Y nadie podrá decirme lo contrario.

Salió del teatro con paso firme, convencido de que el mundo estaba hecho para que hombres como él tomaran lo que quisieran. No sabía que Antonia ya había roto cadenas antes. No sabía que la libertad que ella tenía no era algo que se le pudiera quitar. Pero Julian Van Thal no veía personas. Veía cosas. Y para él, Antonia era la joya más hermosa que había encontrado. Y las joyas se guardan bajo llave.

Julian se detuvo en la puerta del teatro y miró hacia el cartel con el nombre de Antonia impreso en grandes letras doradas. Su asistente se acercó de nuevo con cautela.

—Señor, ¿está seguro de esto? He oído rumores… ella no es una mujer fácil de dominar.

Julian soltó una risa baja y fría.

—Nadie es difícil de dominar si sabes qué hilos tirar. Ella cree que su fuerza la hace libre. Yo la haré comprender que su fuerza existe solo para resistirme… y esa resistencia… es lo que más me gusta.

—¿Y si se niega?

—Entonces —respondió él con voz cortante—, le enseñaré que negarse no es una opción. Las marionetas no deciden moverse solas. Alguien siempre debe guiarlas. Y yo seré quien sostenga los hilos.

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