Para pagar el tratamiento de su abuela, Valentina Cabrera acepta convertirse en la amante de Damián Mondragón, un magnate acostumbrado a decidir cuándo empieza una relación y cuándo termina.
El acuerdo es claro: acudir cuando él la llame, guardar el secreto y no confundir la cama con el amor.
Valentina tiene su propio plan. Anotar cada peso que recibe, seguir bailando y devolverle todo para poder marcharse. Lo difícil será cumplirlo cuando Damián empiece a romper sus reglas y ella a esperar algo más que dinero cada vez que él la busca.
Pero mientras sus besos la hacen creer que es especial, sus decisiones empiezan a cerrarle las puertas que necesita para construir una vida propia.
Cuando Valentina decide irse, él le recuerda el precio de romper el contrato: seis millones de pesos.
Ella acepta la deuda.
Damián estaba preparado para sus reclamos, sus lágrimas, incluso para que le pidiera más. No para verla elegir una vida sin él.
Ahora tendrá que descubrir cómo recuperarla cuando su dinero ya no basta para hacerla volver.
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Capítulo 10
Capítulo 10 — La danza no se compra
Valentina reconoció a Toño Belmonte antes de que Damián lo saludara. Su nombre estaba en la convocatoria que llevaba doblada en la mochila. No esperaba conocerlo así, todavía con la falda arrugada y sin haber podido entrar al baño a peinarse.
El privado del restaurante olía a puro. Había seis personas alrededor de una mesa larga, platos a medio terminar y una silla vacía en cada extremo. Toño se levantó para recibirlos.
—¡Damián! Ya nos habían dicho que venías. Qué gusto.
—Toño. Gracias por recibirnos.
El director le estrechó la mano y después se volvió hacia ella.
—Y tú debes ser la bailarina.
—Valentina Cabrera. Mucho gusto, director Belmonte.
—Toño, por favor. Siéntate. ¿Te sirvo vino?
Valentina aceptó agua. Tenía seca la boca y quería entender para qué la habían llevado ahí. Se sentó junto a Damián, procurando reconocer los nombres de los demás cuando los presentaron: producción, financiamiento, alguien que se ocuparía del rodaje.
Hablaron unos minutos de fechas. Ella esperó una pausa para preguntar por la audición, pero Toño se le adelantó.
—Mira, Valentina, vamos a ahorrarnos vueltas. El papel es tuyo.
Dejó el tenedor sobre el plato.
—¿La bailarina del segundo acto?
—Esa misma.
Por un momento creyó que la mujer de producción les había mostrado alguna grabación de la clase. Había repetido el giro frente a ella, después de fallarlo la primera vez. A lo mejor se había fijado. Valentina miró a Toño, buscando algo más.
—¿Ya vieron mi trabajo?
—Con la recomendación que traes, ¿para qué te vamos a hacer perder el tiempo? —Toño levantó la copa hacia Damián—. Aquí los amigos de mis amigos no hacen cola.
El productor sentado enfrente sonrió.
—Bienvenida al proyecto, guapa.
Valentina bajó la vista a su plato. Le dio vergüenza la rapidez con que se había ilusionado. Ya se había imaginado llamando a su abuela, contándole que un director la había elegido después de verla bailar.
No habían visto nada.
Debajo de la mesa buscó la mochila con el pie. Ahí estaba la convocatoria con el nombre del personaje, los requisitos y la fecha que llevaba días organizándose para poder cumplir. Quiso sacarla, ponerla sobre la mesa y preguntarles para qué les pedían todo aquello a las demás.
No lo hizo. Necesitaba hablar sin ponerse a llorar delante de ellos.
—Se lo agradezco, director. Pero no quiero el papel así.
Toño dejó de sonreír unos segundos.
—¿Cómo que así?
—Sin audicionar. No sabe si puedo hacer lo que necesita.
—Eso lo vemos en los ensayos. Hay gente para ayudarte.
—Quiero hacer la prueba con las demás. Si otra lo hace mejor, el papel tiene que ser de ella.
El productor miró a Damián antes de intervenir.
—La muchacha quiere que le vean el talento. Bueno, que baile algo y se queda tranquila.
La facilidad con que lo dijo le dolió más que el ofrecimiento. Su abuela había vendido tamales de madrugada para pagarle las primeras clases; Valentina había llegado tarde a la danza y llevaba años tratando de alcanzar a quienes empezaron de niñas. No quería una exhibición de cortesía después de que decidieran por ella.
—No para quedarme tranquila —dijo—. Para que ustedes decidan después de verme. La danza no se compra, director. Se baila.
Toño apoyó los antebrazos en la mesa.
—Aquí también cuentan otras cosas. Cumplir fechas, tener respaldo, que alguien responda si hay un problema. La película cuesta dinero aunque una esté muy orgullosa de cómo baila.
—Puedo cumplir con los ensayos. Y quiero el trabajo. Por eso vine a la convocatoria.
La voz se le quebró un poco al final. Odiaba que pudiera parecer un berrinche precisamente cuando estaba intentando explicar cuánto le importaba.
Toño volvió a mirar a Damián. Esta vez esperó abiertamente su respuesta.
* * *
Damián tenía la copa entre los dedos. Había organizado la comida convencido de que el asunto terminaría en unos minutos: Toño ofrecería el papel, Valentina aceptaría y dejaría de preocuparse por una prueba que él podía resolver sin esfuerzo.
No había previsto tener que oírla rechazarlo delante de la mesa entera.
Le molestó. La había visto preocuparse por los gastos de la abuela, por faltar a una clase, por cualquier cosa que la apartara de bailar. Y ahora que él le acercaba justo lo que quería, ella se aferraba a una fila de aspirantes.
Estuvo a punto de decirle que aceptara y luego discutieran en el coche. Toño esperaba eso: una frase suya que cerrara el tema sin dejar mal a nadie.
Pero Valentina no lo estaba mirando. Tenía toda la atención puesta en el director, como si de verdad creyera que podía convencerlo. A ratos buscaba las palabras; no había soltado la servilleta desde que le ofrecieron el papel.
Damián recordó el instante en que se había iluminado al preguntar si habían visto su trabajo. Él también había oído la pregunta y la había dejado pasar.
No alcanzaba a entender por qué una prueba le importaba tanto. Sí entendió que obligarla a aceptar estropearía lo que había pretendido darle. Y no le gustó descubrir que podía equivocarse incluso al hacerle un favor.
Dejó la copa en la mesa.
—Quiere audicionar, Toño. Ya la oíste.
* * *
Valentina soltó un poco la servilleta. No se volvió hacia Damián; temía que cualquier gesto de alivio volviera a convertir la conversación en un acuerdo entre los dos hombres.
Toño se tomó un momento antes de asentir.
—Está bien. Conserva tu lugar en la lista. Pero después no quiero reclamaciones si elegimos a otra.
—Si hace mejor la prueba, no habrá ninguna.
—Hay más criterios. Te lo estoy diciendo desde ahora.
El director llamó al mesero y pidió otra botella. Los demás aprovecharon para retomar la conversación sobre el rodaje, agradecidos por tener algo más de qué hablar.
Valentina acercó su vaso. El agua ya no estaba fría. Había conseguido lo que pidió, pero Toño le había dejado claro que bailar bien quizá no bastara.
Antes de irse, buscó a la encargada de producción.
—Sigo en la lista, ¿verdad?
La mujer consultó el celular.
—Cabrera. Sí. Te avisamos cualquier cambio de horario.
Valentina esperó a verla confirmar su nombre antes de guardar la convocatoria.