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Marcas De La Infancia

Marcas De La Infancia

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Centrado emocionalmente / Romance
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Heimy Zuñiga

No todas las cicatrices se ven en la piel. Algunas habitan en la memoria, en las emociones y en los recuerdos que tratamos de callar. La historia de Liam es un testimonio vivo de esas cicatrices invisibles y de la valentía de ponerlas en palabras.

NovelToon tiene autorización de Heimy Zuñiga para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10: Las grietas no se ven desde afuera

Hay una diferencia sutil entre el silencio que tranquiliza y el silencio que advierte de una tormenta. Tras el encuentro en la azotea, el aire de la universidad cambió. Notaba que el hilo invisible que me conectaba con Hazel no era invisible para todos. En la cafetería, sentía las miradas rápidas de algunos compañeros que se daban codazos al vernos entrar al mismo tiempo. Los rumores sobre el "incidente del bar" y mi extraña tregua con la chica más brillante de la clase se habían convertido en el ruido de fondo de los pasillos.

Los días siguientes se sintieron más largos de lo normal, estirándose como ligas a punto de romperse. Nada había cambiado en apariencia, pero el ambiente en el aula de diseño era distinto. Antes me ignoraban por miedo; ahora me observaban por curiosidad. Era como ser un animal exótico en un zoológico: todos esperaban ver cuándo sería mi próximo rugido.

Hazel no volvió a acercarse. Ocupaba su asiento cerca de la ventana y yo permanecía al fondo. A veces la sorprendía mirándome, no con insistencia, sino como quien verifica que una estructura dañada sigue en pie tras un sismo. Vi cómo un chico de las primeras filas intentó hablarle y ella le respondió con una cortesía distante, sus ojos viajando un segundo hacia mi dirección antes de volver a su cuaderno. Ese pequeño gesto no pasó desapercibido para los demás; el aula entera parecía estar pendiente de un guion que yo no había escrito.

Durante una clase de cálculo estructural, el profesor explicó un ejercicio que, en otro momento, habría resuelto sin esfuerzo. Esa vez, los números se me mezclaron. El grafito del lápiz tembló entre mis dedos. Sentí el cuello de la camisa cerrarse demasiado, como una soga invisible. Pensé en mi padre. En su voz seca. Un  Lennox Chester no pierde la compostura.

El profesor seguía explicando, llenando el tablero con fórmulas y esquemas que hablaban de fuerzas invisibles. Carga muerta. Carga viva. Esfuerzo cortante. Yo copiaba cada trazo con precisión casi obsesiva, como si mi vida dependiera de que esas líneas quedaran exactas. Tal vez así era.

—Recuerden esto —dijo el profesor, golpeando suavemente el tablero con el marcador—: toda estructura tiene un límite. Puede soportar peso durante años, incluso décadas, pero si la carga supera su capacidad crítica... colapsa.

—Toda estructura tiene un límite —dijo el profesor.

El sonido del marcador contra el tablero rascaba mis oídos como una lija. Miré a mi alrededor y vi a varios estudiantes asentir, tomando notas con ligereza. Ellos no entendían. Para ellos era física; para mí, era una profecía. Miré mis manos, fijándome en la cicatriz casi invisible de mis nudillos. Me pregunté cuántos kilogramos de presión le quedaban a mi propia estructura antes de que el concreto de mi voluntad se hiciera pedazos frente a todos."

Sentí que el aire se volvía denso.

Bajé la mirada a mi cuaderno. Mis números eran correctos. Mis cálculos, impecables. Ahí no había error posible. Los números no mienten, no tocan, no invaden. Se quedan donde uno los pone. Por eso me gustaban.

Aun así, algo no encajaba.

Me descubrí atento a sonidos que no debería notar: el roce de una silla al moverse, el golpe seco de un cuaderno cerrándose, una risa apagada al fondo del aula. Cada vez que alguien se reía, mi mente traducía ese sonido en una burla hacia mí. "Míralo", parecían decir, "el hijo de Lennox Chester está a punto de romperse".

Busqué sin quererlo un punto fijo.

Hazel seguía ahí, unas filas más adelante. No se giró. No se acercó. No hizo nada. Y, sin embargo, su distancia pesaba más que cualquier gesto. Me di cuenta de que estaba conteniendo la respiración, como si una parte de mí esperara que ella confirmara que todo seguía en orden... o que nada lo estaba.

Me obligué a inhalar despacio. Uno. Dos. Tres.

Nadie parecía notarlo. Desde afuera, yo era solo otro estudiante concentrado, resolviendo problemas estructurales.

Apreté la mandíbula y seguí escribiendo.

—¿Estás bien? —susurró Alex. Su voz era baja, cargada de una precaución que me irritaba. Me trataba como si fuera de cristal, y esa delicadeza de mi único amigo me hacía sentir aún más defectuoso.

Asentí, aunque el aire se volvía denso.

En el receso, Andrés intentó hacer uno de sus chistes habituales, algo sobre profesores frustrados y maquetas imposibles. Se quedó a mitad de frase cuando me vio la cara.

—Oye... —dijo más bajo—. Si hoy no estás para nadie, lo entiendo.

No respondí. Esa tarde, al salir, vi mi reflejo en el vidrio de la entrada principal: postura rígida, expresión controlada. Pero detrás de mí, en el reflejo, vi a otros estudiantes salir en grupos, tocándose, riendo, viviendo en un mundo de contacto que para mí era territorio prohibido.

Desde afuera, no había grietas.

Desde adentro, todo crujía.

Pensé en Hazel. En cómo había reconocido mi incendio sin intentar apagarlo. Aceleré el paso al verla salir del edificio; no quería que me viera así, con el control resquebrajándose. Porque ya lo sabía: cuando el concreto de la voluntad se rompe, el pasado entra sin pedir permiso.

Y yo aún no estaba listo para enfrentar lo que llevaba tanto tiempo encerrado.

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señorita_cash
.
señorita_cash
que personal..
Yorjany González Rodríguez
bien sigue haci pero trata de que cuando termines un capitulo el siguiente lo continue desde donde se quedo /Slight/
Heimy Zuñiga: Jaja muchas gracias... lo tendré en cuenta de ahora en adelante 👏
total 1 replies
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