Han pasado 20 años.
El hijo de Frank y Valery ya no es un bebé.
Es el heredero del imperio Morello
Él no quiere el trono.
No quiere ser rey. No quiere sangre. No quiere alianzas forzadas.
Quiere una vida normal.
Y eso, en una familia como la suya… es traición.
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Cuando la sangre llama a la sangre
Capítulo 16
La traición no terminó cuando Diego fue encerrado.
Ese fue apenas el comienzo.
Durante dos días, el silencio volvió a instalarse sobre la ciudad como una amenaza invisible. No hubo explosiones. No hubo disparos. No hubo mensajes públicos del Cartel del Norte.
Y eso era exactamente lo que inquietaba a Matías.
Demasiada calma.
Estaba de pie frente al ventanal de la clínica, ahora convertida oficialmente en cuartel temporal. Las luces de la ciudad titilaban abajo, ajenas a la guerra que comenzaba a hervir en sus sombras.
Isabella lo observaba desde el sofá.
—Estás esperando algo —dijo finalmente.
—Sí.
—¿Qué?
Matías no se giró.
—La respuesta.
Como si la guerra tuviera etiqueta de entrega.
—
A las 2:17 a.m., llegó.
No con disparos.
No con explosiones.
Sino con información.
Un mensaje cifrado entró en el sistema interno de comunicaciones. No era un número desconocido. Era una línea antigua. Una que solo usaban los fundadores del imperio Morello.
Matías la reconoció de inmediato.
Se acercó a la mesa sin prisa.
Abrió el archivo.
Y por primera vez en días… sintió algo más que rabia.
Sintió frío.
—¿Qué pasa? —preguntó Isabella, incorporándose.
Matías no respondió.
Solo giró la pantalla hacia ella.
Había fotografías.
Planos internos.
Ubicaciones de bodegas secretas que jamás habían sido registradas oficialmente.
Rutas alternas que solo tres personas conocían.
Él.
Diego.
Y su padre… antes de morir.
Pero eso no era lo peor.
La última imagen mostraba algo distinto.
El hospital donde la madre de Isabella hacía voluntariado los fines de semana.
La imagen tenía un punto rojo sobre la entrada principal.
Isabella dejó de respirar.
—Eso… no…
Matías ya estaba marcando un número.
—Activen protocolo tres. Protección inmediata en Hospital Santa Clara. Equipo completo. Nadie entra sin revisión.
Colgó.
Su mandíbula estaba rígida.
—Eso no lo sabía Diego —dijo Isabella en voz baja.
Matías la miró.
—No.
Y ahí estaba el verdadero problema.
El Cartel del Norte no solo estaba usando información interna.
Estaba usando información emocional.
Estaban escalando.
—
En una casa al norte de la ciudad, el hombre que había ordenado el disparo sonreía.
—Ya se dio cuenta —dijo uno de sus hombres.
—Por supuesto que sí.
—¿Y ahora?
El hombre observó el mapa extendido frente a él.
—Ahora va a reaccionar.
—
Matías no gritó.
No rompió nada.
Eso era lo inquietante.
Se movía con precisión quirúrgica.
—¿Quién tuvo acceso a esa línea antigua? —preguntó.
—Solo tú —respondió Sergio.
Matías negó lentamente con la cabeza.
—Incorrecto.
Todos lo miraron.
—Mi padre tenía un socio.
El silencio fue inmediato.
Era un nombre que no se pronunciaba desde hacía años.
Un hombre que desapareció tras la muerte del viejo Morello.
Oficialmente muerto.
Extraoficialmente… nunca confirmado.
—¿Estás diciendo que…? —empezó Sergio.
—Estoy diciendo que esta guerra no es solo del Cartel del Norte.
Isabella sintió que el suelo se movía bajo ella.
Esto era más grande.
Mucho más grande.
—
El segundo golpe llegó al amanecer.
Un convoy de Matías fue interceptado en la autopista sur.
No fue un ataque improvisado.
Fue una emboscada.
Camiones atravesados bloqueando el paso.
Tiradores en altura.
Granadas de humo.
Cuando la noticia llegó, Matías ya estaba en movimiento.
—¿Cuántos? —preguntó mientras se colocaba la chaqueta.
—Cuatro heridos. Uno crítico.
—¿Bajas del otro lado?
—Desconocidas.
Matías tomó su arma.
Isabella lo sujetó del brazo.
—No puedes ir tú.
Él la miró.
—Claro que puedo.
—Estás herido.
—Estoy vivo.
Esa diferencia lo decía todo.
—
La autopista era un caos.
Sirenas lejanas.
Autos abandonados.
Humo elevándose hacia el cielo gris.
Matías bajó del vehículo sin titubear.
Sus hombres formaron perímetro.
Los disparos aún resonaban a lo lejos.
Uno de los suyos estaba tendido junto a una camioneta perforada por balas.
Sangre oscura extendiéndose bajo su cuerpo.
—¿Quién dio la orden de mover ese cargamento hoy? —preguntó Matías con voz fría.
Silencio.
—Respondan.
Sergio tragó saliva.
—El itinerario cambió anoche.
—¿Quién lo autorizó?
Otro silencio.
Y entonces lo entendió.
—No estamos reaccionando —dijo lentamente—. Nos están guiando.
Era un juego de ajedrez.
Y ellos estaban siguiendo las jugadas del enemigo.
—
Desde un edificio cercano, un francotirador ajustó la mira.
Matías levantó la vista justo un segundo antes del disparo.
El proyectil rozó su hombro ya herido.
Dolor blanco.
Agudo.
Sus hombres respondieron de inmediato.
Explosión de disparos.
El tirador cayó desde la azotea.
Pero el mensaje ya estaba enviado.
No era solo guerra.
Era cacería.
—
De regreso al cuartel, Isabella lo esperaba.
Cuando vio la sangre en su camisa, el corazón se le detuvo.
—¿Otra vez?
—Es superficial.
Mentía.
Pero seguía de pie.
Ella lo ayudó a sentarse.
Retiró la tela con cuidado.
La herida anterior había comenzado a abrirse.
—Esto es exactamente lo que quieren —dijo ella con rabia contenida—. Que pierdas la cabeza.
Matías la miró fijamente.
—No la estoy perdiendo.
—Entonces ¿qué estás haciendo?
Él sostuvo su mirada.
—Preparándome.
—
Horas después, la respuesta final llegó.
Un video.
Sin remitente visible.
La pantalla mostró a Diego.
Vivo.
Atado.
Golpeado.
Pero consciente.
—Hola, Matías —dijo una voz fuera de cámara—. Creíste que lo tenías todo bajo control.
La cámara se acercó al rostro de Diego.
—Diles lo que sabes —ordenó la voz.
Diego levantó la vista, derrotado.
—No soy el único.
El silencio en la sala fue absoluto.
—Hay otro hombre en tu círculo —continuó la voz—. Uno que tú nunca sospecharías.
Isabella sintió un escalofrío.
Matías no parpadeó.
—Devuélveme las rutas del puerto —dijo la voz—. Y te devuelvo a tu amigo. Intacto.
El video se cortó.
La tensión se volvió insoportable.
—Es una trampa —murmuró Sergio.
—Todo es una trampa —respondió Matías.
Pero lo que no dijo era que estaban perdiendo la ventaja.
El enemigo no solo tenía información.
Tenía piezas vivas.
Y estaba dispuesto a exhibirlas.
—
Esa noche, Isabella se acercó a él en silencio.
—Si entregas las rutas, te debilitas.
—Sí.
—Si no lo haces, Diego muere.
—Probablemente.
Ella lo miró fijamente.
—¿Y si esto no se trata de Diego?
Matías frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Están midiendo qué tan lejos estás dispuesto a llegar. No quieren las rutas. Quieren tu reacción.
Silencio.
Porque tenía razón.
La guerra ya no era logística.
Era psicológica.
—
Matías caminó hacia el ventanal.
La ciudad seguía brillando.
Indiferente.
—Quieren demostrar que pueden tocar lo que es mío.
—Y lo están logrando —dijo Isabella.
Él cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, ya había tomado una decisión.
—Entonces es hora de que entiendan algo.
Se giró hacia su equipo.
—Localicen la transmisión. No negociaremos.
—¿Y Diego? —preguntó Sergio.
Matías lo miró.
—Si está vivo, lo recuperamos.
—¿Y si no?
Un segundo.
Solo uno.
—Entonces esta guerra deja de tener límites.
El aire se volvió pesado.
Porque todos sabían lo que eso significaba.
—
En algún lugar oscuro de la ciudad, Diego escuchó pasos acercarse.
El hombre del Cartel del Norte sonrió.
—Tu jefe eligió.
Diego cerró los ojos.
Sabía que esta vez… no habría rescate fácil.
—
En el cuartel, Isabella se acercó por última vez a Matías antes de que saliera.
—Si cruzas esa línea —susurró— no vas a poder volver.
Él la miró.
No como líder.
No como jefe.
Sino como hombre.
—Ya la cruzaron por mí.
Y salió.
La guerra dejó de ser silenciosa esa noche.
Y por primera vez desde el disparo…
La ciudad tembló de verdad.