Reencarné en el omega destinado a morir por amor.
Abandonado por el protagonista, incluso estando embarazado.
Esta vez no rogaré.
Me iré con mi hijo… y escribiré mi propio final feliz.
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Capítulo 15 — Donde no me escondo del afecto
La mañana llegó con un cielo alto y limpio. En el barrio del río, las persianas se levantaban con crujidos perezosos y el olor a pan caliente viajaba por la calle como una invitación a empezar de nuevo. Lysien caminó hacia la imprenta con el cuaderno apretado contra el pecho. No había dormido mal, pero el día anterior le había dejado una vibración rara en el cuerpo: la sensación de haber sido visto sin ser juzgado.
En la puerta de la imprenta, el impresor discutía con dos aprendices por la rotación de turnos. Lysien no interrumpió de inmediato. Observó, esperó a que la tensión bajara un punto, y recién entonces habló.
—Probemos con la rotación que acordamos —dijo—. Dos horas por puesto, descansos cortos. Nadie se quema, nadie se queda atrás.
El impresor lo miró, luego a los aprendices. Asintió.
—Hagan caso —gruñó—. Hoy.
Los aprendices obedecieron. La imprenta volvió a su ritmo. Lysien abrió el cuaderno y anotó ajustes. Liderar no era mandar; era ordenar el caos con calma.
A media mañana, llegó la funcionaria del consejo que había mostrado mayor apertura. No venía con guardias. Eso, para Lysien, ya era una victoria.
—Traigo el borrador del protocolo —dijo, dejando el pergamino sobre la mesa—. Queremos tu opinión antes de presentarlo.
Lysien leyó con atención. Señaló un punto.
—Aquí hablan de “excepciones” para omegas en gestación. No somos una excepción. Somos parte del sistema. Cambien la redacción.
La funcionaria dudó, luego asintió.
—Tienes razón. Ajustaremos el lenguaje.
Cuando se fue, el impresor resopló.
—Hablas como si supieras lo que haces.
Lysien sonrió, sin soberbia.
—Sé lo que necesito. A veces eso basta para empezar a saber lo demás.
Al mediodía, Kaelen apareció con paso más seguro que el día anterior. El bastón seguía ahí, pero lo usaba menos. En la mano llevaba un pequeño paquete envuelto en tela.
—No es nada grande —dijo, tendiéndoselo—. La panadera se equivocó y me dio de más. Pensé que te gustaría.
Lysien abrió el paquete: eran frutas secas y un pan pequeño. El gesto era cotidiano. Precisamente por eso, le golpeó más fuerte.
—Gracias —murmuró.
Sintió el calor subirle al rostro otra vez. Se aclaró la garganta.
—No tienes que traerme cosas.
—No tengo que —respondió Kaelen—. Me gusta.
No hubo insistencia. No hubo expectativa. El “me gusta” quedó flotando entre ellos con una honestidad tranquila. Lysien bajó la mirada al pan, como si de pronto fuera un objeto profundamente complejo.
Caminaron juntos hacia el río. El agua llevaba reflejos del cielo. Un grupo de niños jugaba a lanzar piedritas, contando rebotes. El sonido de las risas hacía que el lugar pareciera más amplio.
—Hoy hablaste distinto en la imprenta —comentó Kaelen—. No te pusiste a la defensiva.
—Aprendí que defenderse todo el tiempo te cansa —respondió Lysien—. Prefiero proponer.
Kaelen lo miró con una mezcla de admiración contenida y cuidado.
—No te vuelves pequeño cuando propones —dijo—. Te vuelves… claro.
Lysien sintió el pecho apretarse de una forma nueva. No era miedo. Era reconocimiento.
—No estoy acostumbrado a que me miren así —admitió—. En mi cabeza, siempre soy el que tiene que irse antes de que lo dejen.
Kaelen se detuvo. No tocó a Lysien. No lo rodeó. Se colocó frente a él con una distancia respetuosa.
—No voy a irme para que me persigas —dijo—. Y no te voy a pedir que te quedes para que yo no me sienta solo. Si te quedas, que sea porque te nace. Si te vas, que sea sin culpas.
Lysien lo miró a los ojos. El viento le movió un mechón de cabello. El gesto fue íntimo sin contacto. Sintió el sonrojo otra vez. Esta vez no lo escondió.
—Eso… es más difícil de lo que suena —susurró.
—Lo sé —respondió Kaelen—. Por eso no te lo pido. Te lo ofrezco.
El río siguió su curso. El mundo no se detuvo para su conversación. Y, aun así, Lysien sintió que algo dentro de él se acomodaba, como una pieza que llevaba tiempo buscando su lugar.
Al despedirse, Kaelen inclinó la cabeza, gesto antiguo, respetuoso.
—Cuídate hoy —dijo—. No por obligación. Por elección.
Lysien asintió.
—Tú también —respondió.
Se separaron sin tocarse. Sin promesas. Con una ternura que no exigía nada a cambio.
se dieron el picó tan anhelado 🤭
me encanta 💖 y ojalá en el próximo caputulo almenas le de un beso al pobre kaelen.
la evolución q a tenido es .uy buena a comparación con otras novelas de omegas q lloran y se sienten morir este me gusta y mucho
sigue así autora