En las frías calles de Ottawa, Alexandra Morozov es una fuerza de la naturaleza: una Alfa rusa, calculadora y letal, cuyo aroma a café amargo mantiene a todos a una distancia prudente. Ella no cree en el destino, solo en el control y en los negocios de su poderosa familia.
Pero todo cambia en una noche de nieve espesa, cuando la voz de una chica rompe su armadura de hielo. Rosalie, una joven canadiense de espíritu libre e hiperactiva, emana un aroma a miel y vainilla que despierta los instintos más posesivos de la Alfa. Rosalie no es una Omega común; es una Gama, una jerarquía tan rara como impredecible, y su naturaleza rebelde no está dispuesta a doblegarse ante nadie.
Alexandra ha decidido que Rosalie le pertenece, pero ¿podrá su amor tóxico y controlador atrapar a una chica que nació para ser libre? En este juego de poder, el café más amargo está a punto de mezclarse con la dulzura más peligrosa.
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capítulo 19
Faltaban menos de veinticuatro horas para la gala. El aire en la mansión Morozov no solo era gélido, era denso, cargado con el aroma metálico del poder absoluto. Rosalie se movía por el vestíbulo con una eficiencia que desconcertaba a los sirvientes. Sus manos, aún vendadas bajo finos guantes de seda, trabajaban sin descanso.
Anya ya no gritaba. Ahora, sus órdenes eran dardos de precisión.
—Rosalie, asegúrate de que el cristal de Bohemia esté alineado exactamente a dos centímetros del borde de la mesa. Los Morozov no perdonan un milímetro de error —decía Anya, supervisando el salón con una elegancia depredadora.
Rosalie asentía, manteniendo su rostro como una máscara de porcelana. No sentía el cansancio, ni el dolor de sus dedos heridos por las rosas. En su mente repetía las palabras de Alex: "Confía en mí, es nuestra única salida". Esa confesión de la noche anterior era su armadura. Cada vez que Elena pasaba junto a ella, Rosalie sostenía la mirada con una dignidad silenciosa que empezaba a inquietar a la matriarca. Ella no era una sirvienta; era una mujer esperando el momento de su libertad.
Mientras tanto, en el rascacielos de los Morozov, la tormenta había estallado.
Alex caminaba hacia el despacho de su padre. La carpeta del Proyecto Aico pesaba en su mano como un arma cargada. Iba a terminar con esto. Iba a demostrar la traición de Anya y reclamar su derecho a amar a quien quisiera.
—Entra —la voz de Viktor cortó el pasillo antes de que ella tocara la puerta.
Al entrar, el sonido del seguro cerrándose fue como el martillo de un arma. Viktor no estaba sentado; estaba de pie junto al ventanal, observando Moscú como un general observa un campo de batalla.
—Siéntate, Alexandra —dijo él, sin volverse.
—He venido a hablar de negocios, padre. Y de la farsa de mañana —respondió Alex, golpeando la carpeta sobre el escritorio—. Los documentos del Proyecto Aico. Anya y su padre te han estado robando. El compromiso es nulo por traición.
Viktor se giró lentamente. No había sorpresa en su rostro, solo una decepción tan profunda que resultaba aterradora. Caminó hacia el escritorio y, con un movimiento violento, barrió la carpeta de Alex al suelo. Las hojas volaron como nieve sucia.
—¿Crees que soy estúpido? —rugió Viktor, golpeando la mesa con el puño—. Sé exactamente qué contienen esos papeles. O mejor dicho, lo que contenían. Todos los registros originales, los espejos del servidor y las copias físicas han sido reducidos a cenizas esta mañana. Lo que tienes ahí son fantasmas, Alexandra. No tienes nada.
Alex sintió un vacío en el estómago. La traición interna era total.
—¡No me casaré con ella! —gritó Alex, dando un paso al frente, con los ojos inyectados en furia Alfa—. ¡Me importa una mierda el apellido! ¡Amo a Rosalie y ella es mi única verdad!
Viktor soltó una carcajada amarga y seca. Se inclinó sobre el escritorio, invadiendo el espacio de su hija hasta que sus narices casi se rozaron.
—El amor es una enfermedad que los Morozov no nos podemos permitir. Me das asco con tu sentimentalismo de club —Viktor abrió un cajón oculto y sacó una carpeta negra. La lanzó frente a Alex con un desprecio absoluto—. Mira eso. Mira el rostro de quien va a terminar con tu pequeño romance.
Alex abrió la carpeta con manos temblorosas. Vio la foto de un hombre de facciones gélidas, un historial de muertes "accidentales" y un contrato firmado.
—Ese hombre está ahora mismo en los jardines de la mansión —susurró Viktor, su voz descendiendo a un tono letal—. Si mañana, cuando levantes la copa, no anuncias el compromiso con Anya, él recibirá una señal. Rosalie no llegará viva a la cena de celebración. Morirá en este mismo salón, frente a tus ojos, y el mundo pensará que fue un fallo cardíaco.
El mundo de Alex se detuvo. El oxígeno no llegaba a sus pulmones.
—Tú eliges, hija —concluyó Viktor, sentándose con la calma de un verdugo—. O eres la esposa de Anya y mantienes viva a tu cantante, o eres una rebelde con las manos manchadas de la sangre de la mujer que dices amar. Sal de aquí. Prepárate para la gala. Y asegúrate de sonreír.
Alex se levantó. Sus piernas se sentían como plomo. No miró a su padre. Salió de la oficina con la mirada perdida, cargando el peso de una decisión que la desangraría por dentro. Tenía que volver a la mansión, ver a Rosalie y actuar como si el plan siguiera en pie, sabiendo que su propia existencia ahora era la moneda de cambio para la vida de su Gama.